Cuadro 'El paroxismo de santa Teresa'. MUSEO CARMUS


ALBA DE TORMES
Actualizado 25/08/2020
Redacción

Santa Teresa de Jesús fue una de las "contagiadas" y su actitud puede ayudarnos a superar la crisis. Un artículo de Pablo Maroto, Carmelita Descalzo

En tiempos de pandemia conviene buscar modelos de superación en la historia. Pues bien, entre tantas epidemias como ha sufrido la humanidad, recuerdo el "catarro universal" que sufrieron los españoles a comienzos de agosto de 1580; y lo hago porque santa Teresa de Jesús fue una de las "contagiadas" y su actitud puede ayudarnos a superar la crisis.

Situemos la vida de la madre Teresa en ese momento histórico. Llegó a Valladolid el día 8 de agosto cuando se había ya declarado la enfermedad: "Llegada a Valladolid -escribe- dióme una enfermedad tan grande que pensaron muriera. Quedé tan desganada y tan fuera de parecerme podía hacer nada" (Fundaciones, 29, 1). Pero venía ya algo tocada, como escribe a María de San José en Sevilla: "Yo ando razonable de salud con hartos cuidados y trabajos" (Carta del 6-agosto-80, n. 11).

A partir del 9 de agosto hay un silencio sospechoso en su correspondencia durante un mes, seguramente porque la enfermedad la obligó a la inactividad total o parcial. En septiembre, comienza a informar de su estado de salud: tiene "achaques ordinarios, en especial de la perlesía" (parálisis) y sin calentura (Cta. a Gaspar Daza, 8-septiembre-80, n. 3). "Yo estoy ya, podemos decir, buena [?] y de la flaqueza también lo estoy". Y se lamenta también de que su "cabeza" no está bien como para escribir de su mano (Carta al P. Gracián, 4-octubre-80, nn. 3 y 10). ¡Ojo, que han pasado casi dos meses del supuesto contagio! Y sigue poco después "con poca salud" (Carta a las Carmelitas de San José, 7-octubre- n. 1).

Es extraño que desde el 6 de agosto del año1580 no haya escrito a María de San José en Sevilla hasta el 25 de octubre. Y no lo ha hecho por "la poca salud después que estoy en Valladolid" y se encuentra en ese momento "tan flaca la cabeza que no sé cuándo podré escribir de mi letra [?]. Sepa -le dice también- que el mal ha sido tanto que no pensaron que viviera. Ya estoy sin calenturas días ha [?]". "La cabeza está tan flaca que aun de notar [dictar] me canso [?]. Fue tan grande el hastío, que me enflaqueció más que las calenturas. (Ib. nn. 3, 4 y 11).

Y, finalmente, escribe al P. Gracián que está "buena", pero "para acabar de estar", es mejor que le escriba, le dice entre bromas y veras (2-8 noviembre-80, n. 7). Y ya el 20 de noviembre parece que se aleja la tempestad: "Estoy buena, gloria a Dios", le comenta (n. 2). Eso mismo le dice a María de San José al día siguiente: "Yo estoy mejor, gracias a Dios. Voy tornando en mí, aunque no falta en qué padecer con mis continuas enfermedades y cuidados". Y las últimas noticias de ese año fatídico: quisiera escribir de su mano, le dice a María de San José, pero "mi cabeza y las muchas ocupaciones [?] no dan lugar". Y se al despedirse: "Yo nunca he acabado de volver en mí del todo" (27-diciembre-80, nn. 1 y 7). El P. Gracián es un testigo excepcional de la decadencia de Teresa después de aquella fecha y lo expuso en algunas de sus obras, no obstante, siguieron dos años de mucha actividad.

Junto a este cuadro, el lector coloque en sincronía el de los "quehaceres" y quedará admirado al ver cómo una persona contagiada por una pandemia, con 65 años cumplidos, con un cuadro clínico de graves enfermedades crónicas, ha podido soportar una carga de problema, trabajos y preocupaciones, que colmarían la vida de una persona joven, con excelente salud y muy activa. Selecciono los más complejos y que preocuparon a la madre Teresa causados por su familia natural y la mayoría que afectaron a su misión de fundadora. El arco cronológico es el mismo: desde agosto a diciembre de 1580 y la fuente son las mismas cartas.

Comencemos con unos antecedentes muy penosos para la madre Teresa como fue la muerte repentina de su hermano Lorenzo ("de un flujo de sangre") en su finca de La Serna (Ávila) el 26 de junio de ese fatídico año, estando ella en Segovia. Él le había avisado que presentía su próxima muerte, como así fue (Carta a Lorenzo, 19-junio-80, n. 2). Teresa lo sintió no solo por parentesco cercano, sino porque había sido una ayuda providencial en su misión de fundadora y porque le había confiado la dirección de su alma como maestra de espíritus. La desaparición inesperada de Lorenzo complicó mucho la vida siempre agitada de su hermana que tuvo que resolver los problemas jurídicos y económicos de una hacienda tan complicada de un rico "Indiano" del cual había sido nombrada testamentaria..

Tiene que preocuparse de la hacienda que dejó Lorenzo en América; de la ida y la vuelta de la flota o la armada que traía noticias y dineros sirviéndose de los servicios de María de San José, priora en Sevilla; de la devolución de los dineros prestados, entre otros a las monjas de Sevilla; de la fábrica de la capilla de enterramiento en el convento de San José de Ávila; de ayudar a los dos hijos que Lorenzo tenía en España y uno en Las Indias. De Teresita con sus tentaciones y escrúpulos morales, monja en San José; y de Francisco, moviéndose entre el casorio o profesar en el Carmelo descalzo, iniciándose en el noviciado de Pastrana y abandonando poco después; problemas que se plantean si profesa qué sucede con la herencia del padre, a compartir también con su hermana Teresita. Finalmente, intentando el casorio de Francisco con una joven de Segovia que no llegó a buen puerto.

Por otra parte, su hermano Pedro, un pobre neurasténico que dio preocupaciones al bueno de su hermano Lorenzo y seguía en la misma situación con su hermana Teresa y su sobrino Francisco y ella tuvo que intervenir para solucionar el problema. Y todavía le quedaba tiempo para aconsejar a la priora de Sevilla, María de San José cómo tiene que cuidar sus "hinchazones" con "con infusión de ruibarbo" por la mañana; pero que, por si acaso, que consulte con el médico (Carta del 27-diciembre-80, n. 2).

Finalmente, le quedaba tiempo para dar la triste noticia al sobrino Lorenzo en Las Indias para recuperar la hacienda de su padre y dejando aquí una hija natural de la que también tuvo que ocuparse su tía Teresa, preocupada de que el padre le enviase dineros para su alimentación y crianza (Cf. Cartas a él, desde Valladolid, 27-XII-80; y Ávila, 15-XII-81, n.4-5).

Con razón, se lamentaba de tanta baraúnda de asuntos, lejos de su soñada vida de clausura en compañía de sus hijas y hermanas y que nos hace comprender su lamento: "¡Oh, mis hijas, qué cansancio y contiendas traen consigo estas haciendas temporales. Siempre lo pensé y ahora lo tengo visto por experiencia. Que, a mi parecer, que todos los trabajos que he traído en las fundaciones en parte no me han desabrido ni cansado tanto como estos; no sé si lo ha hecho la mucha enfermedad, que ha ayudado" (Carta a las monjas de San José, Valladolid, 7-octubre-80, n. 10).

No he recordado las preocupaciones previas vividas por la persecución de los calzados contra su Reforma de monjas y frailes y el seguimiento del proceso de los descalzos hasta conseguir la independencia de los provinciales de España cuyo documento papal ya se había recibido. Y, finalmente, la fundación de Palencia que, inaugurada pronto y sin grandes problemas, también era una preocupación en su cuerpo maltrecho.

Al concluir esta accidentada y resumida historia, queda la pregunta: ¿Es posible seguir cuestionando el valor de la experiencia mística cristiana expuesta en las Moradas? Los que siguen pensando que los místicos viven en la región de Babia, en Las Batuecas, o perdidos en los Cerros de Úbeda, que lean las obras de santa Teresa, al menos las páginas que he utilizado para pergeñar este doloroso y luminoso panorama de la vida de Teresa de Jesús. La mística cristiana no aliena, sino que encarna en la historia a los místicos, es creadora de grandes empresas, como deja entrever este relato.

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