OPINIóN
Actualizado 25/04/2020
Tomás González Blázquez

MIÉRCOLES 22: EL NOMBRE DE LOS DÍAS

El 22 de abril de 2021, si Dios quiere, tendremos que celebrar María y yo el aniversario de este año y el del próximo, el 12º y el 13º, los dos acumulados. Sí, es verdad, hoy ha habido celebración de aquella manera, no cambia lo fundamental por no poder comer fuera o hacer una escapada, pero la ausencia de esos complementos que otorgan a las fechas su rasgo de distinción, a la vez que nos ayuda a reencontrarnos con lo esencial, sin tantas distracciones, también puede hacernos perder la sensación de fiesta, de día grande, de ciclo anual salpicado por momentos importantes.

¿Ha habido Semana Santa y estamos en Pascua? Por supuesto. Y qué necesario es que seamos capaces de cambiar en este tiempo cerrado en el que corremos el riesgo de confundir miércoles con domingos. No será fácil recuperar sensaciones. Desde hace camino de seis semanas, me da igual estar de guardia un martes que un sábado, un jueves que un viernes. Ocurre que los lunes no son tan lunes, que el reloj pesa poco y el calendario nada. Por eso, con el móvil sin batería desde hace veinte minutos, me he propuesto veinticuatro horas sin grupos de whatsapp, sin memes, sin vídeos reenviados. Una fiesta que conservamos, el Día de Castilla y León, que sería comunidad de León y Castilla si se usara criterio de antigüedad (aunque yo utilizaría otros criterios para suprimir la autonomía), me permite estar apagado o fuera de cobertura.

Si los planes hubieran salido según lo previsto, a estas alturas de la tarde viajaríamos los cuatro hacia algún destino, o quizá mañana. Habría habido Fallas, y procesiones de Pasión, y Lunes de Aguas, y romerías, y tantos eventos suspendidos en muchos casos o aplazados en otros. La fecha importa. Nuestro 22-A no es movible (salvo que coincida en Semana Santa, que eso lo contempla nuestra ley de dos), como tampoco sería lo mismo un chupinazo fuera del 6 de julio, que los ninots ardieran en octubre o que salgan los pasos el 14 de septiembre. Vivimos en un ciclo festivo anual y personal que no nos atonta o mecaniza, sino que, por la vía de la repetición/renovación, nos sirve para alimentar esperanzas y certezas. Ponemos nombre a los días porque pesa la Historia y nuestra historia, la Tradición y nuestras costumbres. A sabiendas de que la música debe seguir sonando, los circos haciendo funciones (vg. el fútbol) y los hoteles llenándose, la economía de los tiempos no debiera despreciarse. No sea que el interés turístico termine por doblegar a la fiesta que motivó la declaración, o fue excusa para ella. El precio a pagar, como perder esperanzas y certezas, o que por inhibición o ignorancia dejemos de sentirnos miembros de una identidad transmitida y recreada, no será pequeño. Los días anónimos son menos días, y son menos nuestros.

JUEVES 23: PLAN DE? ¿RECOLOCACIÓN?

Leo a Paco Blanco "invocar" a primera hora de la mañana en este Día del Libro "la sacralidad de la palabra". Ante la precisión escéptica de Luis Felipe, que entiende que "ya no hay palabra" sino "personas de palabra, que no están donde debían estar", Paco confía y alienta con un "el mundo va a recolocarse como debe después de esto". No debe recolocarse como cada cual lo recolocaría, evidentemente, sería imposible e indeseable, pero se entiende bien lo expresado. Partir del respeto a la palabra, sin profanaciones, bien podría ser el mejor inicio. Siempre agradeceré a Paco que me lanzara decididamente hacia la palabra, a la que ya estaba inclinado, en aquellas reuniones del consejo de redacción de nuestro periódico del colegio Amor de Dios.

Su certera recolocación no encaja como nombre de comisión parlamentaria, que los políticos titulan de reconstrucción o de recuperación? y, me aventuro, es previsible que discutan por el encabezado antes de todo, antes de empezar a reconstruir o a recuperar nada. Recolocar no encaja pero nos encaja. Porque el mundo está descolocado más que destruido, despojado o inservible. Como los días que ayer reclamaba con su nombre propio, importan las palabras.

Así, de pronto, habría que recolocar y diferenciar gobierno y estado. La separación de poderes no soporta esa confusión, en la que no es fácil alejar la tentación de utilizar mal lo que está al servicio del estado pero a las órdenes del gobierno. La han sufrido todos y no pocos han caído. El mal de muchos no debiera consolar a nadie.

Toca decidir también el marco que permita la recolocación. Con España invadida y asfixiada fuimos capaces de alumbrar, en condiciones precarias, una constitución en Cádiz y en 1812, nuestro primer soplo de libertad como nación conforme al concepto nacional-liberal. ¿Vale ahora la de 1978, que consagra al pueblo español como sujeto de soberanía, o se trata de armar otra que descarta, de entrada, ese principio, tal y como propone el cuarto partido del parlamento y sección secundaria, pero con mando, del gobierno de España? La mayoría de los españoles todavía opinamos que vale la Constitución de 1978 y, quizá, merecemos la estabilidad del respeto a esta voluntad mayoritaria, desde luego modificable de la ley a la ley. Una minoría aboga por deshacer la soberanía nacional del pueblo español, y hace primar su interés particular sobre la salud: véase esta noticia de senadores fanáticos y babélicos.

En definitiva, recolocarnos según un plan exige, primero, la recolocación personal. Juntos pero desde la responsabilidad individual, que incluye el cuidado de los que no pueden cuidar de sí mismos. Así he acogido el plan del Papa Francisco, Un plan para resucitar, en Vida Nueva. Él lo define como meditación. Sin meditar, sin pensamiento, no hay acción racional posible: Es el Señor quien nos volverá a preguntar "¿dónde está tu hermano?" (Gn, 4, 9) y, en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.

VIERNES 24: À SOMBRA DUMA AZINHEIRA

El técnico de Radio Renascença, emisora católica dependiente del Patriarcado de Lisboa, fue quien dio la segunda y definitiva señal al soltar hacia las ondas Grândola, Vila Morena cuando el 25 de abril de 1974 tenía veinte minutos. Aquel himno del levantamiento militar y civil democrático portugués, estrenado por José Afonso en Santiago de Compostela dos años antes, alude en su tercera estrofa a la sombra de una encina de la que no sabemos la edad, un lugar elegido para jurar a la voluntad de Grândola, del pueblo, la fidelidad del compañerismo, de la fraternidad y la igualdad. Un canto de libertad en la que esa palabra no aparece pero en el que a mí me parece que sobrevuela, que es evidente, que no se puede eludir, y así creo verla en los claveles que asoman por el cañón de los fusiles.

Quería yo, esta vez, volver a la sombra de mi encina, sin duda antigua, pero tampoco sé cuánto. La sombra de esa encina, en Gargabete, encina de mi infancia, curiosamente no sale en ninguna fotografía de mis álbumes familiares, y quizá por eso la guardo en la memoria con otra nitidez, la de la verdad más profunda. Su sombra caliente del verano era cobijo de un Seat 124, Salamanca de la A, y luego del Golf que se regaló abuelo en su jubilosa jubilación del jubiloso 92, y en el que ya podía escuchar con mejor calidad de sonido la mítica Radiogaceta de los Deportes. Era esa sombra del monte, con su viejo tronco y su enramado amplio, todo un palio vegetal para la mesa plegable, la nevera bien nutrida, las sillas de colores, el tapete verde sujetado por piedras, la baraja española con su bocarrana, la hoja y el bolígrafo donde apuntar las cuentas de la partida de tute y los duros en sus pilas que subían y bajaban según avanzaba la de julepe. Su sombra protegía los convoyes afanosos de hormigas, que admiraba curioso, y se ofrecía como refugio para mi bicicleta, que conocía todas las calles de Carrión y todos los caminos de Gargabete. A su sombra, con tacto de hojarasca, olor a campo y sabor a la tortilla de patata de abuela Carmen, juré, con alma de niño, ser feliz siempre mientras ya lo era.

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