OPINIóN
Actualizado 31/10/2020
Ángel González Quesada

"Todos los demás son culpables, salvo yo". L.F. CÈLINE

Entre las pérdidas con que la pandemia de la Covid-19 nos empobrece, no son menores las quiebras sociales en la convivencia y la progresiva disolución del sentimiento de colectividad que, primero en el plano universal y luego, banderías en que creíamos, en niveles nacional, regional, provincial, local o incluso de vecindad, solíamos ejercer. Si es verdad que la situación sanitaria ha revelado que esos mapas emocionales eran más bien epidérmicos y disfraces de solidaridad nuestras ampulosas lealtades, no lo es menos que a la teatral explosión de buenismo solidario de las primeras semanas de aislamiento, ha seguido la vieja naturalidad del egoísmo individualista, muy alejado de aquellos aplausos de cartón y dibujos imposibles de la esperanza, videos y fotografías que parecían inundarnos de compañerismo y de aquel falso consuelo "mal de muchos" con que intentábamos zafarnos del estupor.

"El infierno son los otros" es la frase que sostenía el existencialismo radical en boca de Sartre en A puerta cerrada, depositando en la mirada ajena, en la acción ajena e incluso en la existencia de los otros la culpa del mal propio, acusando a los demás de la creación del propio infierno del que, según el individualismo egoísta que hoy nos asola, solo es posible salir auto-excluyéndose y, de paso, auto-santificándose por acusación, diferenciándose, es decir, poniéndose frente a esa "gente" responsable no solo del mal propio sino de todos los infiernos. En 1995 otro francés, el pensador Pascal Bruckner publicaba el ensayo La tentación de la inocencia en el que analizaba brillantemente el concepto que anunciaba ya en el mismo título y que ahora, merced a ese individualismo egoísta, quiere reafirmarse, como cualquier mediocridad, inventando un enemigo al que culpar de todo infierno: "la gente".

No la individualidad creativa y personal; no la opinión libre y particular; no la personalidad, sino el individualismo egoísta, potenciado por la tecnología, ha llenado las redes de egos mal digeridos y odios a los cuatro vientos, convirtiendo la comunicación en patio de vecindad donde la excrecencia verbal tiene el mismo espacio que la opinión mesurada. En ese territorio, el egoísmo encuentra altavoz para pronunciarse y "argumentar" su insolidaridad; y es en la acusación por todos los males a un concepto tan volátil como "la gente", donde pueden auto-alzarse pedestales de soberbia, construirse corazas de insolidaridad, blandirse escudos de indiferencia y verterse discursos de desprecio, es decir, donde surge la pasividad egocéntrica y la molicie moral, justamente en un tiempo en que la conciencia de pertenencia podría suministrar herramientas para vencer a un enemigo común.

"Es que la gente no hace caso", "a la gente le importan un bledo las limitaciones", "la gente solo obedece con sanciones", "mucha gente tenía que estar detenida", "la gente es insolidaria", "hay gente que merecería contagiarse", "a esa gente habría que..." y otras frases parecidas se escuchan en boca o texto de quienes culpan y acusan a ese inconcreto "la gente" del fracaso de las medidas de lucha contra el virus, lo que está desplazando, cuando no anulando, no solo el imprescindible sentimiento de colectividad con el que podría enfrentarse la tragedia, sino poniendo la atención en una lucha social entre los otros ("la gente") y cada uno.

"La gente", es decir, los demás, una suerte de enemigo antiguo que concitaba el desprecio del egoísta y el desdén del altivo, era el objeto del miedo del depresivo y el pasivo espectador del egocéntrico, hoy se ha convertido en el pimpampún de la ira del mediocre, objeto de admonición del soberbio, causa de la culpa del miedoso o culpable de la frustración de ese individuo egoísta que, para emboscarse en la indolencia, inventa ese enemigo, "la gente", desde la falsa inocencia que otorga la culpa ajena, precisamente en un tiempo en que la única posibilidad de emerger de la oscuridad sería la acción responsable de "la gente".

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