La localidad salmantina afronta las semanas más duras del año convertida en un ejemplo de supervivencia rural. Sin bar, sin tiendas fijas y con servicios médicos puntuales, la comunidad se ha transformado en una gran familia donde la llegada de nuevos vecinos, aunque escasa, se celebra como una victoria frente a la despoblación.
Son apenas las 12 de la mañana de un día cualquiera de enero. El frío arrecia en la comarca de la Tierra de Peñaranda y el cielo, encapotado y gris, amenaza con dejar caer los primeros copos de nieve. En las calles de Malpartida el silencio no es una metáfora, es una presencia física, densa, que lo envuelve todo. Apenas se rompe por el ladrido lejano de algún perro correteando o el sonido rítmico de maquinaria en una vivienda que está siendo rehabilitada, una de las pocas señales de actividad constructiva en el horizonte.
En este escenario de quietud invernal, la llegada del camión de 'El Moreno' actúa como un despertador social. Es el momento en el que las puertas se abren y los vecinos convergen en un mismo punto: en la cola del camión. Aunque el Instituto Nacional de Estadística (INE) cifra en 74 los habitantes para 2025, la realidad a pie de calle es mucho más íntima y reducida.
El primero en aparecer, apoyado con una inquebrantable fuerza en dos bastones (uno en cada mano) tras su innegociable paseo matinal, es Nicolás García García. A sus espaldas carga con la historia viva del municipio. Natural de Salmoral, lleva más de medio siglo siendo vecino de Malpartida. Su testimonio es la crónica de una transformación radical.
Nicolás no maquilla la realidad. Con la franqueza que otorgan los años, describe un presente demográfico que dista mucho de los papeles oficiales. "Somos cuatro", sentencia de forma figurada, para luego afinar el recuento con una precisión dolorosa sobre las noches de invierno: "Dormir en el pueblo, ni veinte siquiera".
Su vida, marcada por el trabajo en el campo desde la juventud, ilustra la austeridad de tiempos pasados, cuando llegó a dormir en sacos de paja durante las faenas agrícolas. Hoy, esa dureza se ha transformado en carencia de servicios. "Aquí, ¿qué va a haber?", lamenta al señalar la ausencia de comercios. El cierre del bar, ese último bastión de la vida social en los pueblos, es una herida que aún se nota: "El bar hace ya tiempo que cerró". Para Nicolás, la supervivencia depende ahora de que las ruedas del camión de reparto sigan girando y llegando hasta su puerta.
Mientras Nicolás representa la memoria del campo, Felicidad Hernández Ruano encarna la resistencia social de puertas adentro. Vecina del pueblo "de toda la vida", su memoria viaja constantemente a una juventud donde las calles bullían. "Recuerdo que cuando yo era joven éramos mucha gente. En mi grupo de amigas éramos doce", recuerda con un brillo especial en su mirada, evocando una época previa al éxodo masivo hacia la capital en busca de trabajo.
Viuda y conviviendo con su hijo, que mantiene actividad ganadera en la zona, Felicidad ha tenido que adaptar su vida a las limitaciones físicas y demográficas. Una rodilla maltrecha le impide unirse a la gimnasia que practican otras vecinas, pero no perdona su cita vespertina. "Jugamos la partida todas las tardes", explica sobre su rutina 'sagrada'. Esas partidas de cartas, acompañadas de "un cafetito o un bollo", son su trinchera contra el aislamiento. "Son momentos muy agradables", asegura instantes antes de recibir en mano una carta por parte de la cartera que acaba de llegar a Malpartida.
Felicidad reconoce que el paisaje urbano ha cambiado, con "muchas casas cerradas" que salpican las calles, pero su actitud vital demuestra que, mientras haya con quien compartir una mesa y una conversación, el pueblo seguirá latiendo.
Entre los testimonios de toda la vida surge una voz diferente. Rosa Castañeda ofrece la perspectiva de quien elige el pueblo conscientemente, no por inercia, sino por convicción. Originaria de Barcelona, llegó a Malpartida hace casi siete años tras enviudar, regresando al pueblo natal de su marido. El cambio de la metrópoli catalana al silencio de la meseta podría haber sido traumático, pero para ella fue una liberación.
"Me podía haber ido a Barcelona, que soy de allí, y aquí me he quedado", afirma con rotundidad. Para Rosa, la balanza se inclina sin dudas: "La calidad de vida no se puede comparar". Ella es quien pone cifras exactas a la fluctuación poblacional que define a la España vaciada: de los apenas 35 vecinos que resisten el invierno "con trabajo", a los cerca de 300 que llenan las calles cuando llega el verano.
Rosa detalla con naturalidad la compleja logística que supone vivir sin comercios fijos, describiendo una rutina donde los servicios básicos son itinerantes pero suficientes. Explica que el panadero acude fielmente tres días a la semana, mientras que la atención sanitaria se reparte en dosis pequeñas: el médico pasa consulta un día y la enfermera acude dos jornadas. Para todo lo demás, desde el pescado hasta los productos de ultramarinos, dependen de la venta ambulante. "No tenemos comercio, ni dónde ir, ni siquiera bar, que es una pena", admite, pero inmediatamente matiza con orgullo de vecina adaptada: "No nos falta de nada, dentro de lo que cabe".
La escasez ha forjado unos lazos invisibles pero indestructibles entre los habitantes. "Somos como una familia", coinciden todos. Esa unión se cristaliza en pequeños grandes eventos, como la próxima celebración del día de las Águedas. Rosa adelanta el dato con la ilusión de quien anuncia una gran victoria: "Vamos a ser 17 este año. El año pasado fuimos 8, o sea que fíjate que aumento".
Al final, Malpartida no es un pueblo fantasma, sino un pueblo en resistencia. Cuando el camión de reparto se marcha y el frío de la tarde vuelve a vaciar las calles, queda la certeza de que detrás de cada puerta cerrada hay una historia. El silencio de este rincón de la comarca de Peñaranda no es un vacío; es el sonido de la tranquilidad que han elegido Rosa, Felicidad y Nicolás. Es el testimonio digno de quienes demuestran cada día que, mientras haya alguien dispuesto a barajar las cartas o a pasear con sus bastones bajo el cielo gris de enero, el pueblo seguirá teniendo vida.
VÍDEO y FOTOS: Toni Sánchez