OPINIóN
Actualizado 10/02/2020
Redacción

Lo vengo advirtiendo desde hace tiempo: cada vez hay más ciudadanos hartos de ver las noticias en los medios de comunicación general.

Normalmente se trata de personas mayores, pero no sólo ellas, incapaces de entender unas noticias llenas de erratas, narradas en un ininteligible lenguaje llamado inclusivo, de las que no se sabe ni la fiabilidad de la fuente ni las consecuencias de lo ocurrido y que aparecen de súbito y desaparecen con la misma rapidez sin saber si han tenido repercusiones o si se trata de falsas alarmas sin ninguna trascendencia.

Casi nada.

Y algunos se extrañan todavía de la caída de difusión de los periódicos y de la disminución de audiencia de los canales generalistas de la televisión. Lo raro es que aún queden seguidores de los mismos a no ser que resulten muy fanáticos de la ideología que destilen.

Porque, esa es otra, los espacios informativos se han venido convirtiendo, pasito a pasito, y medio a medio, en transmisores acríticos de la ideología dominante de lo políticamente correcto y del pensamiento único en materias que van desde la moral individual y el comportamiento sexual, a la política social y el acoso al disidente ideológico.

Justo, todo lo contrario de cuando un servidor, persona ya mayor, se dedicaba al entonces honesto ejercicio del periodismo, en el que un hecho era más importante en sí mismo que la opinión política que el periodista tuviese sobre el hecho ocurrido. Vaya: lo mismito que ahora, dicho sea con toda la ironía del mundo.

Por eso, me llegan cada día noticias estrafalarias de matrimonios que no ven la tele para poder mantener su salud mental o de otros que se ponen a debatir absurdamente con unos locutores (y locutoras, perdón), que no pueden contestarles (entre otras cosas porque no sabrían hacerlo) hasta que los televidentes cortan la retransmisión antes de que les dé una apoplejía.

Ya ven qué panorama. En él, los manipuladores de la información consiguen siempre su objetivo, en unos casos porque son escuchados por la audiencia y, en otros, porque al prescindir ésta de las noticias no sabe ya qué es lo que pasa y no podrá obrar en consecuencia aunque sea para rebatir sus perniciosos efectos.

O sea, que nos estamos yendo ya inexorablemente por el desagüe de la Historia.

Enrique Arias Vega

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