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CULTURA
Actualizado 22/01/2026 11:37:09
Charo Alonso

Sin eludir la polémica acerca del posible asesinato de Miguel de Unamuno, Jambrina retrata certeramente la Salamanca del inicio de la contienda civi

Hace un año, cuando entrevistábamos a Luis García Jambrina a propósito de su último manuscrito y Carmen Borrego fotografiaba sus manos junto a una larga pluma y a la portada de la última de sus novelas históricas-detectivescas-metaliterarias protagonizada por Fernando de Rojas, el autor nos confío lo que no podía ser una primicia: estaba escribiendo el segundo de los casos de Unamuno en el que este se enfrentaba a su propia muerte. Un año después, osado y puntual, nos convoca Luis García Jambrina en el Paraninfo de la universidad, con esta novela recién salida de la imprenta en la que se trenzan dos investigaciones: la de Unamuno indagando acerca de la sospechosa muerte de un profesor de derecho y la de Manuel Rivero y Teresa Maragall investigando… la también sospechosa muerte del rector.

Para Jambrina, esta es la novela que el joven becario que trabajó en la Casa Museo Miguel de Unamuno en 1987, siempre quiso escribir. Una obra que solo ha podido llegar después de numerosos años de clases universitarias, trabajos de investigación, trece novelas, dos libros de cuentos y muchos ensayos. Una obra que empezó a gestarse con un relato magistral en el que recurre Jambrina a una anécdota de la abuela de la editora Ana Santos Payán, quien asistió de niña a la muerte del rector. Publicado por ella en el 2005 en la recopilación Muertos S.A., el relato “El último café”, ahondaba en la idea, en la que creyó siempre el autor, de la muerte no natural del escritor. Lejos de la historiografía canónica, Jambrina encuentra en el director de cine Manuel Menchón, dos manos para la escritura de lo que no definieron como un ensayo, La doble muerte de Unamuno, en el que parecía entreverse la posibilidad de un asesinato. Allí aprendimos que ya en los años cincuenta, una especialista norteamericana había trabajado la posibilidad de que Unamuno no muriera de muerte natural, así como que todo lo que sabíamos de Bartolomé Aragón, testigo presencial de lo ocurrido, no era cierto. Estamos ante inicios que se convierten en inicios vehementes ante la lectura del ensayo de Carlos Sa Mayoral Miguel de Unamuno: ¿Muerte natural o crimen de estado?, publicado por Cuadernos del Laberinto en el 2003, en el que el investigador sí afirma directamente, desde las primeras páginas, que la muerte de Unamuno fue un asesinato cometido por el SIM (Servicio de inteligencia militar) y encargado por el mismísimo Francisco Franco.

La novela de Jambrina llega a nuestras manos precisamente cuando trabaja una comisión que trata de esclarecer la muerte de Unamuno. Una coincidencia que puede dañar la recepción de esta “nivola” que, en palabras del autor “es una interpretación libre, personal y literaria de sucesos históricos y biográficos y está basada, hasta donde me ha sido posible, en hechos y personas reales”. El mosaico unamuniano está lleno de teselas y trata Jambrina de hacernos dar un paso hacia atrás y contemplar el conjunto. Su novela quiere ser un retrato veraz del personaje y un relato verosímil de las circunstancias de su muerte ¿Afectará esta polémica a la hora de leer la novela? ¿Nos quedaremos únicamente con el tema de una muerte bajo sospecha?

Si así fuera, estaríamos perdiéndonos el retrato, arriesgado, sí, agónico, también, poliédrico, de un personaje fascinante al que Jambrina hace hablar y pensar. Un personaje al que quizás no entendimos mucho cuando le vimos, joven y arrojado, desfaciendo entuertos por Boada en la primera entrega de la serie. Quizás tenemos demasiado fijado en nuestra mente a un Unamuno anciano y vimos aquel casi cozy crime como esas novelas que ponen a investigar a personajes tan dispares como Jane Austen, la reina Isabel II, Ángela Merkell… o tan magistralmente resuelto, a Fernando de Rojas. Jugamos con los personajes y nos divertimos en una suerte de club del crimen de los jueves y de los famosos. Pero Jambrina no pertenece a esa liga, está más cerca de El nombre de la rosa, evidentemente, que del amable cozy crime. Aunque nos sorprendiera ver a Unamuno aguerrido y hasta medio enamoriscado, la primera novela de Jambrina tenía su lectura social, política, literaria e histórica. Eso sí, nada nos prepara, ni siquiera esta primera entrega, para lo que le espera al lector avezado en El último caso de Unamuno.

Porque la primera pesquisa del rector, no es más que una excusa para ir preparando la segunda. La de su propia muerte. Y asistimos a uno de los aspectos más logrados del libro: recrear el momento en el que Salamanca era la capital del Alzamiento. Un logro que nos recuerda la excepcional novela olvidada de Paco Umbral La leyenda del César visionario o la primera entrega muy salmantina de Pérez Reverte de la serie protagonizada por Fargo. La ciudad es para Jambrina, como en la película de Amenábar, Mientras dure la guerra, tan protagonista como Franco, Carme Polo, el Glorioso Mutilado, o el propio Unamuno, protagonista. Y tiene algo película y libro de Jambrina en común: aunque se equivoquen en ciertos detalles, aunque sepamos los salmantinos que hay libertades obvias como grabar en un Paraninfo que no lo era, la emoción está ahí. Es creíble todo, es verosímil, y lo principal, emociona. En la novela es posible que el autor haya hilvanado a su antojo, pero emociona, toca el corazón, conmueve la entrega del personaje a su final, casi libremente aceptado, como un sacrificio evangélico.

Retratar aquella Salamanca de personajes al límite –vaya por delante Aguilera Munro, el novio formal de mi Inés Luna- no es fácil. Precisa de oficio no de escribidor, sino de escritor. Y en medio de toda la tragedia, el personaje rendido, dolorido, silenciado pese a sus esfuerzos, a quien sentencian después de su particular día del destino es nuestro rector. En la celebración del 12 de octubre, Unamuno, según Jambrina, hace su personal versión del cervantino discurso de las armas y las letras. Vencerán, y convencerán durante años, pero antes la verdad que la paz. El Unamuno al que no logran silenciar, pese a su edad y su temor por su familia, el Unamuno que se sabe equivocado, que extraña a Concha “su costumbre”, es el auténtico protagonista, y lo es tanto que le sobran las pesquisas y hasta los sentimientos amorosos. Es lo suficientemente creador y criatura para sostener una novela que emociona al lector y cuya muerte es la de nuestra inocencia toda, la misma que sostienen en su mirada Filomena, la niña vecina o Miguelín, el nieto más próximo. Un Unamuno épico, quijotesco, valiente, entregado, enfrentado a la tragedia, a la vejez, al silencio y, al final, a su propia muerte. Larga vida a Miguel de Unamuno protagonista absoluto de su vida, de su lucha, de su obra, y ahora también, de su muerte.

Charo Alonso.

Fotografía: Carmen Borrego.

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