OPINIóN
Actualizado 31/05/2020
José Luis Puerto

El mejor patrimonio de cualquier país, de cualquier sociedad, son sus gentes. Sin nuestras gentes, todo lo demás es un baldío, un erial, un espacio sin sentido. Y, en estos diez días de luto que todos guardamos por nuestros mayores (y no mayores) fallecidos, debido a la pandemia del virus corona, hemos de tener una actitud respetuosa, de recuerdo y memoria, marcados por el afecto.

Detrás de cada ser humano que se nos ha ido hay una historia, una vida, un itinerario existencial, unos seres próximos y queridos?, en definitiva, todo un microcosmos de un gran valor; pues la vida de todos, la vida comunitaria y colectiva no es otra cosa que la suma de todos los microcosmos vinculados.

Cuando, a finales de julio de 2013, fallecía mi padre, escribí un conjunto de poemas que titulé 'Melodías del padre', encabezados por una cita del gran antropólogo Claude Lévi-Strauss, que puede ser aplicable a cada uno de los fallecidos por la pandemia:

"imagínese lo que es la muerte de un individuo para simples "conocidos" o para su propia familia. Visto desde el exterior, es un acontecimiento harto banal, pero, para sus allegados, es la subversión completa de un universo; no podremos jamás comprender exactamente lo que es el duelo de una familia, que no es la nuestra, lo que es un duelo que no es el nuestro."

Sí, la muerte es la subversión completa de un universo. Ese universo que, en el ámbito de cada una de las familias a las que se les ha ido un ser querido, ha quedado roto, por ese vacío que ha dejado ese ser querido que se ha ido, sin que, posiblemente, lo hayan podido acompañar siquiera, en no pocos casos.

Estos días, estoy comenzando a leer los cuentos del escritor norteamericano Thomas Wolfe, que viviera solo treinta y ocho años. Hay en su prosa un aliento metafísico y de comprensión y compasión por el ser humano. En uno de ellos, dice de sus antepasados algo que podría ser aplicable a nuestras gentes que se nos han ido.

"Traía conmigo un millón de recuerdos de mis antepasados, que eran grandes personas que conocían la naturaleza ? sembraron su sangre y su esperma por todo el continente, caminaron bajo su luz y guía, amplia y solitaria, se congelaron con sus amargos fríos, se achicharraron con su fiero sol, se agostaron y se deformaron con su clima brutal ? Traía conmigo el recuerdo y el patrimonio de todos aquellos hombres y mujeres que habían trabajado, luchado, bebido, amado ? habían vivido y habían muerto dejando que su sangre empapara, como el silencio, la tierra".

Que descansen en paz. Que les sea leve la tierra. Que sus vidas hayan tenido sentido y se prolonguen a través del existir de los suyos.

No es momento de broncas, ni de pitidos de claxon, ni de comparaciones futbolísticas. Tendría que ser, sí, un momento de respeto, de colaboración, de arrimar el hombro, de pacificación, de ir todos a una?, como el mejor homenaje a todos nuestros conciudadanos a los que se ha llevado la pandemia.

Que descansen en paz bajo la levedad de la tierra.

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