OPINIóN
Actualizado 10/01/2026 09:22:24
Julio Fernández

El ataque militar llevado a cabo unilateralmente por USA en Venezuela, matando a 100 personas y derrocando al presidente Maduro, por muy dictador y sátrapa que sea, constituye un acto de agresión, una violación grave de las normas imperativas de Derecho Internacional, que exige una firme condena por parte de la comunidad internacional. Pero no ha sido así y, en España, fuerzas políticas como PP y VOX, no solo no la han condenado, sino que bendicen claramente esta operación militar típicamente imperialista.

Los acontecimientos de los últimos tiempos protagonizados por el presidente norteamericano Trump nos hacen reflexionar sobre la deriva de nuestra civilización, que puede terminar con la vida en el planeta Tierra. Y es que la violación sistemática del derecho internacional por parte de Trump nos hace retroceder en la historia hasta épocas más propias del Paleolítico que de la Edad Contemporánea en la que estamos. Es más, si nos remontamos a las edades de la historia en las que hay ya una sociedad con ciertas reglas y normas de convivencia, nos retrotrae más a la Antigüedad que al S. XXI Contemporáneo, porque Trump se parece más a Nerón a Calígula o a Vlad “el empalador” de la vieja Rumanía, que a cualquier mandatario de la actualidad.

Parece mentira, y es un retroceso hacia la irracionalidad más absoluta que, después de las mayores atrocidades cometidas por ser humano en la Segunda Guerra Mundial y de la creación, mediante el tratado fundacional, la Organización de Naciones Unidas (ONU), en 1945, con el objetivo de promover la paz, la seguridad y la cooperación internacional y no volver a caer en los gravísimos errores del pasado, estemos retrocediendo a las épocas horribles y tenebrosas. Tres años después, en 1948, se aprobó la Declaración Universal de Derechos Humanos y parecía que sería imposible volver al periodo de Entre Guerras, en el que explotó el “huevo de la serpiente” y surgieron el nazismo, los fascismos y los totalitarismos, que supeditaron el diálogo, la negociación y el consenso en la resolución de los conflictos, priorizando la razón de la fuerza y de la ley de la selva, que provocó la barbarie y la destrucción.

La intervención militar de USA en Venezuela, mediante la cual han detenido al dictador Nicolás Maduro y en la que murieron unas 100 personas de la guardia de seguridad del presidente venezolano, es un ejemplo claro de agresión y, en consecuencia, de violación grave de las normas imperativas de Derecho Internacional general (ius cogens) , en particular de la prohibición del uso de la fuerza consagrada en la Carta de las Naciones Unidas, que pone en peligro la paz y la seguridad internacionales. Por muy sátrapa y dictador que sea un mandatario, no hay justificación alguna para una actuación de ese calibre. Además, el objetivo final no es, como está demostrando la administración norteamericana, la restauración del sistema democrático en Venezuela, sino que la finalidad de la intervención es quedarse con el petróleo. Es, por tanto, una invasión ilegal con tintes ni humanitarios ni de restauración de los valores democráticos, sino puramente por ánimo imperialista y para conseguir más poder económico y político.

Pero la locura y el fanatismo de este delirante personaje no se queda ahí, puesto que lleva amenazando a Dinamarca y a la Unión Europea con intervenir en Groenlandia con el fin de adueñarse de sus recursos naturales y de la posición estratégica que tiene esta isla en el mundo para el comercio y la seguridad global.

Ante ello, la comunidad internacional no se puede quedar callada y, concretamente, la Unión Europea no debe ser timorata en la elaboración de comunicados, en la declaración de condena y en la defensa de sus intereses. El sentido común exige que se actúe en defensa de la legalidad internacional. La Unión Europea, desde su creación, por mucho que le pese a Trump, a Milei, o a Bolsonaro y a todos los nuevos fascistas del siglo XXI, siempre ha sido la organización internacional que más ha trabajado en defensa de los derechos humanos, de la convivencia pacífica, de la negociación y el consenso para garantizar el progreso y el bienestar de sus ciudadanos.

Por todo ello, lo que no se entiende, bajo ningún concepto, es el comportamiento de los partidos de la derecha extrema y la extrema derecha españoles, de PP y de VOX. El primero, en esto va dando cada día más bandazos, está perdido, desorientado, enrabietado, incapaz de razonar, actúa como un boxeador noqueado en el ring, que después de perder el combate por KO técnico contra su rival, se levanta del suelo con la nariz rota y los ojos amoratados dando puñetazos al aire, intentando salir del hilarante escenario como puede. Es incomprensible que el único recurso que tengan los políticos del PP sea descalificar al presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, que es el único que está hablando claro y metido en el papel de hombre de Estado ante una situación tan preocupante como la que vive el escenario internacional, contaminado por la razón de la fuerza, por la ley del más fuerte, por la intransigencia, por el capricho de un hombre, como Trump, que actúa como un niño malcriado incapaz de razonar.

No se puede hacer más el ridículo que Feijóo o Ayuso; esta última manifestó su desconocimiento en política internacional y su clara incompetencia, en una entrevista con la periodista Susana Griso en “Espejo Público” –y eso que era en un medio amigo-. Ayuso iba leyendo todo lo que le habían escrito sus asesores sobre Venezuela, pero en cuanto la periodista le pedía aclaraciones y la cortaba, comenzaba a balbucear, a divagar, a no saber lo que decía, porque es una absoluta inculta política en estos temas, como en la mayoría; sólo tiene recursos para insultar, manipular, engañar, llamar “hijo de puta” al presidente del gobierno y decirle que “te vote txapote”. En sus alocuciones, las estupideces son las que presiden el discurso. Lo malo de todo es que se cree graciosa y, lo peor, desde luego, es que tenga incondicionales seguidores entre la ciudadanía. ¡Vaya nivel! Es absolutamente vergonzoso y muy triste, además, que el resto de lideres del PP no tengan la gallardía de “pararle los pies”, haciéndole “la ola” a este tétrico personaje.

En estos días, más que nunca, he recordado y vuelto a leer aquél magnífico artículo que escribió Tomás y Valiente en el diario “El País”, el 18 de diciembre de 1995, menos de dos meses antes de ser asesinado por ETA, que titulaba “ETA y nosotros”, en el que recordaba que todas las fuerzas políticas debían estar unidas en la lucha, por las vías de la legalidad, contra el terrorismo de ETA, porque ahora, decía, “lo importante es sumar” y ”la autocrítica entre las fuerzas políticas debe hacerse a puerta cerrada”, porque, continuaba “cada silencio, cada desequilibrio condenatorio, cada enfrentamiento entre líderes de partidos democráticos en las pantallas de las televisiones es otro balón de oxígeno para ETA”.

Lo mismo ocurre ahora contra Trump, dado que algunas fuerzas políticas, como PP o VOX, en España, no condenan firmemente la violación de la legalidad internacional en el ataque a Venezuela y otras, como la Unión Europea, tampoco ha condenado como debería las acciones delirantes que está acometiendo el caprichoso líder norteamericano. Lo que deberían hacer PP y VOX es condenar el ataque a la legalidad internacional, con independencia de que el líder venezolano sea un dictador impresentable y no atacar al presidente del gobierno español en su enésimo intento por intentar derribarlo, como sea, por acceder al poder sin importar los medios utilizados y siempre con juego sucio.

Terminaba ese gran artículo mi viejo y querido profesor Tomás y Valiente, recordando un antiguo brocardo latino impropio –decía- del “círculo racional del Derecho Romano clásico, lleno siempre de matices luminosos: Fiat iustitia et pereat mundus”, es decir, elevar la justicia a algo tan supremo que prevalezca siempre aunque el mundo perezca después de practicarla. Tomás y Valiente le daba la vuelta a este brocardo, magistralmente y decía: “No. Hágase justicia para que el mundo no perezca”. También apropiado a la que debería ser clara y contundente condena de todos los demócratas, todos, también de las fuerzas de la derecha extrema y la extrema derecha españolas, de PP y VOX, contra los desmanes delirantes e imperialistas de Trump, por supuesto. Y como terminaba Tomás y Valiente en la condena unánime contra ETA, concluyo yo en la condena de todos, firme y sin fisuras, contra Trump: “Hágase justicia para que el mundo no perezca, para que en él se pueda vivir en paz, porque la justicia que, para realizarse, arrastra al mundo a la destrucción no es justa”.

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