La reciente celebración del centenario de Carmen Martín Gaite, que me llevó hace algo más de un mes a recomendarles Entre visillos, su primera novela, va a tener una suerte de corolario en mis propuestas de esta semana y de la que viene, en las que quiero seguir la estela “martingaitiana”, trayendo aquí sendos clásicos de la historia de la literatura que fueron objeto de la traducción al español por parte de nuestra autora. Se trata de Cumbres Borrascosas, la obra mayor de Emily Brontë, protagonista de esta reseña, y de Jane Eyre, otro clásico, escrito por su hermana Charlotte, del que les hablaré el próximo viernes. Las dos novelas aparecieron en 1847 junto a Agnes Grey, escrita por la menor de ellas, Anne, bajo el seudónimo de Ellis, Currer y Acton Bell.
La acción de Cumbres Borrascosas se inicia en el invierno de 1801. Un caballero llamado Lockwood, procedente del sur de Inglaterra, alquila la Granja de los Tordos, situada en una zona agreste de los páramos de Yorkshire. Su casero es Heathcliff, propietario de la cercana mansión de Cumbres Borrascosas, un lugar inhóspito, sombrío y hostil, tanto por su arquitectura como por la conducta de quienes lo habitan. La primera visita de Lockwood a la casa se salda con una experiencia inquietante, culminada por una pesadilla nocturna de tintes casi sobrenaturales. Perturbado, Lockwood pide a su ama de llaves, Nelly Dean, que le cuente la historia de aquella casa y de sus moradores.
A partir de ese momento, la novela se articula mediante un complejo sistema de narraciones encajadas. El relato de Nelly nos retrotrae unos cuarenta años atrás, hasta la infancia de Heathcliff, un niño huérfano y marginal que el señor Earnshaw recoge en Liverpool y lleva consigo a Cumbres Borrascosas. Allí crece junto a Catherine Earnshaw, con quien establece un vínculo absoluto, feroz y excluyente, un amor que desborda cualquier convención social o moral.
La muerte del padre y la hostilidad de Hindley, el hermano de Catherine, degradan progresivamente la posición de Heathcliff en la casa. Catherine, por su parte, atrapada entre su amor por Heathcliff y su deseo de ascenso social, acaba casándose con Edgar Linton, propietario de la Granja de los Tordos. Esta decisión marca el inicio de una espiral de resentimiento, venganza y destrucción que se prolongará durante décadas y afectará a una segunda generación de personajes, singularmente Cathy Linton y Hareton Earnshaw.
Heathcliff desaparece durante un tiempo y regresa transformado: rico, implacable, obsesionado con vengarse de quienes considera responsables de su humillación. Su odio se despliega con una frialdad metódica, dirigida tanto contra los culpables directos como contra sus descendientes. La muerte de Catherine no pone fin a su pasión; al contrario, la intensifica hasta extremos casi espectrales, convirtiéndola en una presencia constante, obsesiva, que desdibuja las fronteras entre la vida y la muerte.
La novela culmina con una cierta restitución del equilibrio a través de los personajes jóvenes -Cathy Linton y Hareton Earnshaw-, cuyo vínculo parece cerrar, de manera menos violenta, el ciclo de odio heredado. Sin embargo, el recuerdo de Heathcliff y Catherine sigue impregnando el paisaje y la memoria del lugar, como si los páramos mismos conservaran su huella.
Más allá del estricto desarrollo de la historia, con sus distintos episodios, sus lances, sus amores y sus desventuras, en sí mismas atrayentes, la novela es magistral por infinidad de otras razones: el reflejo en ella de la sociedad victoriana; el clima de pasiones desbordadas, de rencor, deseo y degradación, donde la naturaleza humana aparece en una forma violenta, salvaje, primitiva y elemental, contradictoria y desconcertante amor que linda con el odio, que corrompe lo que toca y que aboca a la muerte y solo alcanza su culminación en ella, en uno de los rasgos, de índole claramente gótica, que identifica el universo simbólico de la novela; el juego dual, de antagonismos que atraviesan la narración: amor y venganza, orden y caos, la pasión arrasadora, peligrosa, irrefrenable y transgresora de Heathcliff y Catherine, de naturaleza metafísica en cuanto tiende a lo absoluto, frente a la sosegada y doméstica, convencional, civilizada y socialmente respetable relación de la propia Catherine con su marido Edgar, la fuerza salvaje y primaria, animalesca y amoral de un Heathcliff indomeñable, frente a la banalidad, la educación y el respeto a las convenciones de Edgar; la naturaleza desatada frente a la educación contenida; el sentido común de Nelly frente al sentimiento irracional de los amantes; la moralidad y la tradición convencionales frente a la rebeldía desestabilizadora, destructiva y negativa que encarna Heathcliff; la realidad frente a la apariencia; la ruptura de los códigos morales; la superación de la limitación y dependencia de la naturaleza humana y la consiguiente construcción de una realidad conformada en otro mundo distinto del terreno; la noción del “más allá”, en donde aspiran a fundirse los amantes; la muy relevante presencia de la muerte, con la aparición de fantasmas, voces, pálpitos, premoniciones…
Y también merecen una mención, al menos, las singularidades estilísticas y los notables recursos narrativos del libro, especialmente llamativos en una autora joven y prácticamente primeriza. Las descripciones de los ásperos paisajes, que transmiten la turbulencia emocional de los personajes; el tratamiento del tiempo narrativo, con el pasado invadiendo constantemente el presente, con las idas y vueltas en la cronología, con la circularidad a la que apuntan las repeticiones, Heathcliff y Catherine “reproducidos”, décadas después, en Hareton y Cathy; la doble narración de las voces principales, Lockwood y Nelly, con los cambios de perspectiva que cada una introduce, y las intervenciones de otros narradores -Isabela Linton hermana de Edgar y desgraciada esposa de Heathcliff; la antigua ama de llaves de Cumbres Borrascosas, carente de nombre en la novela; Zila, que desempeña esa función en la “actualidad” de la novela; el cambio del estilo directo al indirecto libre; la conjunción de una narración que se plantea como crónica (la de los dos narradores principales, supuestamente realistas y fidedignos) y la que se compone con los rasgos típicos de la ficción, en pasajes o episodios que exceden el conocimiento de quienes narran, como en los sueños, las descripciones, la presentación escénica…
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Emily Brontë. Cumbres Borrascosas. Alba Editorial. Barcelona, 2001. Traducción de Carmen Martín Gaite. 528 páginas. 30 euros