OPINIóN
Actualizado 29/12/2025 10:37:30
Francisco Delgado

Una de las noticias más sorprendentes sobre los peculiares rasgos de personalidad del actual Presidente norteamericano es esa “pasión” o “manía”, como la llaman muchos periodistas, de poner su apellido, Trump, a numerosas instituciones, centros culturales, torres, edificaciones ya existentes o en vías de construcción, de carácter muy diverso: los nuevos buques de guerra que ha dado la orden de construir, el Instituto de EEUU para la Paz, el Centro Kennedy de Arte Escénica y de la Música o Kennedy Center, el gigantesco salón de baile que ha mandado construir en la Casa Blanca destruyendo el ala este del edificio presidencial, el Arco del Triunfo que ya está construyendo, etc., son algunos de los más llamativos bautizados o rebautizados con su apellido.

Muchos comentaristas hablan de vanidad, como explicación de este deseo y fantasía de no tener límites. Pero, el punto de vista de la psicopatología sobre esta conducta, es mucho más complejo que el concepto de vanidad: el vanidoso suele tener mucho interés en que nadie piense que es un loco, mientras que al presidente Trump parece no importarle que algunos demócratas, psiquiatras, o simplemente opositores, pongan en duda su estado mental.

Una de las características de esta repetición de bautizar novedades con su apellido, es que muchas de estas decisiones son completamente contradictorias en el campo de la lógica o de la lingüística: si pregona por todo el mundo su deseo de obtener el Premio Nóbel de la Paz, no es coherente que a la vez ponga su apellido a los nuevos buques de guerra en vías de construcción; pues la paz no se consigue atacando militarmente a un país o grupo que no le ha agredido ni a él ni a los EEUU. Como no es coherente su imperioso deseo de ser él el protagonista de posibles firmas de paz entre ajenos países enemigos que en algún momento buscan el acercamiento.

La complejidad psíquica del ser humano nos enseña que si alguien no acepta los límites de todo ser humano y de todo fenómeno de la naturaleza, no aceptará tampoco el hecho de que todos somos mortales y de que las fronteras, los continentes, las montañas, los ríos, todo a nuestro alrededor tiene sus límites incluidos nosotros mismos. Lo único que explica ese ilimitado deseo o subjetiva necesidad de no tener límites es la también infantil fantasía de imaginarnos eternos o poseedores de todo lo que nos rodea; o como si el mundo fuera un gran supermercado y con unas pocas transacciones comerciales pudieras adueñarte y poseer todo lo que quisieras.

El deseo de que uno mismo sea el más grande de todos los competidores reales o imaginados esconde un deseo insaciable de ser el sujeto más querido, aceptado, alabado, de todos los habitantes de esta tierra. Después de una larga lucha de toda su vida, el ser humano suele admitir que ninguna aceptación puede ser total, que a todos los seres humanos nos faltan innumerables aspectos que nos imposibilitan ser dioses, o conseguir ser siempre los primeros, y ni siquiera ser dignos en todas las pruebas que la vida nos pone.

Solo la proximidad a la muerte nos hace ampliar la claridad de nuestras limitaciones y nuestras batallas inútiles. Como el mortal Don Miguel de Cervantes lo escribió genialmente en su inmortal Don Quijote de la Mancha después de ser derrotado por el Caballero de la Blanca Luna.

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