Hay un hermoso lienzo al óleo de Bartolomé Esteban Murillo, en el que plasma el artista sevillano dos mujeres en la ventana; obra a la que alguien ha llegado a denominar “Las gallegas”. Se atesora en la National Gallery of Art, de Washington, DC. Es una de sus más enigmáticas pinturas. Dos mujeres observan a alguien o algo que llama su atención. La que parece más joven, se halla acodada en el alféizar, con su mano sobre un pómulo, y nos mira de un modo sereno y hasta misterioso; la otra, como en un segundo plano, tapa su boca y parte de la nariz con un pañuelo que lleva a la cabeza, como con una risa contenida.
Fue la imagen que enseguida vino a nuestra mente (todos albergamos en ella nuestro particular museo imaginario, como dijera André Malraux), al escuchar una noticia atroz, que pasará desapercibida: los talibanes acaban de prohibir en Afganistán que las mujeres se asomen a las ventanas de sus casas y viviendas.
Primero les negaron el acceso a la universidad y hasta casi la educación. Luego han seguido dando pasos para hacerlas invisibles y someterlas. Y, ahora, les niegan ya hasta asomarse a la ventana.
Pero parece darnos igual. Es una noticia que parecería que no nos atañe, que no tiene que ver nada con nosotros ni con nuestro bienestar de ciudadanos del primer mundo. Todo eso que les ocurre a las mujeres afganas sucede muy lejos.
Desde hace tiempo y a través de una serie de luchas y propuestas que recorren la contemporaneidad, las mujeres han comenzado a asomarse a la ventana de la historia, han comenzado a hacerse presentes, han comenzado a plantear, en el tapete público, pese a tantas y tantas resistencias, lo que piensan, lo que sienten, lo que crean, cómo conciben la sociedad y el mundo…
En definitiva, han decidido asomarse a la ventana, hacerse visibles, exigir una presencia en tantos y tantos territorios masculinizados, vedados y vetados para ellas. Muchos, como ocurre ahora con los talibanes, han querido y siguen queriendo (en la política, en la economía, en los sistemas educativo y sanitario, en la cultura, la literatura y el arte, en el deporte, en el ámbito religioso…) cerrarles las ventanas, que sigan siendo invisibles, que no puedan abrir de par en par los batientes para contemplar el mundo, para hacerse presentes en el mundo.
Pero, pese a que los avances no son lineales ni fáciles, y lo conseguido no se consolida así como así, las mujeres se han asomado, se siguen asomando y lo seguirán haciendo en el futuro, a las ventanas de la historia.
Pese a la resistencia de tanto talibanismo. Pese a tantas trabas y murallas invisibles, pero palpables, como se les pone. Pese a tantos obstáculos como aún seguiremos viendo y comprobando.
Esas mujeres de Murillo, asomadas a la ventana, radiantes de vida, de fulgor y de misterio, están ahí, nos interpelan. Las mujeres afganas, a las que, en un paso más de barbarie, se les niega asomarse a sus ventanas, también nos interpelan.
Las mujeres se han asomando, se siguen asomando a la ventana de la historia. Una buena noticia para todos, pues nos hará mejores. Pese a tanto talibanismo.