OPINIóN
Actualizado 18/12/2019
Juan María de Comerón

Una imagen que me ha llama­do mucho la atención en es­tos días, es la de José Enrique Abuín, alias 'El Chicle', el ase­sino de Diana Quer, sonriendo durante la reconstrucción de los hechos del crimen. Cuando vi el video, me quedé realmente sorprendido de que alguien pudiera reírse en una situación así, mientras está contan­do a la Guardia Civil la manera en que mató a otra persona completamente inocente y vulnerable.

El Derecho Penal dice que el objetivo principal de la cárcel es el de rehabilitar a las personas condenadas, para evitar que vuelvan a cometer hechos delictivos, y para que se integren de nuevo en la socie­dad respetando todas sus leyes y sus nor­mas. Y cuando uno ve reírse a una persona que ha sido declarada culpable de raptar, agredir sexualmente y asesinar a una chica de dieciocho años, se plantea si ese inten­to de rehabilitación puede funcionar para todo el mundo, si el fin de ir a una prisión puede servir por igual para todos los con­denados.

'El Chicle', en concreto, en el momen­to en que se grabaron esos vídeos de la reconstrucción de los hechos, en verano de 2018, llevaba ya medio año en prisión preventiva, tiempo más que suficiente para darse cuenta de que había cometido una aberración absoluta. Pero a juzgar por esas imágenes de tranquilidad y risas, sin ningún tipo de pudor, contando la manera en que introdujo a Diana en el coche para trasladarla a la nave en la que la mató, lo que menos parece es que esa persona se haya dado cuenta durante esos meses, de que lo que hizo es una equivocación que no va a volver a cometer. No se ve ni una sola muestra de arrepentimiento.

Todo el mundo en esta vida puede co­meter errores, puede tener un momento determinado de calentón, y hacer algo in­debido sin haberlo pensado demasiado. Na­die es perfecto, y cualquiera se merece una segunda oportunidad cuando se da cuenta de que lo que ha hecho está mal. Pero hay algunos que no cometen delitos por esas razones, que no llegan a entender que hay que controlar los impulsos o las ganas de hacer algo, cuando se va a perjudicar a otro ser humano para conseguirlo. Hay personas que sencillamente están enfermas.

Si alguien después de haber raptado, agredido y matado a una chica de esa ma­nera, es capaz al poco tiempo de intentar secuestrar y violar a otra, es un caso que no se va a corregir por estar en la cárcel. Eso está fuera de toda lógica, porque da a en­tender que no se siente mal por lo que hizo, y que además disfrutaba haciéndolo, porque si no, no hubiera repetido.

La conclusión a la que se llega después de saber la manera en la que ha actuado este tipo, y de ver que en el momento en el que está relatando cómo quitó una vida, es capaz de reír así, con esa sangre fría, es que algunos nunca van a saber vivir en so­ciedad, no van a saber cumplir sus leyes y sus normas, nunca van a valorar la vida de los demás, ni a entender el daño que pue­den causar, ya no solo a sus víctimas, tam­bién a todos los familiares y amigos. Hay personas que tienen una enfermedad en la cabeza que es muy difícil de curar, porque les tiene completamente dominados, y que, por muchos años de cárcel que pasen, y mucho que se quiera rehabilitar, nunca van a aprender que no pueden volver a co­meter delitos.

Por tanto, el objetivo primordial de ir a prisión no es válido para todos. La cárcel también debe ser el lugar en el que ingresen esas personas que no saben vivir respe­tando la vida de los demás, pero porque no pueden estar en otro sitio. Hay que hacerse a la idea de que por mucho que se quiera, al­gunos no van a cambiar nunca. En la cárcel y solo allí, es dónde deben permanecer hasta el fin de sus días aquellos enfermos capaces de asesinar sin ningún arrepentimiento. Con conductas así no pueden estar en la calle, no pueden salir a hacer una vida normal, porque no saben hacerlo.

De ser así desde hace tiempo, se hubie­ran evitado cientos de asesinatos, como el de Laura Luelmo. Ayer fueron ellas dos, pero mañana podrá ser cualquier otra. No permi­tan que eso pueda pasar. Sí a la Prisión Per­manente.

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