OPINIóN
Actualizado 18/01/2026 11:16:45
Carlos Javier Salgado Fuentes

Aquellas campanas al atardecer eran las campanas de la memoria, que tocaban para los que estamos, pero también para quienes ya no están y las escucharon hace años o siglos en el mismo pueblo.

En el horizonte un sol rojizo y débil se marchaba entre tonos anaranjados y rosados, perdiéndose en la inmensidad del paisaje, dando así fin a un soleado pero frío día de invierno. Mientras, desde la torre-campanario del pueblo, las campanas tocaban la hora de la despedida de ese debilitado sol invernal.

Aquellos toques de campana al atardecer eran, sin duda, los más nostálgicos y emotivos. Era en ese momento cuando a la melancolía del atardecer se le unía la de unas campanas que daban voz a las lágrimas del sol despidiendo un día que abandonaba la historia, que caía de la hoja del calendario.

Esos tañidos de las viejas campanas sonaban a despedida, pero también a memoria. Eran las mismas campanas cuyos toques habían oído los vecinos del pueblo generación tras generación durante siglos, marcando los acontecimientos importantes y las horas del día antes de que llegasen los relojes de pulsera, los digitales y los teléfonos móviles.

Y es que ese día, a la nostalgia del sol al atardecer le acompañaba la tristeza melancólica de unas campanas que lloraban por el protagonismo perdido en su pueblo. Ya no había un silencio de espera cuando empezaban a sonar para contar todos los toques para saber qué hora era. Ahora simplemente habían pasado a ser un sonido de fondo cada sesenta minutos. Mientras, para saber la hora, bastaba con sacar el móvil del bolsillo y obtener la hora y minuto exacto. ¡Cómo iban a competir las viejas campanas con las nuevas tecnologías!

Sin embargo, hay cosas que van más allá de lo fácil y de lo explicable, entrando en juego los sentimientos, imposibles de reducir a meras fórmulas. Así, el sonido de los toques de campana es algo que sigue acariciando el alma de quien sabe que son memoria del pueblo, de quien siente en sus tañidos mucho más que un sonido. Ese golpe del badajo con sabor a metal, resonando en el interior de la cueva que forma la campana tiene un aroma para el oído que le conecta con la historia, con los antepasados, con el propio terruño.

No fueron pocos los que tuvieron que marcharse de esta tierra, con el corazón encogido por tener que abandonar sus pueblos en unos tiempos en que faltaba pan y sobraban bocas que alimentar en las casas, y al oír el sonido de una campana a centenares o miles de kilómetros de distancia, ese mágico toque les transportaba mentalmente a su pueblo, a veces con un océano de por medio, pero dándoles un vuelco el corazón por sentir con ese sonido la nostalgia de las raíces, el amor imposible hacia una tierra que no les podía alimentar y tuvieron que dejar atrás llevándola dentro.

Hoy, sin embargo, las campanas han pasado a un segundo plano en nuestros pueblos, han perdido gran parte del simbolismo que tenían, y sus toques no encogen ya tanto el alma a un mundo acostumbrado a vivir entre ruidos y sonidos de todo tipo. Pero sin ellas nuestros pueblos perderían gran parte de su esencia. Su sonido nos recuerda lo que fuimos y aún somos.

Y es que, al marcharse el sol en aquel atardecer por el horizonte mientras sonaban las campanas del pueblo, la emoción de la despedida del sol bailando al son de la melodía de las campanas era indescriptible. Aquellas campanas de atardecer eran las campanas de la memoria, que tocaban para los que estamos, pero también para quienes ya no están y las escucharon hace años o siglos en el mismo pueblo. Para aquellas campanas todos los hijos del pueblo seguían y siguen estando, cobijados bajo el manto de su memoria.

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