Recibir el año como quien recibe un par de zapatos nuevos que sabe que al principio siempre aprietan. Desperezarse en el sofá durante todo el uno de enero desde el momento concierto (peculiar el de este año y musicalmente gozoso) y ver como la niebla no levanta. Recoger las muchas copas de la noche anterior, de diferente forma y tamaño y recordar que los dolores de cabeza matutinos son deudores de lo que contenían. Responder a unas cuantas felicitaciones recibidas, que son racimos de buenos deseos que cuelgan del Whatsapp que se nos ha hecho tan pesado como imprescindible. Cambiar el calendario de la cocina e inaugurarlo con la hoja de enero, esperando que en cada una de las hojas sucesivas se nos anuncie una buena noticia, al menos una. Comer en buena compañía (esto último cada vez más complicado) una pularda rellena que, aunque la haya hecho El corte inglés, te sepa como las muchas que te hizo tu abuela mientras duraron aquellos años en los que disfrutabas de sus pulardas y su presencia pensando que ambas serían eternas. Pasar el primer día del año con la lentitud requerida es obligatorio cuando el resto del año la prisa nos azota el trasero.
Llegada al sexto piso de la vida el propósito del año nuevo consiste, precisamente, en no tener propósitos, y dejar que los días vayan sumando como suman los escolares, contando muy despacio y con los dedos, si es menester. Les cuento que desde hace un par de años la vida, sin que yo se lo pidiera, me ha matriculado en la Universidad de no hacer planes, que es una bastante exigente, sobre todo para los que estábamos permanentemente inscritos en la Universidad antagonista: la de hacer planes, muchos, con mucha anticipación y minuciosidad. Como en esta facultad he entrado por el cupo de mayores, son pacientes conmigo y me dejan presentarme varias veces a las muchas asignaturas que suspendo porque se me olvida que estoy matriculada en un lugar donde tengo que dejar que todo fluya sin anticipar la solución. A veces, conformarse con no saber dónde se pasará el próximo verano es más difícil de aprobar que una oposición a notarías.
Contrariamente a esas dificultades para no planear, veo muy fácil lo de no tener propósitos. Será porque todos los que se ganan la vida dando consejos en Instagram dicen que tenemos que ser “seres con propósito”, que no es más que una mala traducción del inglés para decir “personas decididas” (así de sencillo); o será porque este mundo se está volviendo una esfera loca que ya desde los primeros días de enero nos inunda de sobresaltos que, no por esperados o bienvenidos, dejan de ser un buen montón de despropósitos. Los venezolanos saben.
A este 2026 sobresaltado, de frío polar y desenlace incierto le pido que me deje como estoy y no lo digo con la boca chica: tengo buena salud, no me crujen las rodillas ni me duele la espalda, no me importa tener patas de gallo y el pelo blanquísimo y la memoria me funciona de miedo. Soy rica en amigos y pobre en dolores, vivo con la compañía deseada y justa y mis hijos son buenas personas; todo esto es mucho más de lo que algunos de mis conocidos, parientes y amigos tienen o quisieran tener. Eso sí, si hay que ponerse a pedir, me gustaría seguir teniendo lectores; que alguien le dedique unos minutos de su tiempo y atención a lo que esta modesta plumilla escribe me llena de alegría; del despropósito general, sálvese el propósito de seguir escribiendo. Feliz año a todos, lleno de salud, amabilidad y compañía. A partir de aquí, pedir mucho más es signo de avaricia.
Concha Torres.