OPINIóN
Actualizado 05/07/2022 08:41:51
Eusebio Gómez

Mientras hojeaba sus “dossier” matrimoniales, el diablo observó con enojo que todavía quedaba una pareja, sobre la tierra, que vivía de amor y en concordia. Decide hacer una inspección. Se trataba en realidad de una pareja común, sin embargo, emanaba tanto amor, que alrededor de ella parecía que fuese una eterna primavera. El diablo quiso conocer el secreto de aquel amor.

“No hay ningún secreto-le explicaron los dos-. Vivimos nuestro amor como una competencia: cuando uno de los dos se equivoca, el otro asume la culpa; cuando uno de los dos obra bien, el otro recibe las alabanzas, cuando uno de los dos sufre, el otro recibe el consuelo; cuando uno de los dos se alegra, el otro se complace. En fin, competimos siempre a ver quién llega antes”.

Al diablo le pareció esto tonto. Y por eso pueden todavía existir parejas felices en la tierra (Dino Simplici).

No hay duda de que existen parejas felices en la tierra, donde cada uno trata de hacer todo el bien posible al otro, parejas que mantienen como valores válidos: la fidelidad, el mutuo aprecio, la comprensión, la tolerancia, y tratan de vivir el ideal de Jesús de Nazaret. Sin embargo, hay signos preocupantes en nuestra sociedad que atentan contra la familia cristiana: la creciente demanda de una libertad sexual sin límites, el aumento de madres solteras, la disminución del número de hijos, el hedonismo, el relativismo y la indiferencia religiosa, tratan de corroer el matrimonio.

La convivencia bajo el mismo techo no es fácil. Se necesita mucho tiempo de reajuste, adaptación, comprensión y mucho derroche de amor. Los primeros años de la vida matrimonial son importantes, porque en ellos se inicia y se consolida la comunicación en la pareja, surgen lo que en psicología se llama “patrones de comportamiento”. En 1981, el 26% de las demandas de divorcio en U.S.A. estaban formuladas en los dos primeros años de matrimonio. Y es que algo no marcha en nuestros matrimonios: nacen sospechas, las desconfianzas y los celos.

Es necesario aprender a comunicarse para poder decir de veras lo que se siente y poder escuchar al otro desinteresadamente. Los psicólogos nos hablan de que en toda convivencia suelen darse estos dos fenómenos grupales: zonas de cerrazón y capas de filtración. Puede ocurrir que nuestra relación con el otro dependa de una relación imaginaria, no real, sino falsificada o distorsionada. A falta de una buena comunicación surge el distanciamiento, bien sea éste rápido o lento.

La familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor. El Concilio Vaticano II utiliza la expresión “íntima comunidad de vida y amor conyugal” para designar al matrimonio. El amor es el motor de toda comunión y el único ambiente adecuado, para que la familia pueda “vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas”.

Para que haya una comunidad de amor hay que vivir el amor como una competencia, donde haya disculpas por los fallos y se prodiguen alabanzas por las buenas obras. Es una de las mejores maneras de promover la comunicación y así ser una pareja feliz.

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