OPINIóN
Actualizado 03/03/2022 09:07:31
Luis Miguel Sánchez Gil

"Al final llegó la guerra y parece que alguien se ha creído al pie de la letra aquello de salir más fuerte y ahora está empecinado en mostrar su músculo militar al mundo"

«Los hombres se cansan antes de dormir, de amar, de cantar y bailar que de hacer la guerra»

Homero



El sonido seco de los disparos, las estridentes alertas de bombardeos y la desesperación de perder a un ser querido llega de forma masiva a nuestros hogares desde el este de Europa. Un señor que dirige Rusia desde el año 2000 –por cierto, con unos índices de popularidad entre su población envidiables para cualquier líder europeo– decidió sustituir los tambores de guerra que llevaban días retumbando en la comunidad internacional por carros de combates transitando por suelo ucraniano. En estos lodos, se suceden las declaraciones de presidentes y altos representantes mundiales que revolotean en torno al avispero agitado. Sanciones económicas, medidas extraordinarias, amenazas, el intercambio es continuo.

El panorama, si salvamos las diferencias derivadas de la sobredosis de información, desprende aromas del pasado. Hedor a carne quemada y a polvo de escombrera. A pesar de que Pinker –profesor eminente de la Universidad de Harvard– nos haya convencido de que las sociedades son cada vez menos violentas, la maldad no siempre permanece en el estado líquido del que otros pensadores –en este caso me refiero a Bauman y Donskis– nos hablan. A veces, la barbarie aflora y se muestra en todo su esplendor, agitada por hombres –parece que es una tarea muy masculina– que sentaditos, con su traje y corbata, sentencian a muerte a cientos de personas y destruyen miles de familias sin que sus impolutas camisas blancas se estremezcan lo más mínimo. Entre las conductas humanas por excelencia, la guerra es –probablemente– la más infame de todas. Nuestra especie lleva guerreando por un poder quimérico –al que podemos colocarle el apellido que deseemos– desde tiempos inmemorables. Sus huellas están en Homero, si hablamos de literatura, o en Heródoto, Tucídides y otros tantos, si acudimos a la historia. Todos ellos dan fe de nuestra mezquindad como especie.

A lo largo de los siglos ha habido guerras, unas más grandes que otras, más o menos prolongadas y de implicaciones para todos los gustos. Solo una visión muy optimista nos conduciría a pensar que, en el siglo de los smartphones, las smart cities y otro montón de smarts, no tendríamos “smart líderes” que tratarían de imponer sus delirios por medio de las armas. Parecía que nuestras guerras serían más frías –pequeñas batallitas tecnológicas– pero, aunque las tácticas y procedimientos hayan cambiado en cierto modo –como ha sucedido siempre– la guerra sigue siendo la historia que reflejan las viejas obras.

Los gurús que, meses atrás –en medio de lo más duro de la pandemia–, clamaban que en el futuro seríamos más solidarios y mejores personas, olvidaron nuestros viejos anhelos. Al final llegó la guerra y parece que alguien se ha creído al pie de la letra aquello de salir más fuerte y ahora está empecinado en mostrar su músculo militar al mundo.

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