OPINIóN
Actualizado 29/04/2023 09:20:21
Francisco Aguadero

Una corriente llegada de Estados Unidos viene a cuestionar el asunto de las propinas, sin tener en cuenta que es una práctica cultural propia de aquel país, no del nuestro. Podríamos decir que las propinas son una cosa de toda la vida, que tienen un espectro sumamente amplio e innumerables puntos de vista y circunstancias. Por eso, es un tema controvertido al que, estamos seguros, aquí no vamos a darle una solución, pero sí queremos contribuir al debate necesario y aportar elementos a considerar por cada ciudadano.

La geografía de la propina se extiende a lo largo y ancho de los seis continentes, con mayor o menor existencia, práctica, variedad y controversia en según qué país, nivel de vida y clases sociales. Tomaremos como referencia el caso de España, principalmente. Para cada ciudadano, el concepto de “propina” puede tener un significado diferente, si bien, el más común es el que contempla el Diccionario de la Lengua Española (DLE) y que en sus dos primeras acepciones hace referencia a una pequeña gratificación que se da, como muestra de satisfacción por algún servicio eventual.

Y, visto así, poco tiene que ver con la pretensión de algunos de relacionar la propina con el justo salario que debe recibir todo empleado por su trabajo. No es responsabilidad del ciudadano o consumidor pagarle el salario o parte del mismo al trabajador, es responsabilidad del empresario o empleador hacerlo. En ningún caso, el salario ni parte del mismo puede ser sustituido por la propina, porque, de una parte, se estaría reduciendo de forma encubierta el coste de la empresa y, de otro lado, se estaría dejando esa parte del salario en manos de un tercero, el consumidor, el cual, puede decidir pagarlo o no con la propina que, por definición, es voluntaria.

Volver a las propinas como algo cotidiano me recuerda aquella España de bote y campanilla en la que el camarero cantaba “bote” en voz alta o tocaba la campanilla, cuando un cliente donaba una propina. Era una especie de celebración de una mal entendida generosidad. Porque lo que se ponía de manifiesto era una relación de servilismo, entre un potentado dadivoso y un siervo agradecido, que veía recompensado su trabajo con una limosna, la cual venía a completar lo que no le pagaba el patrón.

Eran los años en los que aún no había el Estatuto de los Trabajadores, que vino con la Ley 8/1980, de 10 de marzo y que fue un paso importante para dignificar el trabajo, especialmente de los trabajadores de los servicios, equiparando su salario al de otros colectivos similares, sin tener que depender de las propinas. Un paso importante que, también, contribuyó a mejorar la imagen y salubridad del escenario en el que se realizaba el trabajo, aquellos bares llenos de humo y colillas, cáscaras de pipas, serrín y cabezas de gambas por el suelo. Era otra España que, afortunadamente, muy poco tiene que ver con la España real de ahora. No volvamos 40 años atrás dejándonos imponer la propina como norma, para pagar con ella parte del salario. El salario es una cuestión de justicia profesional y social, no de limosna o caridad.

En lugar de incentivar la propina y hacer apología de la misma, como hacen algunas administraciones públicas, se debería dignificar más el trabajo, mejorar las condiciones laborales y pagar unos sueldos más acordes con la carestía de la vida, especialmente a aquellos profesionales de los sectores más proclives al uso de la propina como el de la hostelería y la restauración. Profesionales que, como es bien sabido, se encuentran entre los mejores del mundo, su reconocimiento no puede depender de las propinas.

El neoliberalismo galopante e imperante se ha hecho eco del sistema estadounidense de imponer la propina “obligatoria” y algunos establecimientos han comenzado a incluir en su cuenta un porcentaje de propina. La reacción no se ha hecho esperar y, según una reciente encuesta a la que hace referencia el diario “20minutos”, el 90% de quienes participan en la misma son contrarios a las propinas tal y como se entienden en Estados Unidos. En la cultura anglosajona está muy interiorizada e institucionalizada la propina como una parte sustancial del salario del trabajador. Pero no es el caso de Europa, ni de España en concreto, donde se tiene otra concepción de la propina y los salarios están a la altura de otros colectivos equiparables.

La realidad es que el asunto de las propinas no es algo tan baladí como parece. El tema tiene un componente ético de cierto calado. Algunas corrientes filosóficas encuentran componentes en pro de las propinas como el que estas contribuyen a un servicio mejor, porque estimulan la motivación de los trabajadores; dan la apariencia de ir más allá de una simple transacción comercial, o que muestran la existencia de un acuerdo tácito entre el establecimiento y el cliente, cuando el servicio ha sido bueno. Tengo mis dudas al respecto, pero son razones a considerar.

Por otra parte, los argumentos en contra de las propinas se encuentran en su irracionalidad y escasa justicia. En cuanto a la primera, hay que decir que la racionalidad brilla por su ausencia. Los criterios de aplicación no están claros, hay una falta de lógica en el sistema. Se supone que con la propina premiamos un buen servicio, pero la valoración de este es subjetiva de cada persona y ¿por qué premiamos con ella unos determinados servicios y no otros? Por otro lado, la propina cambia como concepto y cantidad, según la época y el lugar.

Desde la perspectiva de la justicia social, resulta muy difícil valorar el servicio que recibimos. Con frecuencia, no tenemos información suficiente para determinar si un profesional se merece o no la propina. Puede que un camarero haya tardado en servirnos la comida, pero que no sea suya la culpa, sino de la cocina o de que el negocio no tenga el personal suficiente para dar un buen servicio. Tampoco es un criterio muy equitativo o de igualdad el dejar más o menos propina en función de que nos haya atendido alguien atractivo o no. Y, lo que de verdad ya no tiene ningún sentido de justicia social es que se calcule y se imponga la propina como un porcentaje en función del importe de lo que hayamos pedido, sin más.

Por todo ello, parece que lo más sensato y racional sería que el local incluya el servicio en el precio y mejore las condiciones del personal, haciéndoles partícipes de la marcha del negocio, asegurándoles un salario digno y liberándoles de la incertidumbre de las propinas o de la voluntad de terceros.

Trabajadores y clientes, no nos dejemos imponer un sistema de propinas “obligatorias”, no es nada edificante ni socialmente equitativo. Parece más apropiado apostar por un salario justo en las relaciones laborales entre empresa y empleado.

Escuchemos al grupo Abba en Money, Money, Money:

https://www.youtube.com/watch?v=4OBGJZ6u1DU

Aguadero@acta.es

© Francisco Aguadero Fernández, 28 de abril de 2023

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