OPINIóN
Actualizado 06/03/2020
Manuel Rodríguez Fraile

Nunca en toda la historia, al menos por lo que yo sé, una pandemia ha tenido tanta repercusión mediática ? ni siquiera la del Sida - como la que se está produciendo en estos momentos a causa del Covid-19, conocido popularmente con el genérico de coronavirus. Un término que pasará a forma parte del acervo popular como en su día sucedió con la prima de riegos o más recientemente con las ciclo génesis explosivas, esas a las que el bueno de Mariano Medina se refirió siempre como borrascas.

Multitud de páginas en prensa, miles de horas y programas especiales en todas las emisoras de radio y todas las cadenas de televisión. En ellas, todo el mundo, tanto expertos como sobre todo voceros populares, hablan del tema, estos últimos sin demasiado rigor. El caso es que este clima enloquecedor, sumado al hecho de que las redes sociales arden con la amenaza venida de China, ha contribuido a sumergirnos en una más que alarma social, histeria colectiva.

Porque llegados a este punto, que roza la irracionalidad, creemos más lo que nos dice un desconocido en un wasap reenviado, que los datos aportados, por ejemplo, por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que nos informa de que las muertes a causa del coronavirus se sitúan en un escaso 0,7% entre las personas contagiadas. A finales de febrero eran 2.600 las muertes a causa del virus y 80.000 los contagios, la gran mayoría de ellos en China, pero parace no intersarnos demasiado que en España, durante la última epidemia de gripe común, la de todos los años, se diagnosticaron 525.300 casos y se produjeron 6.300 muertes.

Personas expertas como el director del Centro de Alertas Sanitarias, Fernando Simón nos dice que "No es necesario que la población use mascarillas. El uso de mascarillas sí puede ser interesante en los pacientes con sintomatologías. La población no tiene que asumir medidas que no tienen sentido". Y sin embrago la demanda de mascarillas se ha incrementado en las últimas semanas en un 8000%, cuando nos están diciendo que las más vendidas no sirve para protegernos del contagio de virus y sólo es recomendable su uso en personas portadoras del virus para evitar el contagio a otros. Pero ya todo da igual, las existencias se han agotado en todos los sitios así como los geles para manos, cuando lavárselas bien con jabón es suficiente.

La histeria se produce cuando sentimos un miedo insuperable ante una amenaza. Esta puede ser real pero también irreal, lo importante es que nosotros la percibimos como una posibilidad de perder la vida y si el coronavirus es contagioso, la histeria lo es mucho más, porque la información ? sea falsa o cierta - se expande con mucha mayor rapidez en nuestros día, que cualquier patógeno.

Esta situación y nuestra manera de enfrentarnos a ella, creo que ponen sobre la mesa dos grandes cuestiones pendientes de resolver. La primera es cómo afrontar problemas globales como la salud, el medioambiente o la especulación económica, para los que las fronteras, las leyes nacionales, las alambradas o los muros que se puedan levantar no sirven de nada. En segundo lugar cómo regular el acceso a la información para que ésta sea rigurosa y veraz, cuando cualquiera, en muchos casos con escasa o nula formación sobre ciertos temas, puede pontificar ante millones de lectores, oyentes o televidentes sin ninguna exigencia de responsabilidad. El caso es que mientras la segunda es una cuestión de educación a todos los niveles, la primera es una asunto de voluntad política ya que poder se puede, querer ya es otra cosa. Porque en estos rios revueltos siempre hay quienes ganan, y ganan mucho, pero son muchos más los que pierden y pierden más. Tanto en una cuestión como en la otra, el miedo, esa emoción primaria que de forma controlada nos ayuda a prevenir el riesgo y la amenaza, juega un papel fundamental.

Tal vez sea porque mientras el peligro real que supone para nosotros, y las generaciones futuras, el cambio climático o la especulación de los mercados que causan un número de muertos cada año infinitamente superior al coronavirus, lo percibimos como algo lejano y ajeno, mientras la infección por un virus es algo inmediato y cercano dado como no podría ser de otra forma en la era de la inmediatez.

El filósofo, entre otras cosas, Bertrand Russell, Premio Novel del Literatura escribió: El miedo es la principal fuente de superstición y una de las principales fuentes de crueldad. Conquistar el miedo es el comienzo de la sabiduría. Cuando el miedo nos paraliza, cuando reaccionamos ante él de una forma exagerada, tenemos un serio problema, porque ese tipo de miedo nos hace vulnerables y manipulables, nos deja indefensos ante aquellos que quieren sacar provecho de la situación, y hay muchos. Bueno, ésta es sólo mi opinión, pero ya saben que las opinones son como los ombligos, todos tenemos una.

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