OPINIóN
Actualizado 22/04/2022 23:02:47
Francisco Aguadero

Si, como se suele decir, “la cara es el espejo del alma”, hemos pasado 700 días sin poder ver nuestra alma, porque la imposición de la mascarilla lo impedía. El miércoles día 20 España dijo adiós a la mascarilla, con algunas excepciones, y con la controversia de si es o no el momento más apropiado, para que caiga uno de los símbolos más significativos de la pandemia del coronavirus: la mascarilla cubriendo el rostro de las personas.

Como ya viene siendo habitual, toda nueva medida relacionada con la Covid es valorada y discutida, previamente, por los especialistas y las administraciones públicas, así como controvertida en la clase política y en la opinión pública, posteriormente. Al respecto y según encuesta realizada por 40dB para El País, un 54% de los encuestados cree que es precipitado retirar la mascarilla, frente a un 28,2% que piensa que es el momento adecuado.

Todo ello sucede cuando la enfermedad aún se deja sentir, muchos la estamos pasando en estos momentos. Según la estrategia de vigilancia de la Covid seguida por España y centrada en la incidencia en mayores de 60 años y en la presión hospitalaria, la situación empeora. Así, los últimos datos oficiales correspondientes al 19 de abril, vísperas de la retirada de las mascarillas, sumaban 455 muertes, la incidencia se situaba en 505 casos por 100.000 habitantes en personas mayores de 60 años, con 5.635 pacientes hospitalizados y una ocupación de las UCI del 3,84%.

Poder prescindir de la mascarilla es acercarnos a la antigua normalidad, aunque esta ya nunca será como era porque, entre otras cosas, la pandemia nos ha enseñado que es preciso preservar la seguridad de los más vulnerables. Por eso y porque el virus sigue entre nosotros, el uso de la mascarilla seguirá siendo obligatorio en centros y servicios sanitarios, farmacias, residencias de mayores y transporte público. Será voluntario su uso en el resto de actividades, aunque recomendable ante personas vulnerables.

La no obligatoriedad de llevar mascarilla es un paso importante hacia la normalidad de la vida social y laboral. Nos volvemos a ver las caras, el alma. La educación es uno de los sectores a los que más beneficiará la liberación de los rostros, no solo en la ecología de las aulas, también por la efectividad de la comunicación necesaria entre profesor y alumnos, para la transmisión de mensajes y el aprendizaje.

Nos desenmascaramos, recuperamos la sonrisa y podemos mostrarla a los demás, pero habrá que seguir manteniendo precauciones y estar atentos a la evolución, porque la posibilidad de que aparezcan nuevas variantes del coronavirus es algo que no hay que descartar. De hecho, acaba de llegar a España la variante XE, perteneciente a la rama ómicron, con síntomas parecidos y, afortunadamente, con una alta efectividad de las vacunas frente a ella. Por supuesto, la retirada de la protección que nos daba la mascarilla conlleva la aparición de las dudas, el temor y la responsabilidad personal e individual de cada uno. No es de extrañar que sean los mayores los más prudentes a la hora de dejar de usar la mascarilla.

Puede que la duda personal de si quitarse la mascarilla o seguirla llevando en según qué sitio y circunstancias sea la cuestión más extendida entre la gente. Cabe precisar que la norma determina los lugares y circunstancias en las que sigue siendo obligatorio su uso y que ya hemos citado antes. Más allá de ello, están las empresas que son quienes, en sus dependencias, tendrán que decidir, en el marco del servicio de prevención de riesgos laborales, si mantienen o no la obligatoriedad del uso de la mascarilla y los empleados cumplir con lo que se disponga. Si la empresa no obliga a llevarla, el empleado es muy libre de ponérsela o quitársela, es su decisión personal.

Nuestro rostro vuelve a comunicar. La comunicación no verbal y más concretamente la facial, recupera su potencialidad transmisora y persuasiva. Durante estos largos meses escondidos tras la mascarilla hemos observado cómo los ojos ganaban en intensidad expresiva, por la usencia de manifestación visual de otras facciones del rostro. Al hablar con alguien escondido tras la mascarilla, no resulta fácil percibir su estado de ánimo sonriente o de cabreo, encantado o impaciente, satisfecho o insatisfecho con tus afirmaciones. Todos ellos matices que dan viveza al diálogo, al entendimiento y a las ganas de vivir.

La no obligatoriedad de llevar la mascarilla no implica que esta vaya a desaparecer, una parte importante de la población se siente protegida con ella y está dispuesta a seguirla llevando puesta. Máxime, cuando se sabe que la variante ómicron, aún en activo, se propaga como el agua y que acabará contagiándonos a todos, aunque sus efectos sean suaves, especialmente entre la población vacunada, que en España supone más del 92%.

El uso de la mascarilla se politizó demasiado. Ahora, al quitárnosla, aparecen algunas de las secuelas de la pandemia. Dos años enmascarados dejan huella en nuestra psicología. Algunos siguen utilizando la mascarilla no por miedo al virus, sino porque les da vergüenza mostrar su rostro. Volvemos a preocuparnos por la estética facial y bucodental.

Por fin podemos vernos las caras y hasta hacernos la ilusión de que esta pesadilla de la Covid ha pasado, pero no seamos ilusos. El coronavirus sigue entre nosotros, campando a sus anchas, haciendo de las suyas. Parecía que nos iba a hacer mejores personas, pero lo que sí es seguro es que nos ha hecho más pobres, más solos, con más problemas, más angustiados y temerosos. Necesitamos un rearme de moralidad e ilusión.

Escuchemos a Vanesa Martín y Alejandro Sanz en "Porque queramos vernos"

https://www.youtube.com/watch?v=qpTMeS0kM1k

Aguadero@acta.es

© Francisco Aguadero Fernández, 22 de abril de 2022

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