TOROS
Actualizado 09/05/2022 20:52:24
Fermín González

Madrid dirige el movimiento taurino en toda la Iberia taurina, que tiene ese noble privilegio del que ha gozado siempre la villa madrileña

Este año, cuando aún no se han apagado los soles de la feria sevillana, y mantenemos en la retina, la buena feria de la Maestranza: comienza Madrid, con mayor número de corridas y más base torera, con el toro en cuajo ascendente y el calor en puertas; dice ya cuanto hay que decir. Bien puede decirse, que Madrid dirige el movimiento taurino en toda la Iberia taurina, que tiene ese noble privilegio del que ha gozado siempre la Villa madrileña. Es la meta, el reconocimiento y el impulso que siempre mantuvieron las grandes figuras; y si puede ser, les de el sello definitivo afirmando así su rango taurino.

Los toreros, para ser y sentirse toreros, necesitan estar vinculados profesionalmente a Madrid. A el quieren llegar todos, para medir su gloria, sus afanes, sus anhelos. Este rincón del Oso y el Madroño, es la meta y el impulso de las grandes figuras; otros en cambio, buscaran en el ruedo de las Ventas la gran oportunidad, que lleve a ser como el héroe de una gesta, que se funda en individual entusiasmo y apasionamiento. Si por algo se ha caracterizado la plaza de Madrid ha sido por tratar de mantener una concepción del espectáculo taurino lo más cercana posible a lo que siempre se ha considerado las esencias de la Fiesta. Gracias a ello, aparte de conseguir un prestigio y una posición de primacía, ha merecido el inmenso honor de ganarse la inquina, a veces el desprecio e incluso algún que otro insulto de buena parte de todas esas gentes que viven del invento, y que se conocen a si mismos como los “taurinos”.

Esta plaza que reivindica el toreo de verdad, no es ahora precisamente homogénea, pero en ella todavía se considera que el ruedo gira en torno al toro, y todavía se oyen ovaciones en honor a su trapío, a su seriedad, cuajado, integro, en definitiva el toro de la verdad por delante, y que apenas se ve en otras plazas. Y cuando aparece el toro, al torero no le cabe otra opción que “estar de verdad” con él si no quiere verse desbordado. Se exige que el torero respete la tauromaquia en todos sus aspectos, al público y así mismo, que no decaiga su sentido de la responsabilidad. Se exige valor, autenticidad, capacidad de sacrificio, belleza generosidad y entrega. Todo un cúmulo de dificultades que obligan al torero a sacar lo mejor de si, porque la historia taurina de esta plaza se basa en el rigor y la exigencia sin que esta se desviara por procedimientos del esteticismo decadente y sin sustancia. Todavía es importante triunfar en Madrid, y, si el fracaso viene por eso tan fundamental como es él toro, justo es que se le preste la atención que se merece. Cierto que Madrid ha cambiado en su ambiente, y a la añeja presencia del aficionado cabal, se unen en el tendido modernos espectadores al reclamo del acto social, clavel en la solapa y merienda. Aún así Madrid seguirá siendo diferente al resto.”Veremos que sucede este Isidro”.

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