OPINIóN
Actualizado 06/05/2022 08:47:51
José Luis Puerto

Uno de estos días pasados, encontraba, en uno de los rastros que frecuento, a cuyos puestecillos van a parar no pocos libros desamparados, en espera de que alguien los rescate…, encontraba una edición cubana de La Edad de Oro, de José Martí.

Reúne en esta obra José Martí los textos que editara en una revista mensual homónima, destinada a los niños, y creada por él, cuyo número inicial apareciera, en su exilio neoyorkino, en julio de 1889.

Trata Martí en esta obra, que se lee con fruición, de poner en manos de los niños un libro que al tiempo le enseñe y le regocije –según ese viejo lema de instruir deleitando–, al tiempo que le muestre lo pasado y lo contemporáneo de un modo pintoresco.

Enseguida el libro de José Martí me llevó a Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez y, en él, a ese lema o aforismo del romántico alemán Novalis, que aparece en el “Prologuillo” de la obra, que indica textualmente: “Dondequiera que haya niños, existe una edad de oro”.

La infancia del ser y la infancia del mundo. La época en la que lo mágico –aún está fuera de juego lo lógico– impregna la vida, la mirada del ser humano hacia los demás y hacia todo lo que contempla.

Y aquí, en esa íntima elucubración mental, nos surgió –llevando la recién adquirida edición del libro de José Martí de la mano– ese paso de la edad de oro de la niñez, a la infancia del mundo. Y apareció entonces Hesíodo y su poetización de las distintas edades del mundo, en su hermosa Teogonía, comenzando, claro está, por la edad de oro.

¿Por qué esa fascinación humana por la edad de oro? Nos sentimos vivir en un tiempo degradado, donde los grandes ideales han fracasado debido a la mezquindad humana, a todo tipo de mezquindades. La guerra, de hecho, es un fracaso de nuestra aspiración a la edad de oro.

Pero quien mejor define el sentido de la edad de oro es Don Quijote, quien, en su discurso homónimo a los cabreros, allá en los montes de Sierra Morena, los alecciona sobre aquella “santa edad”.

Los cabreros, en su cena rústica (observemos cómo este discurso utópico está dado en una cena, no menos sagrada que la de la fundación del cristianismo), acaso no entiendan a Don Quijote, pero, a su modo, escuchan la melodía de la más hermosa aspiración humana al comunitarismo y a la fraternidad:

“Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes”. “Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia”. “No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza”… En aquella santa edad, “los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”.

Un discurso hermoso, que Don Quijote improvisa, al verse tan cordialmente acogido por aquellos pobres pastores de ganados (como dijera Jorge Manrique), por aquellos rústicos, y que pronuncia desde su presente –desde el nuestro–, esto es, desde “estos nuestros detestables siglos”.

Todas estas elucubraciones me van surgiendo, a medida que, desde la primera hora dominical del día, vuelvo del rastro, con La Edad de Oro de José Martí, camino de mi casa, para vivir, lo más plenamente posible, un domingo más de mi vida.

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