OPINIóN
Actualizado 30/06/2022 08:29:15
José Luis Puerto

Los desgraciados hechos de estos últimos días, con tantos subsaharianos masacrados en el paso de Marruecos a Melilla, o con tantos migrantes centro y sudamericanos, asfixiados por el calor en el interior de un remolque de camión en el estado norteamericano de Texas, en su intento de acceder a ese primer mundo imposible, ponen el dedo en la llaga de ese primer mundo tan confortable y amoral, en tantos casos, del que formamos parte todos.

Como indicaba la cantante chilena, en una de sus canciones, “qué luto para el planeta, / qué vergüenza para España”. Sí, en el caso de los sucesos en la frontera de Melilla, qué vergüenza para España. En todos los casos, en todos, qué luto para el planeta; pero, sobre todo, qué responsabilidad para todos, pues nuestro bienestar está asentado sobre un malestar de millones y millones de seres humanos en el mundo.

Un malestar que priva de la dignidad humana e incluso de las necesidades más elementales (como comer, por ejemplo) a millones de seres humanos. Es la humanidad doliente, son los condenados de la tierra, son los parias del mundo…, a los que demonizamos, a los que excluimos, a los que cerramos a cal y canto ese paraíso ficticio en el que creemos vivir.

Uno de los más graves problemas que estamos viviendo y que vamos a vivir en este tiempo inmediato es el de los migrantes. Nos lo comentaba uno de estos días de atrás nuestro admirado antiguo profesor Martín Rodríguez Rojo, ya cercano a sus noventa años, pero con un humanismo y una generosidad intactos, pese a los años, catedrático emérito de la universidad vallisoletana, que uno de los problemas más graves de nuestro mundo era el de los migrantes, el de las migraciones, el de tantos y tantos seres humanos que huyen de las guerras, de las violencias, de las represiones, del hambre y de todo tipo de carencias, en busca de un mundo mejor.

Un mundo mejor que les negamos, pues, de modo egoísta creemos que nos pertenece exclusivamente a nosotros. Y, entonces, el Mediterráneo se convierte en una gran tumba. Y en los remolques de camiones se asfixian quienes ansían huir de sus míseros países y acceder al primer mundo. O, en las vallas y alambradas de Melilla en este caso, se encuentran con masacres injustificadas.

¡Pobres gentes! Como titulara Fiodor Dostoievski su primera novela, publicada allá por 1846. Nuestra población envejece, nuestros nacimientos son de los más bajos del mundo, necesitamos mano de obra de fuera y, encima, dictamos políticas racistas y excluyentes contra todos esos seres humanos a los que necesitamos.

Así, dónde vamos a llegar. Si todo nos importa un bledo, si nos dan igual tantas muertes injustificadas. Si encima, pese a necesitarlos, tenemos hacia ellos actitudes xenófobas, racistas y carentes de toda humanidad.

La humanidad doliente. Los condenados de la tierra. Los pobres del mundo… De esa sustancia, pese a lo que nos pese, somos también nosotros. María Zambrano hablaba de la piedad, sí, cuanto necesitamos el trato adecuado con los otros. Y cómo hay que desechar el trato inhumano con los otros, que somos nosotros mismos, pese a que, tantas veces, miremos para otra parte.

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