SOCIEDAD
Actualizado 30/12/2025 09:48:11
Vanesa Martins

Expresa un profundo agradecimiento hacia sus padres y su hermano, quienes “han aguantado carros y carretas” y asegura que, en esos momentos tan difíciles, “realmente te das cuenta de quién está ahí”

Ana (nombre ficticio) rompe su silencio tras una larga batalla contra un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) que comenzó en su adolescencia. A sus 21 años, relata la crudeza de una enfermedad que define como una “voz tiránica” y alerta sobre las graves secuelas físicas y psicológicas que a menudo permanecen invisibles para la sociedad.

La anorexia nerviosa es mucho más que una cifra en una báscula o una imagen distorsionada en el espejo. Es una batalla mental constante, una realidad que anula la voluntad y que, a menudo, se esconde tras una apariencia de normalidad. La joven estudiante, que actualmente reside en Salamanca, ha decidido compartir su historia tras siete años de enfermedad para visibilizar un sufrimiento que va mucho más allá de la estética.

A través de un relato crudo y sincero, la protagonista desgrana cómo este trastorno se apoderó de su vida. Ahora, a sus 21 años, y con una madurez forjada a base de ingresos hospitalarios y terapias, su testimonio sirve de advertencia y esperanza para quienes atraviesan el mismo infierno.

El inicio: la falta de conciencia de enfermedad

El comienzo de esta dura travesía no tuvo una fecha concreta en el calendario. Según explica la joven, las conductas y pensamientos nocivos se fueron instalando de manera imperceptible hasta que, a los 14 años, recibió el diagnóstico médico. Sin embargo, la aceptación de la realidad fue uno de los obstáculos más complejos.

“Cuando me dieron el diagnóstico, la verdad que tenía muy poca conciencia de enfermedad. O sea, para mí, era como si me hubieran dicho: tienes un resfriado. Sin más”, confiesa. La rapidez con la
que se sucedieron los acontecimientos, desde los test iniciales hasta el ingreso en una clínica privada, impidió que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo. “No acabo de entender qué es lo que hay de malo en mí para que yo esté aquí”, recuerda haber pensado en aquel momento.

La normalización social de las dietas restrictivas y la insatisfacción corporal dificultaron aún más que pudiera identificar su problema. Durante años, Ana aprendió a convivir con una voz interna que describe con una metáfora escalofriante: “Es como si fuera un jefe autoritario que te dice en la cabeza que no; tienes tanto miedo de poder contestar, porque sabes que lo que te va a decir te va a doler más, que simplemente agachas la cabeza y cumples”.

Su primer contacto con el tratamiento fue en un hospital de día, donde pasaba las jornadas pero dormía en casa. Lejos de ser una solución inmediata, este entorno presentó nuevos desafíos. “Allí fue como que mi enfermedad empezó a hacerse más rebelde”, admite, señalando que el contacto con otras personas en su misma situación generaba a veces una retroalimentación negativa.

“He perdido muchísimas cosas, el tiempo no se detiene por la enfermedad”

La lucha por el control se convirtió en una constante. Durante años, se las ingenió para mantenerse siempre en el límite justo para evitar un ingreso total, engañando al sistema y a su entorno. “Siempre estuve al límite”, reconoce. Sin embargo, al cumplir la mayoría de edad y pasar al sistema de adultos, la situación se volvió insostenible y requirió un ingreso de 24 horas.

Más allá del sufrimiento psicológico, Ana enumera una serie de consecuencias físicas que sirven de advertencia para quienes romantizan el trastorno. Su cuerpo ha pagado un precio muy alto tras siete años de privaciones: osteoporosis severa, riesgo de esterilidad, pérdida de masa muscular o cicatrices y llagas.

Además, lamenta las experiencias vitales perdidas, como no haber podido realizar la selectividad en su momento o el aislamiento social autoimpuesto. “He perdido muchísimas cosas”, lamenta, reconociendo que “el tiempo no se detiene por la enfermedad” y que el mundo sigue girando mientras la persona afectada se queda estancada.

El papel crucial de la familia

En este oscuro proceso, la familia ha sido el pilar fundamental que ha evitado el derrumbe total. La joven expresa un profundo agradecimiento hacia sus padres y su hermano, quienes “han aguantado carros y carretas”. Recuerda momentos de crisis extrema, ingresada en un hospital, donde la presencia constante de su madre cada tarde se convirtió en su único anclaje con la realidad.

“Realmente te das cuenta de quién está ahí”, afirma, valorando cómo su familia ha sabido anteponer el bienestar de ella a su propia preocupación y dolor, aprendiendo a gestionar situaciones límite para las que nadie les había preparado.

Su madre acudía cada día, convirtiéndose en su anclaje con la realidad en un entorno hostil marcado por gritos y crisis. “Que tu madre vea que te has acabado de autolesionar, no sepa qué hacer y anteponga tu bienestar a su preocupación... A día de hoy me pongo en su piel y no sé cómo hubiera gestionado yo todo eso”, reconoce con profunda gratitud.

El cambio ha llegado tras mudarse a Salamanca para continuar con sus estudios y experimentar otro estilo de vida. Después de siete años, ha comenzado a cuestionarse la viabilidad de su existencia bajo el yugo de la anorexia. Para ilustrar su cambio de mentalidad, utiliza una metáfora desgarradora: “Puedes tener un perro y puedes tenerlo en casa encerrado toda la vida, pero ¿está para eso el perro? No. ¿Va a sobrevivir? Sí, pero no sé si son las mejores condiciones”.

Esta reflexión le ha llevado a decidir que no quiere una vida centrada exclusivamente en contar calorías, compensar ingestas y evitar eventos sociales. “Confío que es posible una vida en la que el trastorno no sea yo, sino que, como mínimo, sea un resquicio”, asegura con esperanza.

Mensaje a la sociedad: “No se comenta el cuerpo ajeno”

Finalmente, lanza un mensaje contundente sobre la importancia de la validación emocional y el respeto. “No se comenta el cuerpo ajeno, nadie te está pidiendo opinión, mi cuerpo no necesita tu validación”, sentencia.

Para aquellos que atraviesan el mismo infierno, quiere transmitir que hay salida, aunque el camino sea duro. Anima a apostar por la vida, advirtiendo que el camino de la enfermedad solo conduce a un aislamiento donde se pierden recuerdos y vivencias irrecuperables.

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