OPINIóN
Actualizado 25/01/2026 18:56:53
Isaura Díaz Figueiredo

Nunca se ve con tanta claridad la ruina de la civilización católica como por Navidad. Los que nacimos en esa civilización, a la que debemos la idea del mal y del bien, de lo presente y lo trascendente, de la familia y la tradición, de la nación y del sentido de la existencia, contemplamos su decadencia dulzona, cómoda, pero tras la que se percibe una decidida voluntad de aniquilarla. ¿Qué voluntad es esa? ¿Cuándo empezó a manifestarse? ¿Qué hay detrás de ese empeño en borrar las bases de la civilización occidental?

Allá por el año 1793, se manifestó por 1,ª vez ese empeño destructor, ese afán en borrar lo que a lo largo de los siglos fue el nervio de las grandes naciones europeas, entre ellas, España y Francia. Durante la Revolución que nos quieren vender como derecho de libertad, igualdad y fraternidad, desmentido ese bulo por los hechos.

El lugar del crimen, del primer crimen cristiano y lesa libertad, es la Vendée. Al sur del Loira fue donde tuvo lugar el primer genocidio católico de la historia, no el último; tras él llegaron, aparte de la guerra española contra la Convención y Napoleón, el ruso de 1917, el mejicano de 1926. Y la guerra civil española, año 1936. Pero la Vendée es el símbolo y la realidad de la lucha más emocionante, desesperada y trascendente lucha contra el afán de exterminio del totalitarismo que llega hasta el siglo XX. El genocidio decretado legalmente por la Convención y la resistencia de los vendeanos a someterse al poder del Terror revolucionario han sido celosamente ocultados por muchos historiadores franceses, que han deseado borrar la mancha de sangre que,

más allá del Terror, prueba el sentido totalitario de un proyecto que pretenden sea liberador cuando, desde su nacimiento, fue tiránico y genocida. Pero nos encontramos con otro elemento que explica por qué la Vendée ha sido ocultada durante siglos: un pueblo católicamente devoto y unos líderes que se tomaron en serio el precio de sus vidas, el valor de su fe.

La guerra o guerras de la Vendée fueron en tiempo muy conocidas en Europa, particularmente en España y Rusia, países que sufrieron la invasión de Napoleón, el auténtico heredero de la Revolución francesa, y cuya resistencia heroica se declaró inspirada por los grandes generales vendeanos, Cathelineau, héroe de Délbée, Bonchamps, Lescure, Henri de la Rochejaquelein, Fleuriot y el novelesco Charette.

El mismo año de las grandes masacres,1794, Graceus Babeuf, considerado un comunista primitivo, había escrito y publicado una denuncia del comportamiento criminal de las tropas de la Convención, “El sistema de despoblación”. Babeuf rechazaba el “populicidio” (él inventó la palabra); no creía en absoluto que los católicos vendeanos tuvieran derecho a pensar y vivir al margen de los principios de la Revolución. Sostenía que, en vez de verdugos, París debería haber enviado oradores que convencieran a los vendeanos de las nuevas ideas y la felicidad que les iban a procurar.

Pero los católicos vendeanos ya tenían a sus propios predicadores, los montfortianos (buenos curas) que fueron fieles hasta entregar sus vidas. “Los Derechos del hombre y del ciudadano” eran para Babeuf y los demás revolucionarios, mera palabrería que ellos nunca pensaron respetar. Para este pueblo el evangelio era sagrado.

La engañosa paz civil y religiosa de Napoleón, acabó por desengañarlos debido a la ambición del corso; tomó los Estados Pontificios, encarceló al papa obligándole a firmar un concordato al modo anglicano. Las paces y amnistías a los soldados vendeanos se convertían en degollinas como las de 1894. Nunca hubo real intención de paz duradera en la Vendée. La iglesia siempre fue obligada por el secuestro de sus fieles a aceptar concesiones, que cuales ogros nunca les eran suficientes.

Caído Napoleón, con Luis XVIII y Carlos X, se consolida la derrota, de la rebelión mística y política de 1793. La monarquía alternaba los honores a las familias de los héroes con el rechazo a sus ideas y peticiones. Para reinar sobre los franceses, procuraban sobre todo no molestar a los genocidas republicanos. Los reyes franceses, como el español Fernando VII, utilizaron el idealismo religioso de los partidarios de la Alianza del Altar al Tono para consolidar el trono a costa del Altar. Napoleón solo exhibió, al coronarse ante el Papa, lo que las testas coronadas deseaban en silencio.

Así, poco a poco, muertos todos los caudillos vendeanos, apagado el fervor de sus élites, sofocadas las voces de los “buenos curas” apartados de las escuelas y nunca seguros de sus privilegios, los católicos franceses se fueron rindiendo y la Vendée pasó al olvido. El alzamiento de la mayor parte de los franceses contra la Revolución se convirtió en una pintoresca rebeldía regional, con aristócratas bobos y campesinos poseídos por el fanatismo. Incluso en las desbastadas tierras al sur del Loira, los descendientes de aquellas gentes estudiaron a los briganes.

La historiografía de raíz marxista y sesgo masónico se adueñó de la enseñanza de la Revolución francesa, y como “vulgata

comunista”, no cabía oponerse a un proceso que seguía “el sentido de la Historia”

La Vendée desapareció del abigarrado horizonte de la République, un régimen que devoró a la nación tras asaltar el Estado.

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