OPINIóN
Actualizado 08/07/2023 09:34:09
Francisco Aguadero

La salud de la población es uno de los aspectos más transversales de la sociedad, porque nos afecta a todos. Y, como no podía ser de otra manera, un concepto muy diverso que influye de forma distinta en cada persona, que cada uno lo siente con sus peculiaridades y lo padece a su manera.

El concepto de “salud” se utiliza aplicado más a nivel individual que a una población o a un colectivo. Aunque es habitual hablar de la salud de una organización, de una empresa o de la salud de la democracia, elevando así la reflexión al nivel supra-individual. Teniendo en cuenta desarrollos recientes en epidemiología y especialmente la de carácter social, traemos a colación la importancia de considerar al concepto de “salud de la población” como algo más que la suma de todos los casos individuales de salud.

Un estudio sobre salud y estilos de vida realizado por el Instituto DYM y publicado por el diario 20 Minutos el 10 de abril, pone de manifiesto que los españoles piensan que su estado físico y mental ha empeorado. El porcentaje de ciudadanos que afirma tener un buen estado de ánimo ha caído 12 puntos desde el 2018. La salud de los españoles arrastra las secuelas de la pandemia y eso se deja notar en el ánimo y en la autopercepción que tienen sobre su bienestar físico, así como en los altos niveles de estrés que padecen, con especial incidencia en la salud mental y en línea con la tendencia creciente de ansiedad que se está dando en todo el mundo. El 24% de los encuestados sostiene que su estado mental es “algo malo” o “muy malo”, frente al 14% que afirmaban lo mismo antes de la pandemia.

Por lo que al estrés se refiere, el 48% de los entrevistados dice que su nivel de estrés es «algo malo» o “muy malo”, estableciendo una distinción entre mujeres y hombres: el 57% de las mujeres cree que sufre un nivel de estrés malo, frente al 41% de los hombres que creen padecerlo, ellas lo sufren más. Ese porcentaje se eleva entre los jóvenes de 18 a 35 años, donde casi seis de cada diez asume que su nivel de estrés es algo malo o muy malo.

Por otra parte, la noción de “salud pública” perece pudiera presuponer la de “salud de la población”, pero no es exactamente lo mismo. La primera es una noción polisémica, controvertida, que tiene un cierto núcleo común en sus aplicaciones y en el que se puede identificar una orientación hacia la realidad epidemiológica, ahí se encontraría con la salud de la población y, por otro lado, conlleva una gestión o intervención pública sobre esa realidad epidemiológica.

Así, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud pública como “la respuesta organizada de una sociedad dirigida a promover, mantener y proteger la salud de la comunidad, y prevenir enfermedades, lesiones e incapacidad.” Definición muy acertada, a mi entender, pero que la mayoría de los gobiernos y entidades manejan con cierta interpretación propia.

No siempre, a la hora de hablar de la salud pública, se tiene en cuenta la calidad en la salud y la calidad de la salud. Lamentablemente hay una multiplicidad de opiniones sobre lo que realmente es la calidad de salud. El concepto y la opinión varía sustancialmente, dependiendo de los gobiernos, de los requerimientos básicos que tenga un determinado sistema de atención sanitaria, del país, la región o del centro de salud en cuestión.

Al respecto y según la OMS, la salud pública debe alcanzar unos estándares de calidad satisfactorios en los siguientes aspectos: Oportunidad, referida a la buena atención prestada al paciente en el momento adecuado; Eficiencia, que contempla la atención necesaria a cada paciente, al menor costo posible; Efectividad, emanada del conocimiento, experiencia y habilidades de los profesionales; Seguridad, por la que ningún tratamiento o asistencia médica debe generar nuevas o agravar las lesiones existentes en el paciente; Atención centrada en el paciente, que conlleva una interacción respetuosa con el paciente; Equidad, por la que la atención sanitaria debe ser impartida a todos los individuos por igual, sin tener en cuenta diferencias de ningún tipo. En conjunto, podríamos definir la calidad de la salud pública en torno a una adecuada atención hacia el paciente, la gestión correcta de los recursos, el buen ejercicio profesional y la igualdad de trato.

La mayor investida a la salud de la población en los últimos tiempos ha sido la del coronavirus. Afortunadamente, hace ya un tiempo que la pandemia dejó de ser una emergencia sanitaria y un asunto prioritario. De hecho, el pasado miércoles día cinco se publicó en el Boletín Oficial del Estado (BOE) la orden por la que las mascarillas o tapabocas, ya no son obligatorias allí donde se mantenían como tal: en hospitales, centros de salud, farmacias o residencias de mayores, se dejan como de uso voluntario donde se considere oportuno. Se acabó la Covid y cayó el símbolo por excelencia de la misma, la mascarilla. Pero algunos de los efectos perniciosos de aquella persisten todavía en la salud de la población y en el día a día de los ciudadanos.

Escuchemos a Juan Luis Guerra y el grupo 4.40 en La Bilirrubina:

https://www.youtube.com/watch?v=x3G4VFThbEg

Aguadero@acta.es

© Francisco Aguadero Fernández, 7 de julio de 2023

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