El año que acaba no es para presumir. Con guerras en tres continentes, el terrorismo que no cesa y las desavenencias en Occidente, con la punta de lanza de los aranceles, elegida palabra del año por su significado rupturista.
No por otra cosa, pero tan triste realidad nos hace mirar 2026 con algo más de esperanza en que las cosas mejoren. Tenemos dos guerras cruentas con posibilidades de extinción. Más avanzada la de Gaza, con un acuerdo de paz a la espera de que se materialice el desarme de Hamas y establecer una Administración técnocrática para poder reconstruir el devastado territorio.
En Ucrania las cosas están más complicadas por la pretensión rusa a anexionarse territorios y establecer una zona desmilitarizada. Aun así, la paz es posible, pues el régimen de Kiev es presionado por los Estados Unidos para aceptar cesiones que terminen con el conflicto.
Menos cruentas pero más enrevesadas son las trabas al comercio internacional, que suponen ruptura de alianzas y un ataque al Producto Interior Bruto de todos los países. Como se ve, motivos no faltan pata el pesimismo, pero el margen para la esperanza es amplio si Donald Trump da marchas atrás, como ya ha hecho en ocasiones anteriores.
Todo esto, brevemente, en lo que se refiere al panorama exterior, ´pero ¿qué pasa dentro de nuestra casa? Pues que hemos acabado un año en el que la gobernabilidad se ha visto atascada por falta de mayorías legislativas y en el que el insulto ha sustituido al debate y a la confrontación civilizada. Por suerte, 2026 es un año electoral que clarificará un poco las cosas. No tanto, pues se trata de elecciones autonómicas, pero servirán al menos para tomar el pulso a la situación y sustituir el dicterio por la papeleta de voto.
Lo improbable, pero no por ello imposible, es que los resultados de los comicios territoriales obliguen al Gobierno a adelantar las elecciones generales. Si tal cosa llega a suceder, tendríamos probablemente un Gobierno estable, del que tan necesitados estamos, que haga que este país tire para adelante y no se enrede con políticas a corto plazo y cesiones a unos y otros en vez de dedicarse a la política con mayúsculas.