OPINIóN
Actualizado 28/05/2023 10:17:08
Francisco Delgado

Desde que Antón Chéjov nació en la ciudad ucraniana de Taganrog un 17 de enero del año 1860, hasta que el 15 de julio de 1904 murió en Badenweiler ( Alemania), jamás tuvo la menor preocupación derivada de sus complementarias identidades: ser ucraniano por nacimiento y ser ruso como consecuencia de ser ucraniano. Durante los 44 años que vivió, una vida intensa y llena de actividad en su profesión de médico y en su vida de escritor, no tuvo ningún problema en su identidad nacional ni regional. Su vida transcurrió en la extensa Rusia, en el norteño y frío San Petersburgo, largos años en su querida ciudad de Moscú, cruzó de oeste a este toda la Siberia hasta llegar a la isla de Sajalin, frente a Japón, (interesado por la inmensa penitenciaría donde malvivían y cumplían condena miles de presos rusos) y volvió repetidas veces a su cuna ucraniana, la ciudad de Taganrog.

Por su inquieta personalidad y cultura, se interesó, le preocuparon y se mostró activo en muchas cuestiones de tipo social, médico, económico, cultural, artístico, de la Rusia de finales de siglo, donde vivió; pero jamás ni en sus escritos ni en sus pensamientos ocupó ningún lugar la menor incompatibilidad entre sus dos patrias, la grande y la chica, entre Rusia y Ucrania.

Escribir sobre Chejov en este inquietante año de 2023 es situarse en un presente bélico entre Rusia y Ucrania, en el que cada día los europeos seguimos con atención y angustia un conflicto cuyo comienzo ( ya hace más de un año) surgió por motivos políticos que a la gran mayoría se le escapa y que cada día producen menos esperanza en que el conflicto bélico tenga un pronto final. La política de la OTAN de armar a los combatientes ucranianos desde las primeras agresiones rusas, (que no parecían tener el objetivo de anexionarse todo el territorio de Ucrania sino limitarse a la invasión de las provincias del este) y la política de EEUU y la Unión Europea de sancionar económicamente a Rusia por su beligerancia, están dando como resultado una mayor complejidad en la situación y aún no se percibe un claro lugar para las negociaciones.

Los grandes y dolorosos malentendidos entre ambos países se gestaron en los años posteriores a la revolución soviética y en los años de combate de la II Guerra Mundial contra las tropas alemanas del III Reich. La mayoría de historiadores interpretan que el trato infligido a Ucrania por las autoridades estalinistas soviéticas durante los años de guerra contra la Alemania nazi, despojando a los koljoses ucranianos de las cosechas de trigo, para llevarlas de alimento a la población moscovita y al Ejército Rojo, está en la base del odio y rechazo presentes aún en gran parte de los ucranianos: esta confiscación obligatoria del trigo ucraniano produjo una espantosa hambruna con miles de muertos de una población que no tenía nada para alimentarse.

Cuando en diciembre de 1991 la Unión Soviética desapareció dando paso a la Comunidad de Estados Independientes, Ucrania recuperó junto con las otras repúblicas su independencia sin aún haber resuelto el grave conflicto de su relación con la Rusia estalinista. Sigue la marcada división de la población ucraniana entre prorusos y enemigos de Rusia.

Si ha habido alguna vez un escritor demócrata, valorado y amado por la gran mayoría de la población rusa y ucraniana, en todo el amplio abanico de tendencias políticas de la extensa Rusia, ha sido Antón Chéjov. Su amplia obra literaria y su vida son un claro ejemplo de democracia y pacifismo, que debería seguir siendo el ejemplo moral para ambas poblaciones. Chéjov nunca conoció esta sangrienta división de dos pueblos, el ucraniano y el ruso, nunca se calló ante la barbarie ni las injusticias. En el presente estaría en contra de una guerra que viviría desgarradora, entre dos partes íntimas de sí mismo, y proclamaría su deseo sin fisuras de diálogo y negociaciones entre las partes en conflicto.

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