OPINIóN
Actualizado 13/01/2026 07:58:34
Francisco Delgado

La vivencia que tenemos cuando un ser querido fallece, o cuando extraviamos un objeto útil de uso diario, o perdemos una amistad que se rompe inevitablemente, etc., es una vivencia conocida por todos los humanos.

De esta experiencia de pérdida se podría fácilmente concluir que cuando desaparece aquello que no se ha tenido, no debería cambiar la valoración. Pero la cosa no es tan sencilla como parece ser. La teoría psicoanalítica ha investigado en la clínica y en la teoría el carácter ambivalente de nuestros sentimientos también con los seres queridos: podemos amar y odiar al tiempo a la misma persona o a un grupo humano. O incluso a un modelo de organización política que nunca se ha conocido y experimentado.

Por ejemplo, muchos ciudadanos y generaciones de ciudadanos que han habitado un país que no ha tenido nunca un gobierno democrático, pueden desearlo, rechazarlo o incluso despreciarlo. Los países europeos que han tenido el siglo pasado regímenes de “socialismo real” (con un partido comunista en el poder) como Hungría, Polonia, Rumanía, Bulgaria, Checoslovaquia, Albania y las ex repúblicas soviéticas, etc. tienen en la actualidad una relación muy compleja con el sistema democrático parlamentario, tal como se entiende en Occidente. Aunque una parte de la población de estos países ha luchado por la democracia, otra gran parte no lo valora como las poblaciones que lo tuvieron temporalmente y lo perdieron. Por ejemplo, en España varias generaciones han vivido sin un sistema democrático parlamentario hasta la Transición; estas generaciones en general no pueden valorar la democracia como las generaciones que sí la han vivido. Muchos españoles cuya vida adulta ha transcurrido bajo el régimen de Franco, pueden añorar y valorar idealmente aquel régimen cuando ha terminado.

No solo en la historia o en el pasado reciente europeo se percibe esta ambivalencia con los gobiernos democráticos, también en la historia de los EEUU se pueden ver estas actitudes contradictorias con los parlamentos democráticos, incluso muy recientemente:

No se ha podido olvidar ni el asalto al Capitolio de hace un año con grupos seguidores de Trump, ni qué tres grandes grupos dieron mayoritariamente su voto al candidato D. Trump en las pasadas elecciones (como la mayoría de la prensa publicó): el grupo de los inmigrantes sudamericanos, entre ellos, muy numeroso, el grupo de los venezolanos, en segundo lugar el grupo de las mujeres, y en tercer lugar el grupo de trabajadores con menor nivel de estudios. Un análisis sintético de las motivaciones de estos tres grupos en su voto al candidato Trump sugiere:

- El grupo de los inmigrantes, sabedores de las políticas antiinmigración que su candidato muy probablemente pondría en marcha, le votaron masivamente con la estrategia de mostrar(le) que ellos eran y serían fieles seguidores de su figura; es decir querían que D. Trump les privilegiara. No lo han conseguido.

- El grupo de las mujeres votantes del candidato Trump, conocedoras de sus ideas antifeministas, le votaron aquellas mujeres que tradicionalmente ( según las teorías psicosociológicas) forman el tipo de mujer que creen desear y/o necesitar un varón fuerte, autoritario, con recursos materiales, para la estabilidad de la pareja y la familia. Mujeres educadas en las ideas más conservadoras.

- El grupo de los trabajadores de menos estudios, votaron al candidato Trump como modelo de capitalismo, y siempre contrarios a toda idea socializante. Psicológicamente, para este grupo, Trump es un modelo a imitar.

En último término, los votos de estos tres grandes grupos significaban votar aquello que nunca han poseído, ESTABILIDAD, PROTECCIÓN, RIQUEZA.

La naturaleza humana puede desear intensamente la libertad, o también rechazarla con la misma intensidad.

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