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CULTURA
Actualizado 03/01/2026 10:53:21
Charo Alonso

El pintor y galerista Adolfo Hernández propone la muestra “Piedra y cielo” para comenzar el trayecto de la propuesta “Museo Mínimo”

En la calle Correhuela número 17, atravesando una maravillosa tienda de Antigüedades, se llega a este “Museo Mínimo” que nace para reivindicar el ambiente cultural de las antiguas Galerías de Arte salmantinas desaparecido tras el traslado de Adora Calvo. A la ciudad letrada le faltan espacios expositivos y precisa de estos ambientes en los que, según Adolfo Hernández, pintor y galerista que trabajó varios años en ARTIS: “Se podía hablar con el artista y aprender de él, con menos distancia de la que hay con un profesor o académico. Hay que recuperar la costumbre de dar un paseo y acabar en una galería de arte, pasar casi por azar, entrar y descubrir algo nuevo”.

Adolfo Hernández sabe bien de lo que habla, además de su trabajo en ARTIS es pintor e incluso ha reflejado en un libro publicado por Amarante Ediciones, sus reflexiones sobre la pintura. Para él, con el arte “hay que dejarse llevar”, reconociendo que para el artista “la vida se ve de otra manera, la pintura nos libera y de ahí que mucha gente, cuando se jubila, se acerque a ella acudiendo a escuelas donde también sociabilizas con personas que tienen tus mismos gustos”.

La obra pictórica de Adolfo Hernández es un ejercicio de color, de manchas que configuran paisajes y edificios que parecen desdibujarse en un extraño ensueño. Los objetos, las abstracciones y los retratos miran directamente al espectador. Pero como buen galerista, el pintor no quiere hablar ahora de su propia obra, sino de la que ocupa las paredes de este nuevo espacio que según sus palabras “Quiere ser un sitio que sea un punto de encuentro para la gente que ame el arte, donde haya cabida para un pintor consagrado o para una persona joven con obra que desee exponer”. Un rincón donde ahora se exponen las obras de un matrimonio de pintores cuya obra debe ser reivindicada.

El título “Piedra y cielo” define muy bien la pintura de Fiz y de Gómez Berrocal aparte de aludir al poemario de Juan Ramón Jiménez publicado en 1919, que después dio lugar a un grupo poético. Evidentemente, la piedra se corresponde con la obra técnica y arquitectónica de José Luis Gómez Fiz, profesor de dibujo técnico de la Facultad de Bellas Artes obsesionado con las masas monumentales de Salamanca que trabaja de forma matérica con pigmentos y tierras, utilizando tonos oscuros que contrastan con dos luminosos y extraños paisajes de verdes amables que no parecen estar pintados con la misma mano que mece la espátula.

El dibujo de Fiz es espléndido y casi se deja ver pese a las masas de color con las que cubre cielos densos, paredes oscuras, monumentos casi en sombra. Una pintura que dialoga, extrañamente, con la obra alada de Teresa Gómez Berrocal. Profesora de piano, alumna de San Eloy, la timidez de la artista parece reflejarse en estas mujeres que pinta, ataviadas con densos ropajes en los que se refleja un extraño renacimiento. El colorido y la luz que desprenden sus misteriosas, fascinantes imágenes.

La muestra, subtitulada “Geometría, color y vida compartida” recorre una veintena de obras, cuyos precios son bastante asequibles, y que recuerdan el trabajo de una pareja incansable en su diálogo artístico que se truncó con la muerte de Fiz en el 2014. El pintor, según Adolfo Hernández, partía de la figuración para acabar en la experimentación informalista de los 70. Una trayectoria muy usual entre los artistas de la época que compaginaba con sus rigurosas clases y que culminó, en los 90, con un trabajo paisajístico que recorre la ciudad con su tratamiento de las masas de color y el uso de la tierra mezclada con pigmentos.

En el caso de la pintora, la sensibilidad, el cromatismo, el misterio y esa colorida reunión de figuras femeninas que identifican su personal estilo, constituían una seña de identidad siempre presente en las muestras colectivas o las exposiciones individuales en las que participaba. “Emotividad frente a racionalidad –afirma Hernández- obra donde se une lo enigmático, lo tierno y lo místico en sorprendentes composiciones”. El contraste entre la obra de ambos artistas es claro y rotundo. Y supone un misterio para el espectador ¿Cómo era su relación como pintores? ¿Qué se aportaban el uno al otro?

La pregunta queda en el aire mientras el espectador se abisma en el denso espacio del uno y la emotividad vivísima de la otra, y el deseo de seguir indagando hace, como afirma el galerista “Que volvamos a acudir al arte para normalizar el hecho de visitar una galería, ir de nuevo a ver los cuadros, hacer que no sea tan extraño”. Verdaderamente, merece la pena descubrir de nuevo este gusto por el cuadro y reivindicar el talento de quienes hicieron nuestra historia en la ciudad letrada. Piedra y cielo para retomar nuestro paisaje.

Charo Alonso / Fotografías: Carmen Borrego

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