OPINIóN
Actualizado 24/04/2020
Mercedes Sánchez

No podemos evitar las emociones a flor de piel, las preocupaciones, la información, los datos, las precauciones, los insomnios, las pérdidas, dolor tras dolor, las obsesiones, la higiene, el jabón y venga jabón, como lavaban de rodillas las mujeres sobre tablas de madera encajadas a la orilla del río, restregando sin fin el tupido algodón de las sábanas, para devolverlas a la blancura de la vida de siempre, para que la vida habitual nos rescate y del brazo nos lleve a lo cotidiano, a la nariz despejada, a la sonrisa presente, a la humedad de los besos, al paraíso acogedor de los abrazos.

No podemos evitar la tristeza, la empatía en la distancia, los vuelcos del corazón, que aletean allá donde la cifra salta y crece y se dispara, que nadie las riegue, que no se abonen, que no leven como bizcochos al amor de la lumbre para desayunar días tan amargos.

Tanto a la vez nos inunda, nos ahoga, nos anega. Nos deja el sentimiento deslavado?

Pero mientras, en silencio, pasan otras cosas.

Se hornea con ilusión pan casero con masa madre dormida por la noche, y cruje la emoción en nuestras propias manos a la luz del día, tumbada en el mantel de los gestos cotidianos, acompañando el café o la nueva receta con la que poner una guinda de sorpresa en la jornada.

Se disfrutan reparadoras duchas tras el duro trabajo diario como si fueran la novedad del siglo, como si nunca hubiera habido agua en los grifos, como un inesperado milagro del progreso.

A la vez ocurre que personas queridas aparecen en cualquier tamaño de pantallas para enviar saludos con caras pequeñitas, para lanzar besos viajeros, para decir que se está bien y que nadie se preocupe. Incluso se cumplen años con tirones de orejas que invaden nuestras casas, palomas mensajeras, todo amor, sin pisar el suelo, y vemos rostros queridos y nos rozan los oídos palabras cercanas llegadas de espacios que atraviesan océanos, que hablan distintos idiomas que son siempre el mismo, que traducimos en abrazos, tanto dicho en segundos, tanto cariño envuelto en unos cuantos sonidos, en gestos o en bromas, en sonrisas que no tapan las alegrías de los virtuales encuentros, y se busca la forma de estar presente, de compartir, de celebrar, con humildad y paciencia, mientras todo pasa.

Al mismo tiempo, en esta primavera de espera, florecen gestos solidarios de mil colores, trabajadores de supermercados hacen una colecta para enviar un desayuno con el que demostrar otro nivel más de gratitud al personal sanitario, gladiadores en la arena del coliseo, y se nos vuelve a anegar el alma, esta vez de emoción solidaria.

Los padres dedican a sus hijos tanto tiempo como pueden, volviéndose compatibles con los interminables horarios de teletrabajo. Los niños escriben su gran capítulo en este libro de historia que nos está tocando vivir. Lo llenan de esfuerzo ante las tareas que les envían y corrigen entregados profesionales de la enseñanza; lo colman de educación, de contención en estos espacios reducidos, vientres que nos albergan, pero sus gritos silenciosos se llenan de colores de arco iris asomándose a sus ventanas, con el lema más esperanzador: Todo irá bien.

A la vez ocurre todo, se mezcla como cartas de baraja, cara y cruz de un mismo tiempo que vivimos.

Los árboles comentan extrañados en la plaza, al ver bancos tan vacíos. El naranjo, con su verde cabellera salpicada de canas de azahar, se asoma contumaz hacia mi calle. Llena mis aplausos de perfume, regalo agradecido, mientras me envuelven los últimos rayos del sol.

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