«La verdadera paz no es sólo la ausencia de tensión, sino la presencia de justicia.»
MARTIN LUTHER KING
«La violencia aparece cuando el poder está en peligro, pero la verdadera autoridad nace del acuerdo y la palabra.»
HANNAH ARENDT
La paz no es simplemente la ausencia de guerra ni una pausa entre conflictos; es una forma de vida, una actitud profunda ante el otro y un proyecto colectivo que exige justicia, responsabilidad y cuidado mutuo. Hablar de coexistencia pacífica implica reconocer que vivimos en un mundo plural, atravesado por diferencias de cultura, creencias, lenguas y modos de vida, y que la verdadera madurez humana consiste en aprender a convivir sin destruirnos, sin anularnos y sin convertir la diversidad en una amenaza.
La paz comienza en la manera en que miramos al otro. No nace en los tratados ni en los discursos oficiales, sino en la conciencia de cada persona, en la capacidad de reconocer la dignidad del prójimo incluso cuando piensa distinto o pertenece a otro grupo. Como recuerda la UNESCO, “la paz es más que la ausencia de guerra; implica justicia y equidad para todos”, subrayando que, sin derechos humanos, sin igualdad real y sin oportunidades para todos, cualquier calma es frágil y engañosa. La convivencia pacífica, por tanto, no puede sostenerse sobre la desigualdad, la humillación o la exclusión.
Uno de los pilares esenciales para construir una cultura de paz es la educación. No se trata solo de transmitir conocimientos, sino de formar personas capaces de dialogar, resolver conflictos sin violencia y asumir su responsabilidad en la sociedad. La ONU ha insistido en que la práctica de la paz y la no violencia debe enseñarse “a todos los niveles de la sociedad, especialmente a los niños”, porque es en la infancia donde se siembran las actitudes que marcarán la vida adulta. Educar para la paz significa enseñar a escuchar, a comprender los desacuerdos, a expresar las propias ideas sin imponerlas y a reconocer que la fuerza nunca es un argumento legítimo.
Pero la educación para la paz no se limita al aula. Se aprende en la familia, en los medios de comunicación, en el barrio y en la manera en que las instituciones ejercen el poder. Cuando la sociedad normaliza la agresividad, la humillación o el desprecio, está educando en la violencia, aunque pronuncie grandes palabras sobre la tolerancia. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace es una condición indispensable para que la convivencia pacífica sea creíble.
La paz exige también justicia social. No puede haber convivencia duradera en un mundo donde millones de personas viven en la pobreza o carecen de acceso a la educación, a la salud o a un trabajo digno. Joaquín Antuña denuncia la contradicción moral de un mundo que invierte sumas colosales en armamento mientras descuida las necesidades básicas de amplias poblaciones. Esta lógica revela una forma de violencia estructural que no siempre se ve, pero que erosiona las bases de la convivencia y alimenta resentimientos, desesperanza y conflictos.
Desde una perspectiva humanista, la paz está íntimamente ligada al desarrollo integral de la persona. Erich Fromm sostenía que la humanidad debe elegir entre la lógica del tener —centrada en la dominación, la acumulación y el poder— y la lógica del ser, basada en la creatividad, la solidaridad y la responsabilidad. Solo una cultura orientada al “ser”, y no al dominio, puede generar relaciones pacíficas y duraderas. La violencia, en este sentido, no es solo un hecho político o militar, sino el síntoma de una civilización que ha debilitado su sentido de la fraternidad.
En este contexto, cobra un valor simbólico especial la conmemoración del Día Internacional de la Coexistencia Pacífica, que se celebra hoy, 28 de enero, una fecha que invita a reflexionar sobre la urgencia de aprender a vivir juntos en la diversidad, de transformar los conflictos en oportunidades de diálogo y de renovar el compromiso ético con la paz. Más que una efeméride, este día recuerda que la convivencia pacífica no es un logro definitivo, sino una tarea constante que exige educación, voluntad política y responsabilidad moral.
La paz no se construye únicamente con leyes y acuerdos; requiere actitudes, virtudes y una ética cotidiana que se manifieste en el trato diario, en el lenguaje y en la manera de resolver los desacuerdos. En esta línea, la no violencia se presenta como una opción ética exigente y valiente. Antonio Nello subraya que la vida está atravesada por conflictos de valores —paz, justicia, libertad, seguridad— y que no siempre es fácil armonizarlos, pero insiste en que los medios deben ser coherentes con los fines. No se puede construir una paz auténtica utilizando métodos violentos, porque la violencia tiende a multiplicarse y a perpetuar los mismos males que pretende combatir.
Los movimientos pacifistas han mostrado que es posible oponerse a la injusticia sin recurrir a la fuerza armada. Jesús Gallego recuerda figuras como Gandhi, Martin Luther King o Lanza del Vasto, quienes demostraron que la resistencia no violenta puede transformar sociedades enteras. Hannah Arendt distinguía entre poder y violencia, afirmando que el verdadero poder nace del acuerdo y la acción colectiva, mientras que la violencia aparece cuando ese poder se ha debilitado. Esta idea refuerza la convicción de que la paz no se impone: se construye mediante consenso, legitimidad y responsabilidad compartida.
No obstante, la paz no está exenta de dilemas ni de tensiones. El desarrollo tecnológico ha hecho que los medios de destrucción sean tan potentes que cualquier guerra moderna tenga consecuencias desproporcionadas e incontrolables. En este contexto, la ética de la responsabilidad se vuelve ineludible, porque las decisiones políticas y militares afectan no solo a los enemigos, sino también a las poblaciones civiles, los ecosistemas y las generaciones futuras.
La coexistencia pacífica requiere también memoria y reconciliación. Paul Ricoeur subrayó la importancia de una “memoria justa”, capaz de reconocer el sufrimiento del pasado sin quedar atrapada en el rencor. Recordar de manera responsable permite transformar el dolor en aprendizaje, evitar la repetición de los errores y abrir caminos hacia un futuro compartido.
En última instancia, la paz es una tarea diaria, un esfuerzo constante por elegir el diálogo en lugar del grito, la justicia en lugar de la venganza y la comprensión en lugar del odio. Emmanuel Levinas afirmaba que la ética comienza en la responsabilidad infinita hacia el rostro del otro, una idea que invita a entender la paz no solo como un equilibrio político, sino como una exigencia moral radical.
Como recordó el Acto Constitutivo de la UNESCO, “las guerras nacen en la mente de los hombres, y es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. La coexistencia pacífica no es un ideal ingenuo ni un sueño inalcanzable, sino un horizonte que se construye con pequeños gestos, decisiones valientes y compromisos colectivos. Cada vez que elegimos comprender en lugar de atacar, escuchar en lugar de imponer y cuidar en lugar de destruir, damos un paso hacia una sociedad más justa, más libre y más humana.