OPINIóN
Actualizado 20/01/2023 08:43:42
Tomás González Blázquez

En veintiocho sedes diferentes repartidas por el territorio español, entre ellas la Facultad de Ciencias de nuestra Universidad de Salamanca. A la misma hora, las cuatro de la tarde (en Canarias empezarán a las tres locales). Son 27.796 los aspirantes a ocupar alguna de las 11.171 plazas ofertadas por el Ministerio de Sanidad para cursar la Formación Sanitaria Especializada: 19 para químicos, 42 para físicos, 60 para biólogos, 231 para psicólogos, 308 para farmacéuticos, 1.961 para enfermeros y 8.550 para médicos. Un mismo examen en cada una de las disciplinas, simultáneo y con la posibilidad de obtener la plaza en cualquier lugar de España. Una rareza que hoy debería abrir los periódicos, en un país donde se está hablando todo el rato de igualdad mientras se consienten desigualdades escandalosas como la del acceso a la Universidad. El MIR y todos sus hermanos, EIR, FIR, PIR…, son todavía un insólito ejemplo que acaso no sobreviva al modus operandi legislativo que cambia el Código Penal a la medida de los sediciosos y cosas así. Mientras tanto, reivindiquemos esta jornada memorable.

Pero más que el examen, que como cualquier sistema de medida de capacidades y de ordenación de elementos tiene sus defectos, compensados en parte por su condición de examen nacional y único, urge reivindicar la Formación Sanitaria Especializada a la que da paso. Entre la marabunta de debates (pobres casi todos), pancartas, manifiestos, paros, huelgas, concentraciones, mareas blancas (y de otros colores) … apenas se menciona la realidad de que ya no se está exigiendo haber obtenido la especialidad a través del MIR (o su equivalente en los licenciados anteriores a 1995) para ejercer la profesión médica en España. La rendija legal, casi un limbo, que propicia el Gobierno de España está siendo aprovechada por las comunidades autónomas para contratar médicos sin la titulación que se venía exigiendo, con la evidente rebaja en su nivel de formación. Como quiera que esto sucede en regiones gobernadas por la nada liberal y en regiones gobernadas por la nada progresista, y entre bomberos jamás se pisarán la manguera, es complicado que de esto se hable mucho. Los creadores de opinión sobre Sanidad viven mucho más cómodos manteniendo el debate en el eje político-económico, que se mueve entre lo público y lo privado. No digamos ya dónde quedamos los que pretendemos llevarlo a otro escenario, el de anteponer la Medicina a la Sanidad, en el sentido de buscar en los fundamentos deontológicos de nuestra profesión las claves para que luego se alumbre un sistema sanitario humano y comprometido con los más débiles. Un iluso yo, y otros, en esta España donde ya no existe el derecho a latir.

Faltan médicos, dicen, aunque existen argumentos contrarios a esta afirmación, y a las consejerías de Sanidad les parece que dejar de pedir el MIR es una solución, o al menos una opción provisional. Obviamente, estas contrataciones ocurren en aquellas especialidades donde más problemas encuentran para cubrir los puestos de trabajo, y entre ellas, se lleva la palma la Medicina Familiar y Comunitaria. Cuando mi padre, recién licenciado, inició su andadura como médico un lejano 11 de julio de 1978 en Villanueva del Conde, se sentía, según sus palabras, “un hechicero de la tribu”. Claro que fue capaz de irse formando para llegar a ser un gran profesional, a base de sentido común y de valores firmes, pero ni su proceso fue el ideal ni debemos tenerlo por aceptable cuando ya han pasado casi cuarenta y cinco años. Cuando él se fue con su maletín a ese bello pueblo serrano sabía, más o menos, la misma Medicina que yo cuando hice el examen MIR hace quince años y obtuve la plaza que quería, la de Medicina Familiar y Comunitaria en la unidad docente de la querida Zamora. Después, el proceso formativo de cuatro años, imprescindible para el aprendizaje diario y la actualización que nunca se terminan, porque cada enfermo es único e irrepetible.

Dejar de exigir el MIR para trabajar como médicos de cabecera, o en las urgencias de Atención Primaria, especialmente en las comarcas rurales más apartadas, degrada tanto a la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria como a estos lugares menos poblados, más alejados, a los que, repite una y otra vez la prensa, los médicos no quieren ir. Si el consultorio o el centro de salud siempre van a estar ahí como una salida laboral momentánea o incluso duradera, ¿qué estímulo se le da al médico para hacer el MIR de Familia? Si se insiste tanto en que esas llamadas zonas de difícil cobertura son poco apetecibles, ¿no se está generando un círculo vicioso, como el de la insuficiencia cardíaca?

Cada vez que entrevistan en la radio o en la televisión a uno de esos jóvenes médicos españoles que se han ido a Suecia “para poder dedicar tiempo a mis pacientes”, me pregunto si piensan que yo no dedico tiempo a los míos, o si en España esto no se está viviendo, y disfrutando, por muchos médicos rurales que aún resistimos a tanto mito y a tanta propaganda. Mientras yo paso por casa de Primitivo y me cuenta sus batallitas, o sorprendo a Prisca todavía arropada bajo un par de mantas, ese compañero estará hablando en inglés con el señor Larsson o con la señora Sjögren y su síndrome. Y sí, cobrará mucho más por ello. Y hará caja, como todos los compañeros que, en su libertad y con su esfuerzo, que no discuto, vienen a España no ya para cursar el MIR sino para hacer el mismo trabajo que yo ni debía ni podía desempeñar quince años atrás.

¡Suerte esta tarde, compañeros! Enhorabuena por el estudio hasta hoy y ánimo a los que emprendáis vuestro período de formación. Ojalá hubiera plazas para todos.

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