OPINIóN
Actualizado 11/01/2026 10:23:17
Charo Alonso

No tienen frío, los intensos, el grueso de la tropa se apresta para jugar al fútbol sin chaqueta y los mayores, dejan el recinto a toda prisa porque hay que sacar el móvil antes de que se les acumulen los mensajes. Viven sujetos a la pantalla, los intensos, y le preguntan a la IA hasta para poner una fecha de examen o combinar unos pantalones. Nacieron enchufados a la red, los pobres, y cuando les obligas a dejar el dispositivo en la mochila, se rebotan, prefieren tenerlo cerca de la piel, sintiendo que puede latir en cada vibración porque si suena, es posible que acabe el bendito artilugio metido en uno de los cajones de Jefatura de Estudios donde agonizará de pena a medida que se le agote la batería.

Toca el timbre y salen en tromba a la calle los intensos, y tronchan la cabecita hacia el móvil porque ya nadie les va a decir que esperen a llegar hasta la puerta del patio. Llevan demasiado tiempo con el cuello erguido, mirando al frente y haciendo como que ven al docente y a la pizarra, que por suerte, en ocasiones, es digital. Los pobres no saben lo que es una página en blanco ni un encerado de esos que rechinan. Son muy modernos los intensos, y solo cuando se ponen a jugar al fútbol como enajenados, se sientan a agarrar con las dos manos el bocadillo o la bolsa de gusanitos o buscan un rincón oculto para hacer manitas, olvidan el constante trasiego de pulgares veloces.

Viéndoles llegar cada mañana, alegres, abrigados, somnolientos, uno olvida los miedos de la política, la política del miedo. Ellos siguen a lo suyo, remoloneando cuando hay que trabajar, olvidando la tarea, dando voces por los pasillos. Ajenos a las noticias, si acaso se burlan de Trump y su colorido de dibujo animado. Ni siquiera saben dónde está Groenlandia y si el compañero de al lado es venezolano. Viven en la alegre inopia y no sé si imitarles o decirles que espabilen. Lo suyo es quedar para jugar en línea y si acaso, algún trabajito en común, una salida sin reparar en el frío o un encuentro multitudinario en el Burger. Los intensos no se complican la vida, aparentemente, porque luego cada casa guarda un conflicto, un dolor, un reproche, un desgarramiento. Y puede que sea tan duro que no deje sitio para preocuparse por otras noticias que están demasiado lejos, léase en Gaza, en América, en Irán, porque nunca hemos estado tan conectados y tan ajenos. Nunca tan presentes y, al mismo tiempo, tan a lo nuestro.

Son tiempos de batalla sorda y miedo y, sin embargo, observo a los intensos llegar cada mañana felices de la vida, arrastrando la mochila, guardando el móvil con el que juegan hasta caminando y pegándose empujones felices. Son una luz que grita y se persigue, se divierte, se olvida de los libros, se mece en el estrépito, se saluda por las mañanas y se lanza a la salida como si hubieran estado presos durante horas. Están vivos, son ajenos, están a lo suyo, mis benditas criaturas, y que sigan, protegidos de toda perturbación, recién venidos, los intensos.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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