Inspector jubilado de la Policía Local de Salamanca, repasa sus 38 años de carrera con motivo del Día Internacional del Policía. Su testimonio narra la transformación del cuerpo y de la ciudad, desde la precariedad de los años 70 y la regulación del tráfico en la Plaza Mayor hasta la modernización con la llegada de la democracia.
La celebración este viernes del Día Internacional del Policía brinda una oportunidad única para reconstruir la memoria de la seguridad municipal a través de sus protagonistas. La historia de Jesús Sánchez Rodríguez, inspector jubilado del cuerpo, no es solo la crónica de una carrera profesional, sino el relato vivo de la transformación de Salamanca: desde una ciudad en blanco y negro donde los autobuses cruzaban y estacionaban en la Plaza Mayor, hasta la urbe peatonal y moderna de hoy.
Jesús Sánchez ha dedicado 38 años de su vida a patrullar las calles salmantinas. Su trayectoria oficial arrancó en 1971, pero su vínculo con el uniforme se tejió mucho antes, entre navajas de afeitar y el olor a jabón en el antiguo cuartel de la Cuesta de Sancti-Spíritus. Su testimonio, cargado de detalles inéditos sobre la precariedad de los inicios y la posterior modernización, ofrece una radiografía completa de la Policía Local de Salamanca.
El inspector jubilado recuerda con nitidez cómo, con apenas 11 o 12 años, pasaba sus vacaciones escolares ayudando a su tío Faustino. Su familiar, que se jubiló como sargento, ejercía también de peluquero del cuerpo junto al compañero Quintanilla. "Mi madre me mandaba allí para no estar en la calle; yo le daba jabón a la cara a los agentes mientras esperaban. Por eso conocía todo el departamento y el funcionamiento interno mucho antes de vestir el uniforme", rememora Sánchez con nostalgia.
El ingreso de Jesús Sánchez en el cuerpo municipal destaca por un sacrificio económico poco común. A los 13 años había comenzado a trabajar en la histórica fábrica de Mirat, donde había consolidado una posición estable. Sin embargo, la vocación de servicio público, inspirada en parte por la figura de su padre (que fue conductor funcionario), pesó más que la cartera.
"Llevaba tiempo queriendo cambiar. Llegó un día, en el año 71, que me examiné aun perdiendo dinero. Me pasé a la Policía Local cobrando casi la mitad del sueldo que tenía en la fábrica", asegura el salmantino. La decisión fue arriesgada, especialmente porque estaba recién casado y afrontaba los gastos de una nueva vivienda, pero "era lo que más me gustaba y no me arrepiento".
En aquella época, el acceso al cuerpo distaba mucho de los procesos actuales. No existían academias de preparación y, según relata, fue "la última promoción en la que no hubo academia". La formación académica básica era limitada, ya que muchos aspirantes salían del colegio a los 13 años para trabajar, aunque la exigencia en la calle era inmediata.
La Salamanca de principios de los 70 era un desafío circulatorio constante. Con una plantilla de entre 160 y 170 agentes (frente a los más de 230 actuales), la prioridad absoluta era la regulación del tráfico. "Entonces se circulaba por todos los sitios: la Plaza Mayor, la calle Zamora, la calle Toro... nuestra labor principal era esa", explica Sánchez.
Las condiciones físicas eran exigentes. Los agentes cubrían puestos fijos en cruces neurálgicos como la Plaza de España, la Puerta Zamora o la salida del Puente Enrique Estevan. "Estábamos dos horas y media seguidas en el puesto dirigiendo la circulación, de pie, y luego nos relevaban solo media hora", detalla sobre aquellos turnos maratonianos.
Sánchez recuerda especialmente la regulación en los arcos de la Plaza Mayor y en la calle La Rúa, controlando la salida de la Universidad. La llegada de los primeros semáforos y la posterior peatonalización del casco histórico fueron cambios drásticos que, aunque generaron protestas iniciales, el tiempo ha confirmado como aciertos: "Fue un éxito indudable; ver la Plaza ahora comparada con cuando entraban los autobuses es un cambio enorme".
La escasez de medios materiales definía el día a día del cuerpo en los años 70. La movilidad motorizada era una utopía para el agente raso. "Lo que había era una sección de ciclistas; la bicicleta era la única manera de moverse", apunta Sánchez. En aquel parque móvil incipiente, solo destacaba una excepción: el jefe del cuerpo, don Julián, "que tenía una moto con un sidecar y era el único vehículo disponible".
La precariedad llegaba hasta el vestuario. La renovación del calzado no dependía de contratos públicos anuales, sino de la necesidad extrema. "Nos daban zapatos a lo mejor cada tres, cuatro o cinco años", explica. El mantenimiento del calzado recaía en el ingenio interno: "Nos los arreglaba siempre un compañero que era zapatero y tenía su taller en las dependencias de Gabriel y Galán".
La transición política y las primeras elecciones municipales democráticas a finales de los 70 marcaron un punto de inflexión en la dotación del cuerpo. Sánchez fue testigo directo de cómo "empezaron a llegar más medios". Se incorporaron las primeras furgonetas para trasladar a los agentes a sus puestos (evitando que fueran andando) y aparecieron las primeras grúas de plataforma para la retirada de vehículos.
Fue también la época en la que la Policía Local gestionaba directamente la "zona azul" u ORA, antes de su externalización. Jesús Sánchez evolucionó profesionalmente a la par que el cuerpo, pasando de la bicicleta a la sección de motoristas y asumiendo cargos de responsabilidad en la unidad de atestados y circulación. Durante su carrera, trabajó bajo las órdenes de jefes históricos como su propio tío, Don Agustín Moreno Muñoz, el mencionado Don Julián, Don José Manuel Fernández y, finalmente, Don José Serrano Poble.
La implicación de Jesús Sánchez fue más allá del servicio ordinario. Su perfil inquieto le llevó a presidir el sindicato y la asociación de policía durante años, lo que le permitió conocer las realidades de las plantillas de Madrid, Barcelona o Valencia. "Conocíamos cómo funcionaban otras ciudades y eso nos ayudó a traer mejoras a Salamanca", señala.
En el plano social y deportivo, Sánchez recuerda con orgullo la camaradería de aquellos años. Formó parte activa de la "Escolta de Gala", viajando a actos oficiales en ciudades como Zaragoza, y fue miembro del exitoso equipo de balonmano y fútbol de la policía. "Teníamos un equipo muy bueno, llegamos a ir a jugar a Holanda", destaca, subrayando que "he sido muy feliz porque siempre he estado muy metido dentro de la plantilla".
A pesar de los buenos recuerdos, el servicio no estuvo exento de peligros. El inspector jubilado narra un episodio tenso vivido en un comercio de la calle La Rúa, un establecimiento que combinaba cabinas telefónicas y venta de dulces. "Escuchamos pedir socorro y entramos. El individuo nos atacó con una jeringuilla y una navaja; fue el primer caso en el que tuve problemas serios", relata.
Afortunadamente, lograron reducir al agresor y ponerlo a disposición judicial sin lamentar daños mayores. Un incidente que, visto con la perspectiva de sus 38 años de servicio, queda como una anécdota en una carrera dedicada a la seguridad de los salmantinos, que culminó en 2007 con su ascenso a inspector, ocupando la segunda jefatura del cuerpo antes de su retiro.
FOTOGRAFÍAS CEDIDAS POR JESÚS SÁNCHEZ RODRÍGUEZ