OPINIóN
Actualizado 25/05/2021
Francisco Delgado

No solo valoramos muy poco la pertenencia a la Unión Europea (al menos es lo que se percibe aquí en España, ignoro qué grado de valoración hay en los demás países miembros) sino también criticamos demasiado poco sus políticas. En España todo lo que nos sobra de hipercríticos con el gobierno central , nos falta con la Unión Europea, en el sentido de críticas constructivas y bien basadas en informaciones fiables. Es como si sintiéramos las Instituciones europeas demasiado lejanas o demasiado poderosas para que la crítica ciudadana llegue a sus bien protegidos órganos, Parlamento, Comisión Europea.

Ni siquiera en estas dos decisivas experiencias que estamos atravesando ( lo traumático de una pandemia que ha afectado decisivamente a toda la Unión y la recepción de los miles de millones de euros que cada miembro está recibiendo para salir de la crisis económica producida), ni siquiera en este momento se escuchan apenas voces ni de agradecimiento espontáneo por estar en estos durísimos momentos bajo el paraguas protector de Europa, ni de críticas fundadas ante los errores que hemos visto en la gestión sanitaria conjunta durante todo el primer año o ante los ritmos excesivamente lentos de ayuda económica.

Como si el ciudadano medio europeo no tuviera ni la confianza ni el interés suficiente en los asuntos europeos. Todos los análisis coinciden en que la tupida burocracia que rodea los órganos de decisión, distancia en exceso a los gobernantes europeos de las poblaciones; la comunicación que nace de los ciudadanos, encauzada por los partidos políticos, rebota contra la pared protectora de esta burocracia.

Pero a vez, los europeos somos conscientes de que toda Europa mejoraría, en el sentido de una gran nación más fuerte, ágil y competitiva, si avanzara en la dirección de mayor fluidez y participación activa de todos los grupos sociales. Pues en el fondo todo europeo está muy orgulloso de serlo y es consciente de que a pesar del terrible medio siglo XX traumático que padeció con las dos guerras mundiales y sus consecuencias devastadoras en vidas y en recursos, Europa es el continente que ha llegado a la cumbre de valores, cultura y progreso, a la que no ha llegado ninguna otra civilización.

Si somos honestos con nosotros mismos, los europeos deberíamos estar seguros de que la enorme desgracia de la Covid 19 y sus consecuencias sanitarias y económicas la habríamos vivido con mucha más intensidad y desprotección. Y lo mismo ocurrirá con la fase de recuperación que está comenzando: tendríamos muchas más dificultades para remontar la crisis, que las que tendremos en Europa los próximos meses.

La democracia vivifica las naciones y las instituciones; en la vida democrática tanto las críticas a los errores como el reconocimiento a los logros de sus gobernantes hacen crecer el progreso.

Lo que no hace crecer nada, como me decía un amigo el otro día, es la continua disputa entre rivales, el "duelo a garrotazos" de Goya, entre dos rivales, hundidos en la tierra con su mutua macabra pelea a golpes. Que tan bien conocemos desgraciadamente, incluso en el presente, en nuestra querida España.

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