Clásica y delicada, la mujer que representa al Arte, se gira hacia el muro, mostrando un objeto
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CULTURA
Actualizado 14/05/2021
José Amador Martín y Charo Alonso

La Salamanca del siglo XX era una perfecta mezcla de grandes masas monumentales y pequeños detalles de monumental hermosura

Decía el pintor Genaro de Nó, hijo de uno de los arquitectos que hicieron la Salamanca del siglo XX, que la ciudad era una perfecta mezcla de grandes masas monumentales y pequeños detalles de monumental hermosura. Cual joyeros platerescos, escultores y canteros esculpieron la piedra dorada, dúctil como la plata, y nos dejaron la belleza pequeña, asomada a las paredes grandiosas, a las obras inmensas.

Y como tiene Amador Martín, fotógrafo de la luz, el gusto por el detalle, su objetivo se queda prendado estos días de mayo de los muros que la ciudad no mira en su paso apresurado. De ahí que nos recuerde las delicadas alegorías desaparecidas del Edificio España, o las que adornan el que dejará pronto de ser el Hotel Monterrey. Piezas que acompasan el paso de la Salamanca que tuvo años de construcción constante y sobre todo, de esa misma vecindad de aquellos que levantaron, a lo largo de la historia, los edificios de la ciudad letrada. Maestros de obra prima, canteros medievales y renacentistas que horadaban la piedra para dejar su marca, en ocasiones risueña o abiertamente profana en las iglesias y palacios de la Salamanca eterna. Y más tarde, obra y filigrana, el arquitecto de los años cincuenta y sesenta, buscó en los escultores la colaboración artística que le dé ese detalle único a su edificio que, hasta 1958, por una normativa municipal, debía levantarse en piedra de Villamayor. Era una simbiosis perfecta que en ocasiones se acompañaba de la amistad y el afecto, como aquel que se profesaron Lorenzo González Iglesias, arquitecto nacido en Ávila en 1606 que siempre vivió en Salamanca, y el escultor salmantino, nacido en Zamora en 1927, José Luis Núñez Solé. Este último, autor, junto a Damián Villar, de las alegorías del Hotel Monterrey que fotografía Amador, recreando la luz sobre los fulgores de la piedra y la factura clásica de un artista, alumno de Montagut, de quien aprendiera este estilo y de Manuel Gracia, quien le enseñó el dibujo que tanto amó aunque su voluntad y su pasión desde muy temprano fuera la escultura.

Si Genaro de Nó era el pintor, hijo del arquitecto, Núñez Solé era el escultor, hijo de aparejador, condición que le permitiría la cercanía con constructores y arquitectos, aquellos que fueron sus amigos y compañeros de tarea. Los artistas vivían de encargos oficiales, de la docencia, de los concursos? y era su día a día una lección de esforzada voluntad de hacer arte y encarar la vida cotidiana. De ahí la importancia de estos trabajos que, aún sin tener la monumentalidad de la estatua señalada, ornan los edificios construidos por los arquitectos y proporcionan un dinero ¿Y qué le pediría González Iglesias a Núñez Solé para decorar el edificio de la calle Vázquez Coronado construido a finales de los años cuarenta? De corte historicista, movimiento que pretende recrear los estilos arquitectónicos de tiempos pasados, el edificio consta de tres arcos de medio punto que nos remiten a la Plaza Mayor. El principal y más grande, se adorna con una clave, la piedra central, esculpida con un monstruo marino de dos aletas, escamas, ojos que son orificios y boca feroz rodeado por filacterias donde se lee BONUM y MALUM. El bien y el mal en forma de bestia marina cuya autoría podemos otorgar a Núñez Solé aunque la pieza no está firmada, primero porque sí firma las esculturas de las ménsulas alegóricas que se refieren al Arte y al Trabajo que están alrededor, y segundo, porque en otra de sus obras realizadas para los arquitectos también incluyó un lema latino que se le puede aplicar al esforzado escultor: Labor improbus omnia vincit.

Firmadas por Núñez Solé, las dos alegorías son de una delicada factura y y no obra menor, pues guardan en sí mismas la totalidad del talento del escultor. Son piezas cuidadas que nos remiten a su gusto por la herencia griega y su forma acariciadora de trabajar la piedra salmantina. Clásica y delicada, la mujer que representa al Arte, se gira hacia el muro, mostrando un objeto que nos hace pensar en las estatuas de Damián Villar que sostenían en su palma los símbolos de su nombre. Vestida de cintura para abajo, los pliegues de los ropajes juegan con la geometría, igual que su melena ondulada, ondas que vemos en la base del monstruo marino. Es hermosa imagen de una delicadeza propia del escultor que deja siempre para sus figuras masculinas la fuerza del torso desnudo de un varón joven y atlético. El Trabajo, representado con el azadón que sostiene el protagonista, es esa figura de hombre, casi geométrico, tan reiterada para el artista en la que Núñez Solé encarnaba, posiblemente, el futuro: belleza, trabajo duro, serenidad, entrega, juventud. Y la piedra, suave, delicadamente escarificada, como si el artista dibujara sobre ella, reproduciendo el mismo gesto con el que marcaba sus dibujos, trazo del escultor para otorgar volumen a las dos dimensiones del boceto.

Tiene Núñez Solé la cualidad exquisita de la ternura. El amor por la tarea de escultor que labró muy niño su primera pieza con un clavo en lugar de cincel. Alumno de la Escuela de Artes y Oficios y de la Escuela de San Fernando en Madrid, desde muy joven participa de las exposiciones y concursos de la ciudad de Salamanca iniciando, en 1950, su colaboración con el arquitecto Lorenzo González Iglesias. Ambos proyectan obra monumental y participan de la construcción de la Salamanca que se levanta en forma de bloques de viviendas como el de Vázquez Coronado. Son los años que se elevan y don Pablo Núñez, aparejador muy competente, interviene en numerosas obras en las que su hijo José Luis deja su impronta en la decoración escultórica de portales y fachadas ¿Estarán firmadas todas estas obras del artista? ¿Son obras consideradas "menores" por parte de los escultores de la época? ¿Cuántas piezas desconocemos, de Núñez Solé o de otros, en las sucesivas reformas o hemos perdido con el paso del tiempo y el desconocimiento?

Núñez Solé fue buen ejemplo del artista comprometido con su vocación al que le tocó vivir una época esforzada y en cierto modo maldita. Se suceden las exposiciones, los concursos, los encargos religiosos, los institucionales, los viajes y, en su caso, la definitiva entrega a la docencia para la que estaba excepcionalmente dotado. Su biografía, ligada a Salamanca, se jalona de obras mayores, de encuentros con los artistas coetáneos como los del grupo "Koiné"... Artista reconocido, firma encargos institucionales monumentales y piezas diminutas que concentran su vocación experimental y su decidido viraje a la abstracción, encontrándose, al final de su corta vida truncada por un infarto en la Navidad de 1973, dedicado a la docencia y a una tarea artística que abarcó el dibujo, la pintura en menor medida, la cerámica, la técnica de la vidriera, del mosaico? y siempre la escultura, escultura siempre.

La mujer de cabellera marina y torso desnudo, el hombre nuevo de corte clásico reciben la luz como una caricia que la mirada olvida. Y es Amador Martín de nuevo quien repara en su belleza insospechada, en su modesta aportación al patrimonio de todos, a la vista de lo bello. Lejos de la monumentalidad de otras manifestaciones, la obra del escultor, platero de lo diminuto, minucia que adorna la tarea de otros, es un regalo inesperado, pequeño y cuidado como una joya que se ofrece a los ojos del fotógrafo. Y este don que condensa el arte del escultor se entrega a todos aquellos que aman los secretos de la ciudad letrada. Arte y Trabajo, destino cotidiano de nuestro propio itinerario, bonum/malum mientras caminamos atentos a la belleza recién descubierta. Es la luz delicada de lo insospechado?

José Amador Martín/ Charo Alonso.

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