OPINIóN
Actualizado 09/06/2021
Manuel Alcántara

Leo en Sillitoe, nacido en 1928, "en los primeros diez años mi padre estuvo trabajando un total de seis meses. El hecho era que no le gustaba trabajar. Solitario, melancólico y analfabeto se encontraba en desventaja con cualquiera y, obviamente, lo estaba? Vivíamos en una casa que estaba dividida en una sala de estar con una despensa aneja, un dormitorio arriba y un ático bajo el tejado donde nosotros, los cinco niños, dormíamos todos hacinados en la misma cama? cocinaban con fuego de carbón iluminados por una lámpara sobre la mesa, iban por agua con un yugo al pozo común?. La gente se mostraba intranquila ante la perspectiva de la paz, porque los días de paro previos a la guerra podían volver y no todos serían capaces de encontrar trabajo en la reconstrucción".

Le Clézio nació en 1940 y ahora escribe: "he vivido el hambre. Estábamos en una parte desdichada de Francia, el sur, donde ahora acuden los ricos, pero en aquella época no había nada que comer. Esperábamos algo para comer y no había nada. Mi abuela cocinaba la piel de las patatas y recogía hierbas para engañar nuestra hambre. Tuvimos que vivir luego, tras la guerra, al ritmo de las cartillas de racionamiento, esos folletos donde te asignaban ciertas cantidades de grasa y de harina. No sé si es un dolor, pero es una experiencia".

Hablan de su infancia y de lo que entonces había. Son dos testimonios sacados arbitrariamente referidos a Inglaterra y a Francia, países que, en el imaginario español del momento, pero también actual, suponían dos referencias envidiables. No se trata de recordar cómo se veía en el pasado el futuro, son solo fotos fijas clavadas en algún lugar de la memoria. Cuando cumplen los ochenta años ambos reconocen su afortunada vida que, incluso, consideran privilegiada. Han pasado tres cuartos de siglo. Toda una vida o apenas un episodio mínimo en la historia de la humanidad, depende. Relatos que se reiteran a lo largo de los tiempos. No obstante, un interrogante me asalta: ¿cuáles eran entonces sus expectativas? ¿Esperaban llegar a ser los escritores de éxito que fueron?

Charlo con un pequeño grupo de estudiantes que frisan la treintena y que acaban de terminar su doctorado o están por culminarlo. Han viajado con frecuencia para participar en congresos y realizar estancias de investigación por al menos media docena de países. Son brillantes, trabajadores, plasman sus ideas con facilidad en cualquier medio ya sea analógico o digital. Mantienen redes internacionales en las que se mueven con facilidad por su conocimiento de idiomas. Sin embargo, están bajo el imperio de la frustración. Escuchan constantemente que su nivel de vida será peor que el de sus padres, que el ascenso social es una engañifa de otros tiempos que no volverá. La vulnerabilidad los embarga con unos tentáculos viscosos que, dicen, les genera un profundo sentimiento de ausencia de expectativas. Me tienta hablarles del pasado, no del mío sino del de otra gente, pero sé que es inútil.

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