OPINIóN
Actualizado 05/01/2026 11:14:34
Francisco Delgado

Algunos deseos son tan importantes y están tan acompañados de dolor, que no admiten esperas, para que se haga todo lo posible por atenderlos con inmediatez. Como los deseos de vivir, sobrevivir o no sufrir enfermedades.

Cuando hoy sábado me disponía a escribir esta columna de los martes, nos ha llegado la noticia del ataque aéreo de EEUU contra Venezuela. No voy a escribir sobre esta alarmante noticia (no es mi papel) sino solo afirmar que los deseos de la población venezolana de paz y justicia han de ser escuchados por todos los países.

Mi objetivo en este espacio de opinión era, y es, comentar un grave problema de salud mental que afecta a una gran mayoría de profesores de institutos y colegios de enseñanza escolar; aquellos que por regla general tienen alumnos comprendidos entre la preadolescencia ( unos 10 años de edad) y la adolescencia tardía ( hasta los 18 años aproximadamente). El problema lleva ya varios años manifestándose y solo hace muy poco, las autoridades autonómicas y el Gobierno de la nación han creado una red de atención y apoyo a estos miles de profesionales que, desempeñando su papel educativo, se encuentran con experiencias cargadas de excesivo stress, de sentimientos de impotencia, ansiedad y con frecuencia también de humillación.

¿Cómo se podría definir este grave conflicto? Desde el punto de vista de mi profesión de psicólogo, el conflicto surge cuando a estos profesionales la sociedad les arrebata su autoridad necesaria para poder ejercer su función educadora con dignidad y eficacia. La sociedad les desposee de autoridad cuando en las numerosas ocasiones en los que alumnos/as se enfrentan a estos/as profesores/as no escuchándoles, enfrentándose a ellos, reprochándoles actitudes, palabras o decisiones que el docente utiliza con eficacia en su labor, muchos padres de alumnos, familia, compañeros de clase de estos alumnos que no aceptan los límites necesarios para que la docencia pueda desarrollarse, apoyan las conductas del alumno que llega a clase con conflictos no resueltos del exterior, familiar o social, y que interfieren gravemente con su tarea de aprendizaje. A veces también algún miembro del equipo directivo del centro educativo hace alianza con el alumno que provoca el desorden, o no apoya suficientemente al profesor.

El conflicto de autoridad queda así marcado; haciendo muy difícil, a veces imposible, cumplir con las responsabilidades del docente. Esta soledad del profesor frente a un grupo de alumnos que no respeta las normas necesarias para la docencia termina produciendo un malestar psicológico crónico que puede convertirse en síntomas psicopatológicos.

Es necesaria la concienciación de los padres de los alumnos, a través de la Escuela de padres, de que la conducta de apoyar sistemáticamente a su joven hijo y criticar la labor o decisiones pedagógicas del profesor, es la conducta más ineficaz y, con mucha frecuencia, injusta con el profesor.

Y es necesario que las Administraciones y los Centros educativos ayuden y protejan la difícil e importante labor social de los educadores, reforzando su autoridad, como primera medida eficaz en una sociedad, como la nuestra, que no valora sufientemente el principio de autoridad.

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