OPINIóN
Actualizado 24/01/2026 09:24:45
Juan Ángel Torres Rechy

Las seis publicaciones han sido, sin saberlo, el preámbulo a esta columna inconclusa, que no ha publicado lo que ha quedado en el tintero.

Generalmente, demoro segundos, minutos, tiempo, para dar con la palabra del escrito. Lanzo la mirada a la ventana, al óleo de Antonello da Messina, cuando soy san Jerónimo —paráfrasis de Rodríguez Velasco, en su artículo del libro Crítica genética y edición de manuscritos hispánicos contemporáneos—, y no la aparto hasta pescarla del riachuelo interior del espíritu.
Como si comportara la gravedad de la vida, la escritura cobra el rigor del juego infantil. La sintaxis araña la perfección, para acoplarla a la imperfección humana. La gramática lee la corrección, para convertirla en el fallo de un equívoco auténtico. El lenguaje encarna la sombra de un cuerpo, no conocido en ninguna mancha de tinta artificial.
Las brasas de esa ofrenda letraherida, no tocada, alumbran el arcano. Al otro lado de la palabra escrita, una anunciación sin elipsis sostiene el misterio. Las cuentas de un rosario profano, contrahecho, desgranan las horas de una liturgia inocente. Ahí han visto la luz Xochipilli: una epifanía no buscada; Un porqué; Camino a la sprezzatura; Una obra humana; Encuentro con un ser humano; Al otro lado de la palabra. Las seis publicaciones han sido, sin saberlo, el preámbulo a esta columna inconclusa, que no ha publicado lo que ha quedado en el tintero.

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