OPINIóN
Actualizado 12/03/2022 09:18:23
Juan Ángel Torres Rechy

Catedral de la ciudad… El palacio de gobierno a un costado. La plaza… refleja un sol inhabitual para el mes de febrero. Una joven de vestido verde me ha confundido con un tal Luis. Cuando cayó en la cuenta de que no era yo sus mejillas se incendiaron en un color rojo momentáneo.

En esta semana conocí a una persona curiosa. Tiene un hábito de lectura y escritura peculiar. Acostumbra dejar en los volúmenes notas escritas de su puño. La nota de la comida en un restaurante, el recibo de la consumición en un bar, el ticket de la compra de cualquier cosa en cualquier establecimiento, esos son los soportes donde deja impresa la huella de su paso con algún verso o con alguna descripción de las circunstancias en torno al momento reflejado por el documento. Después, en los libros de su biblioteca o en los de otro establecimiento, los deja en cualquier página elegida al azar.

El mundo de esa amistad gira sobre el eje de su literatura. Ha sabido acallar las voces del siglo para convertir su espacio vital en un tiempo al margen del nuestro. Por las mañanas resulta habitual encontrarlo en su recorrido camino al quiosco y de regreso a su casa. En su vecindario no todas las personas conocen su afición letraherida. Su trabajo en una institución pública de seguridad social cubre su afición, o su vocación, recoleta. Él me comentó la impresión que referiré abajo.

Los libros nunca los he conseguido entender bajo la base de una escritura dirigida a nadie. Por experiencia propia, mi literatura nunca la he podido redactar situándome en un hipotético espacio vacío donde la narración fluya sin tener en mente a ningún lector. Por más que me he esforzado, nunca he dado con esa voz perseguida inútilmente. Cuando cejé en mis intentos y giré sobre mis talones para mirar de frente al mundo y dirigirle mi escritura, asimismo considerando el mundo como punto de partida, finalmente la inspiración, con su musa inasible y concreta, tocó mi pluma. Por ese motivo, eventualmente dejé de prestar atención al hecho literario en sí mismo y comencé a interesarme en las circunstancias históricas, o en la red de amistades, detrás de un autor y su obra.

La correspondencia entre los autores, por supuesto, se pone de relieve como uno de los testimonios más visible al fondo de ese entramado. Las ediciones críticas dan cuenta de estos testimonios. La literatura gris, funcionarial, o la circulación de los libros por medio de las familias de libreros arrojan luz sobre el escenario. Esto es algo así como el metaverso digital donde los usuarios, avatares, interactúan dentro de un sistema informático. El punto de vista sobre la lectura y la escritura como testimonios de una sociología histórica y selectiva nos lleva al interior de universos relacionados con la circulación de información y la generación del conocimiento. Casi casi no importa tanto el libro en sí sino su por qué, o su para quién, o su desde quién. Todo ánimo inclinado a la comunicación conlleva necesariamente al menos dos partes.

En cuanto a mi experiencia tanto en el mundo analógico como en el digital, recogería como punto de ovillo las publicaciones en las redes sociales. Todas las personas solemos tener un tipo de interacción específico. Sabemos qué encontraremos en el muro de los demás, podemos adelantarnos sin peligro de no atinar. No nos movemos fuera de nuestro círculo. Así los comentarios a las publicaciones conllevan una réplica del modelo previsto. Todo va más o menos de la misma manera siempre. Son pocos los casos cuando alguien nos sorprende. Tal caso me recuerda un comentario de un historiador español prominente. Cuando él visita las bibliotecas de otras ciudades, no solo busca información con las personas encargadas de los repositorios, no deja ahí el territorio de sus pesquisas. También le pregunta a los demás empleados, al personal de la limpieza, a los vigilantes. Esas personas en ocasiones suelen contar con pistas estupendas para manejarse dentro de la maquinaria de los fondos de la biblioteca.

La comunicación digital potencia sin límites esta capacidad de interacción con el entorno. Las estrellas de los concursos deportivos o de belleza se vuelven relativamente estrellas no solo del cielo sino también de la tierra por la oportunidad ofrecida por el internet para acercarse a sus entornos sociales o profesionales. Esos puentes tendidos hasta el infinito nos permiten una circulación intelectual y emocional inabarcable. En China, unas palabras de sabiduría nos han señalado un medio de creación de riqueza con la construcción de puentes. Esa riqueza, en el caso de la comunicación intelectual, se refleja en los libros. Cada volumen en una estantería, cuando el sol golpea la cubierta de su cuerpo, desprende una sombra oscura sobre el mundo humano que por medio de la intención y la casualidad lo dio a luz.

La persona a quien he conocido en estos días, que por su natural modestia prefiere no ser nombrada en esta columna vertebral, lleva tiempo dedicándose al estudio de las relaciones sociales sobre las que se asientan las construcciones letradas. Tiene especial predilección por el género policíaco. La poesía le interesa como retórica, o poética, del encubrimiento de lo obvio, de la sugerencia atenuada en el laberinto de la discreción y la elegancia. La geometría, dice, lo puede decir todo. Tomando un volumen de El Decamerón, me pidió buscar una de sus notas. El recibo apuntaba una torta de pierna y una chelada. Ahí tenía escrita la nota siguiente. Catedral de la ciudad… El palacio de gobierno a un costado. La plaza… refleja un sol inhabitual para el mes de febrero. Una joven de vestido verde me ha confundido con un tal Luis. Cuando cayó en la cuenta de que no era yo sus mejillas se incendiaron en un color rojo momentáneo. Quien me lea cuando yo no esté aquí, mirará lo mismo que yo pude sentir.

12 de marzo de 2022
torres_rechy@hotmail.com

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