OPINIóN
Actualizado 11/03/2022 09:19:03
Mercedes Sánchez

Los árboles del paseo exhiben sus blusas nuevas de seda rosa, desplegando sus ramas y abriendo sus flores como si fueran miles de prendedores en una espesa cabellera rizada. El cielo se alegra con ese visual alboroto, y alarga sus dedos cálidos para perderse entre esa suavidad de satén.

Cada año son invitados a posar en nuestras calles, desplegando su colorido poderío y exhibiendo su arsenal de brotes, como pavos reales alardeando de su plumaje.

Los prunos se disponen a pasar revista, alineados, uno junto a otro, disfrutando del movimiento acompasado de la ciudad. Conocen todos los sonidos de los transeúntes, la sintonía de cada móvil que se dirige apresurado a su trabajo, y son capaces de adivinar hasta las rítmicas melodías que vibran en los auriculares de cada deportista que transita corriendo o en bici. Saben, y creo que incluso esperan, sus movimientos de cabeza a un lado y a otro al cruzar cada paso de cebra. Además, presumen entre ellos y compiten a ver si esa persona tan maniática que pasa siempre a la misma hora, sorteará a pasos desiguales las líneas marcadas en las aceras, saltos forzados evitando una hecatombe que sólo existe en su cabeza.

Después, observan el ritmo lento de los carros de la compra sosteniendo a los ancianos caminantes al volver a casa con sus pies cansados.

Lo que más les gusta es esperar la hora en la que pasan los escolares, con sus coloridas mochilas repletas de sabiduría, dando patadas con la deportiva al balón, suspendido de la red, a cada paso.

Entre estos pensamientos de colores sigo caminando en este rato libre. La casa azul, tan distinta, en medio de las demás, parece un lirio blanco en una pintura de Van Gogh.

De pronto mis zapatos recuerdan mi magnolio, y se dirigen exaltados hacia él. Es una suerte tener un precioso árbol, regalo gratuito, anticipando cada primavera.

Está situado en el jardín de un chalet que, por fortuna, tiene vallas tradicionales. Ahora la mayoría de las casas individuales tienen negros cerramientos alrededor, altas murallas macizas que impiden la visión de las plantas, salvo algunas ramas que acaso asomen, tímidas, por encima de sus tapias. Pero mi magnolio tiene la suerte de haber sido plantado en lugar visible y en zona de paso, así que cada vez que voy por allí le digo al oído que sigo esperando, que se cuide en los duros inviernos (cuando eran duros de verdad) y que no se agobie con tanta subida de temperaturas. Y siempre hay un momento, un día, de repente, en que parece que me llama desde lejos. Entonces me encamino con presura, alma alborotada, a ver ese espectáculo tan maravilloso. Y ahí está, ofrenda del cielo, como una dádiva, con sus huesudas ramas, regalándome sus delicadas flores sonrosadas, sonrojadas ante la pasión de mi mirada, y con bordes casi blanco cristalino por los intensos rayos del sol, haciéndome sentir emociones de arco iris.

Qué libre vuela la mente cuando se embarga de tanta belleza, cuando disfruta de las blusas de seda rosa que nos ofrece la vida con exquisitez de satén.

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