OPINIóN
Actualizado 30/05/2015
Manuel Lamas

Lo más positivo de vivir en democracia es que la dictadura del poder, si existiera, no se extendería  más que el tiempo que dura la legislatura. Cuando este período se amplia con los mismos actores, es porque los votantes así lo han determinado merced a los resultados de la gestión.  

El nuevo mapa político de España presenta un panorama muy diferente al actual. La política, a partir de ahora, ha de ejercerse de otra manera. Los pactos y las negociaciones se imponen entre las distintas fuerzas políticas y, del resultado de las conversaciones, se desprenderán las capacidades  de unos y otros para gobernar.

Siempre me ha costado entender el interés con que muchos acceden a la gestión pública. Como si esta fuera el trampolín para conseguir otros beneficios. Gobernar nunca fue fácil; administrar los intereses de todos es una responsabilidad que me costaría mucho aceptar. No por miedo a enfrentarme a los problemas, sino por respeto hacia aquellos que pudieran ser perjudicados por la mala gestión de los problemas.

Son tantos los asuntos que se manejan, que es imposible favorecer unos sin erosionar los intereses de otros. Y, sería una injusticia, volcar las cargas siempre sobre los mismos. También es injusto aprovechar coyunturas desfavorables para suprimir derechos que tantos esfuerzos costaron a nuestros mayores. 

Gobernar una nación exige destreza y mucho sacrificio. También generosidad y empatía. Porque, al tiempo que se gestionan temas económicos, afloran otros problemas a los que hay que dar urgente solución. Hablo de Justicia, Educación, Sanidad, Pacto global contra corrupción, Plan viable para la minería del carbón ...

En medio de este entramado de problemas que no se resuelven y responsabilidades que no se asumen, los ciudadanos se han pronunciado a través de las urnas. No perdonan  las malas artes en la gestión pública. Se toleran los errores cuando son involuntarios, pero nunca se perdonan las trampas.

A través de la política, no solo se administran recursos económicos; también se gestionan beneficios sociales y derechos que, previsiblemente, garantiza la Constitución. En muchas ocasiones, es nuestro estado de ánimo el que se hunde en un pozo sin fondo. Bien porque hemos perdido el hogar, el trabajo y, con ellos, las ganas de vivir. Entonces, el horizonte no se percibe como una meta a conseguir, sino como una barrera insalvable, que nos aboca a la exclusión social.

Los ciudadanos han hablado; han dado un puñetazo en la mesa y por el suelo ha saltado el puzle configurado años atrás. A partir de este momento, los políticos tendrán que trabajar. De los discursos sobre el atril, arropados por los aplausos de las multitudes, han de pasar al silencio de los despachos y con los problemas de los ciudadanos sobre la mesa.

Quizá en unos años, nuestro concepto de política de un giro total para recuperar el prestigio que no debió perder. Entre todos tenemos que sacarla  del lodazal en el que la han medido las malas artes de quienes la han utilizado en beneficio propio.

Cada tiempo tiene su oportunidad. Y, ahora, son los jóvenes quienes han de restablecer los equilibrios. Han de regenerar un país maltrecho en lo económico, débil en lo social y contaminado por tantos casos de corrupción como han aflorado en los últimos tiempos.

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