OPINIóN
Actualizado 12/09/2022 10:03:50
Francisco Delgado

La mayoría de los media y sobre todo las redes sociales, llevan una larga temporada con una tendencia a escribir unas cuantas palabras o a pronunciarlas, con la intención de hacer un escueto juicio moral, con todas sus consecuencias, sobre hechos de política regional, nacional e internacional demasiado complejos para simples afirmaciones o condenas morales o políticas.

Quizás el diseño comunicativo de dispositivos como Facebook, Instagram, Twitter y otros, determine la brevedad del contenido y eso siempre es un obstáculo para hacer una síntesis imparcial previa a un juicio. Pero si la exposición del razonamiento exigido a la conclusión de un juicio se elimina, la verdad es que, excepto como ingenua propaganda, las afirmaciones tienen escaso valor.

Sin embargo en el complejo y vasto tema de la comunicación humana, los razonamientos tienen al menos dos funciones primordiales: una, es la única garantía para el interlocutor o lector de que el que habla o escribe de un tema, está en el principio de la realidad, no delirando como ocurre en las psicosis. La otra función del razonamiento es dar cuenta del respeto que el locutor o escritor debe tener con su lector. Sin razonamientos solo caben comunicaciones basadas en el principio de que entre los dialogantes hay un superior que exige ser obedecido y un inferior que obedece.

Pero hay otra consecuencia radical en estos juicios sin previas demostraciones, o basadas en mentiras o falsas argumentaciones: si alguien no se molesta en demostrar con claridad y honestidad la validez de sus argumentaciones ( incluidos sus datos) significa que históricamente se sitúa en su imaginación al menos tres siglos antes; es decir que para él el siglo de la Ilustración, con el acuerdo de que la razón debe ser el primer principio de todo diálogo humano y todo el desarrollo científico posterior de la humanidad, carecen de ningún valor.

Pongamos tres ejemplos de la actualidad, uno del ámbito local, otro nacional y otro internacional. Empecemos por el que hoy se celebra como antigua tradición: El toro de la Vega ( en Tordesillas, Valladolid). Si alguien públicamente escribiera o afirmara, sin más razonamientos, que la tradición de el toro de la Vega está suficientemente justificada desde todos los puntos de vista, por los siglos de tradición que la avalan, su afirmación, desde el punto de vista de la ética y de los derechos de los animales, tendría la misma falta de valor que el que, desde un punto de vista diametralmente opuesto, afirmara o escribiera que hay que suprimir totalmente dicha tradición, contraria al derecho y la moral de los actuales pueblos civilizados. El vacío de argumentación, en ambos casos, es más significativo que la afirmación sobre el hecho.

Si en el problema del “impasse” de más de tres años en el nombramiento de nuevos jueces del CGPJ alguien expresara escueta y “definitivamente”, que no es un grave problema para el funcionamiento democrático de nuestro país, pues un juez, más allá de sus inclinaciones políticas, siempre ha de ser imparcial en sus juicios, tendría la misma nula credibilidad que alguien que afirmara que si los jueces que componen el CGPJ no cumplen las leyes de funcionamiento de su Institución, ipso facto toda la Justicia española se invalida, se viene abajo.

Finalmente, en el terreno internacional, en la compleja cuestión de la actual guerra ruso-ucraniana, dos frases distintas y contrarias queriendo justificar la agresión soviética o condenarla drásticamente, serían por ejemplo estos dos “titulares”: “Ucrania ha pertenecido en el pasado a Rusia y por tanto Rusia tiene todo el derecho a reivindicar ese territorio”. O la segunda: “Hay que establecer una alianza sin límites de tiempo ni de costes con Ucrania, como nación europea, ante la agresión injustificada del imperialismo ruso”. Los argumentos basados en la historia y en la ética, en ambas posiciones, son más necesarios para llegar a acuerdos, que drásticas afirmaciones como éstas, que solo producen bloqueo en los diálogos humanos.

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