OPINIóN
Actualizado 12/09/2020
Tomás González Blázquez

El vértigo de la velocidad no controlada me incomoda. Recuerdo bien dos ocasiones en que lo experimenté, pero en ambas predominaba otra sensación, la común cuando acudo a un aviso urgente con el agravante de que el motivo aparente no era la casualidad o la fatalidad de un accidente o de una enfermedad común, sino algo que siempre sume a uno, a cualquiera que se pare a pensar, en un mar de preguntas sin respuestas evidentes. "Intento autolítico", se disimula en la jerga médica. "Intento de suicidio", nos entendemos mejor. El resultado fue diferente. En uno llegamos a tiempo y en otro no había nada que hacer. A los dos, por una traicionera carretera nacional en una sobremesa calurosa, o por una endiablada carretera provincial plagada de curvas en lluviosa mañana de otoño (jamás olvidaré la fecha, el nombre y el rostro), acudimos a toda velocidad. Espero no repetir, pero si Dios quiere me quedan muchos años de ejercicio profesional, así que es probable que vuelva a tocarme correr y, en el mejor de los casos, actuar. Sin el extremo de la urgencia vital, la acción preventiva contra el suicidio, en la intimidad de la consulta diaria, en las preguntas difíciles de hacer, en las barreras elevadas que cuesta saltar, me demanda como a cualquier médico. Es nuestro deber.

Esta obligación natural, la de hacer lo posible por rescatar a nuestros pacientes de ese abismo de desesperación que les hace caminar sobre una endeble frontera que, sin embargo, no admite regresos, parece contradictoria con otra "prestación" que el Congreso de los Diputados se plantea incluir en la cartera de servicios de nuestro Sistema Nacional de Salud. El poder legislativo español está decidido a que los médicos, los mismos obligados a prevenir suicidios y a tratar de revertirlos cuando una persona se autolesiona, asumamos la llamada "ayuda a morir" según esta proposición de ley. Ayudar a morir, señorías, según la profesión médica lo ha entendido y lo argumenta en sus códigos deontológicos, consiste en estar siempre junto a nuestros pacientes, volcando nuestro saber y nuestra cercanía humana para aliviar y confortar al que ya no tiene cura, paliando sus dolores del cuerpo y de la mente (y un poco los del alma, los que en ella creemos). Necesitamos tiempo y formación para hacer bien una tarea tan crucial como es la de acompañar al paciente en una "buena muerte", incluso asumiendo que al tratar en su agonía el dolor o la dificultad respiratoria pueda adelantarse el momento definitivo.

No, señorías, los que estamos al servicio de la vida del suicida contra su voluntad, que se considera falta de libertad, y de la dignidad del que ya no controla su mente a causa de la enfermedad, no debemos aceptar que sobre nuestra profesión recaiga una "prestación" que no es ayuda a morir sino asistencia al suicidio o provocación directa de la muerte. Si el poder legislativo español da vía libre a tal "derecho", con la aquiescencia del poder judicial, confío en que nuestros colegios de médicos actúen para defender la integridad de la profesión. Espero que no les amilane que desde el consejo de ministros no se tenga empacho en situar fuera de la ley a los que pensamos diferente. También sería lo propio que las flamantes asociaciones en defensa de la sanidad pública, tan progresistas, combatieran una ley tan regresiva, que asoma a los pacientes a "probar eso de la eutanasia" (así cala la falacia en los débiles, y aflora) mientras nuestra colapsada, poco financiada y mal vista Atención Primaria no tiene ni tiempo ni capacidad para proporcionar unos adecuados cuidados paliativos.

Quizá interesa más seguir desdibujando la Medicina, convirtiéndola en una mera agencia de provisión de servicios, despojándola de su tradición moral que ha sabido saltarse ideologías y sistemas políticos. Mientras tanto, que sepan que muchos médicos seguiremos acelerando cuando nos avisen por un intento de suicidio, que perseveraremos en la vocación de ayudar a morir bien como ayudan a morir los médicos, y que en cuanto esa mayoría de diputados apruebe la "prestación de ayuda a morir" según ellos la entienden seremos miles los que, acatando su ley, ejerceremos la objeción de conciencia y, defendiendo nuestra integridad profesional, lucharemos para que deje de considerarse labor del médico algo contrario a nuestra deontología: "El médico nunca provocará intencionadamente la muerte de ningún paciente, ni siquiera en caso de petición expresa por parte de éste" (Código de Deontología Médica, art. 36.3).

Ilustración de Mónica Lalanda

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