Salimos de 2025 con mal pie políticamente hablando y con mal pie entramos en 2026. El sábado nos despertó la noticia de que Nicolás Maduro y su esposa eran secuestrados en Caracas por Donald Trump y conducidos a una prisión de Nueva York para rendir cuentas a la justicia por delitos relacionados con el tráfico de drogas.
Nicolás Maduro, como todos los dictadores, debería ya llevar años en la cárcel por sátrapa, por tirano, porque a nadie se le escapa que a sus negocios con las drogas se le pueden sumar las atrocidades cometidas contra los ciudadanos por mucho que adorne sus siglas con la palabra social. Hay que hacer un esfuerzo titánico para no alegrarnos, para sentir pena por él, pero ahora bien: ¿Es Donald Trump la persona indicada para hacer esto? Pues no, claro que no.
Mientras que se perpetraba el secuestro y la ciudad, sin que todavía se sepan las consecuencias, era bombardeada, él celebraba las navidades con dos “piezas” de cuidado: Putin y Netanyahu. ¿A qué espera este falso pregonero de democracia, de derechos humanos, de justicia social y mensajero de la paz para ponerlos a buen recaudo también?
La respuesta es correcta: tampoco le corresponde a él. Ante delitos de esta índole los gobernantes, gobiernen en democracias, gobiernen en dictaduras, deberían ser juzgados y condenados por tribunales independientes, nunca por otros gobiernos que actuarán siempre en función de sus intereses, de sus caprichos, de sus locuras incluso, y no será porque nos falten organismos para que asuman estas competencias, y que por cierto, que yo sepa, ninguno se ha pronunciado todavía.
De momento no sabemos cómo acabará la historia, todo indica que mal, muy mal, y lo más lamentable por no decir vergonzoso es que transcurrida ya la cuarta parte del siglo todavía quedan ciudadanos que aplaudan, defiendan y voten a personajes como estos cuatro que lo único bueno que pueden hacer por la humanidad es estar juntos y en el mismo sitio.