OPINIóN
Actualizado 13/11/2021
Juan Ángel Torres Rechy

En El origen de la tragedia, de Nietzsche, leí la palabra «ensueño». Años atrás, en Salamanca conocí la palabra «tramoya». En esta semana, en Xalapa, compré el libro La poética de la ensoñación, de Gaston Bachelard, en edición del Fondo de Cultura Económica, con una imagen en portada en fondo azul, con dos gardenias (¿dos rosas?) en un blanco en juego con las prendas de una dama danzando sobre la superficie de un lago iluminado por una luna llena atravesada por una nube fugitiva. Esa portada del libro de Bachelard tiene la estampa del precio pagado, 90 pesos. También en estos días, una amiga me regaló el Libro de sueños, de Jorge Luis Borges. Su prólogo de palabras contadas teje una red de citas eruditas y de invitaciones a la reflexión. La palabra tramoya en este párrafo la mencioné por su relación con el ensueño en una página de Nietzsche donde lo cita como signo de la apariencia del mundo y como anuncio de otra realidad (¿interior?) abierta al pensamiento filosófico: «El hombre dotado de un espíritu filosófico tiene el presentimiento de que detrás de la realidad en que existimos y vivimos, hay otra completamente distinta, y que, por consiguiente, la primera no es más que una apariencia; y Schopenhauer define formalmente como el signo distintivo de la aptitud filosófica, la facultad que algunos tienen de representarse a veces los hombres y las cosas como puros fantasmas, como imágenes de ensueño. Pues bien, el hombre dotado de una sensibilidad artística se comporta respecto de la realidad del ensueño de la misma manera que el filósofo enfrente de la realidad de la existencia: la examina minuciosa y voluntariamente, pues en esos cuadros descubre una interpretación de la vida, y con ayuda de esos ejemplos, se ejercita en la vida.» La tramoya la define la Real Academia Española como «conjunto de dispositivos manejados durante la representación teatral para realizar los cambios de decorado y los efectos escénicos», como «enredo dispuesto con ingenio, disimulo y maña.» En su soneto La pesadilla, Borges retrata un cuadro donde su realidad (de ser Borges) entra en el sueño de un rey antiguo, un rey antiguo soñando en su sueño remoto a un hombre llamado Jorge Luis Borges: «Sé que me sueña y que me juzga, erguido | El día entra en la noche.» Para la RAE, ensueño es «sueño o representación fantástica de quien duerme; ilusión, fantasía.»


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Mi ensueño lo dibujo con palabras
azules, como las del otro sueño
del poeta eterno. En mi ceño
despierta su figura cuando labras

con tu lectura este verso puro.
Son tantas las canciones de mi infancia
perdidas en la noche? La fragancia
de sus flores perdura en el oscuro

olvido de esos días. La inocencia
apenas la adivino, o la invento,
con una claridad y un contento

sin edad. Sus caudales su potencia
ponían en mis ojos asombrados
que miraban el mundo enamorados.

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Xalapa, 13 de noviembre de 2021
torres_rechy@hotmail.com
Juan Angel Torres Rechy

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