OPINIóN
Actualizado 28/03/2024 11:08:52
José Luis Puerto

En el primer momento del amanecer, subo las persianas de mi buhardilla. Los tejados del pueblo y de la iglesia están cubiertos por una película de nieve. Una delicadísima sábana blanca protege el pueblo. A finales de marzo, es el día posterior a esa hermosa y olvidada fiesta de la Anunciación o de la Encarnación, término este último que usaban nuestras madres.

Y fiesta que me lleva a recordar ese hermoso concepto del espacio intermedio, como ámbito de manifestación de lo revelado. Y que, popularmente, me lleva a recordar las tan humildes como bellísimas violetas, que –según nos indicara nuestra madre– conservan su virtud desde San José hasta la Encarnación, una virtud tan corta (flor de un día) pero tan luminosa a un tiempo.

Abro las persianas de la buhardilla. La nieve, como blanca mano suave, acaricia los tejados. Al fondo, ante las crestas de la cordillera, aparece el sol. Y se produce el milagro. Por primera vez, escuchamos, este año, el canto del cuco.

El cuco siempre se ha tenido como oráculo. “Si el cuco no viene / a mediados de abril, / o el cuco se ha muerto / o ya viene el fin.” Pero, sobre todo, es oráculo porque se le consulta. Los humanos le consultamos para averiguar el sino de lo que más nos importa.

Así, la moza casadera, que aún no ha encontrado novio, le pregunta con ansiedad y anhelo: “–Cuquiello, rabo de escoba, / dime cuántos días faltan / para el día de mi boda.” Y, según el número de veces que el cuco entone su “cu-cú”, tantos años le quedan para tal acontecimiento feliz.

También le consulta el pastor maduro, cansado ya de los duros días a la intemperie en el campo, sea verano o invierno, caigan chuzos o abrase el calor, y le pregunta: “–Cuquiello, rabo de arao, / dime cuántos años me quedan / pa andar con el ganao.” El cuco le da la respuesta con el número de veces que entone su canto, que el pastor cuenta ansioso.

Tenemos necesidad de los oráculos, de averiguar el porvenir y de que este sea favorable y pacífico, de que no haya violencias ni conflictos, guerras ni amenazas, porque la convivencia pacífica y tolerante es lo que favorece el progreso de los pueblos.

Al contemplar estas últimas nieves de marzo (dice el refrán sobre ellas: “–Teme más a una mala vecina, / que a una nevada Marcelina.”) y escuchar el canto del cuco, nosotros, en silencio, desde la ventana de nuestra buhardilla, abierta a la luz y a la mañana, también le preguntamos en silencio al cuco:

Si va a parar el exterminio de las gentes de Gaza, si van a cesar las guerras, si vamos a detener ese avance tan oscuro de barbarie que parece estarse enseñoreando del mundo, a lo largo y ancho de los continentes.

El cuco canta desde el bosque cercano de castaños y robles. La mañana, pese a tanta borrasca, impone su luz. Estamos necesitados de mucha resurrección, frente a tanta barbarie como nos amenaza a todos.

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