OPINIóN
Actualizado 27/11/2019
Manuel Alcántara

No hay que ser especialmente curioso para escuchar las conversaciones de la gente en espacios públicos. Las palabras fluyen sonoras capturando la atención de incluso quien está distraído. A veces es una sola la que llama la atención. Se recoge fuera de contexto, pero al escuchante le queda la curiosidad de cuál sería el tenor en que fue pronunciada, algo que nunca podrá reparar salvo que alguien le pasara la improbable grabación del parlamento. Queda así un espacio para la especulación o, mejor, para dar rienda suelta a la imaginación. Suponer qué antecedió y qué seguiría. Intuir la respuesta del acompañante. Sopesar, por otra parte, el tono con que fue pronunciada. Entender que el acento en una sílaba, quizá gramaticalmente indebido, prefiguraba una toma de posición que hacía aun más complejo lo dicho. Y qué decir si, además, por prudencia o educación o vergüenza, uno no vuelve la cara para ver el rostro de quien la expresó quedando pronunciada por alguien aun más anónimo si cabe.

En La ventana indiscreta, el memorable filme de Alfred Hitchcock de 1954, James Stewart interpreta el papel de un fotógrafo que, convaleciente en una silla de ruedas, contempla desde su apartamento la vida que los vecinos del inmueble de al lado muestran por sus ventanas. Un único "no" seguido del sonido de unos cristales rotos dan pie a la trama. La solitaria sílaba gritada con desgarro posee una elocuencia en la magistral puesta en escena de todo lo que seguirá a continuación. Veinte años más tarde, Francis Ford Coppola en La conversación construirá un relato en el que Gene Hackman interpreta el papel de un espía profesional que, en este caso, quiere escuchar más de la cuenta complicándose enormemente su existencia. Palabras que las trae el viento, palabras robadas, a las que distintas personas les dan sentido logrando desentrañar un enigma o, en otras ocasiones, dejando la duda para siempre.

Mi colega me cuenta que la semana pasada al salir de la Facultad llevaba sus pensamientos enredados en los mensajes que habían quedado pendientes de contestar y quizá también en la pregunta que le hizo una alumna en la clase sobre la que tenía dudas de haberla respondido de manera suficientemente convincente. Cuatro chicas estudiantes caminaban detrás, relativamente cerca. Mantenían una charla animada, algo ruidosa, pero el tono no era de chanza. Entonces lo escuchó meridianamente. Entre toda la alharaca una de ellas dijo: "mi novio es mío"; una segunda agregó: "por ahora". No volvió la cabeza, apresuró el paso y se quedó con el runrún. Desasosiego. ¿Era cierto lo que había oído? ¿Estábamos en 2019? ¿Qué edad tendrían? Como pensó que podría olvidar la textualidad de lo escuchado se paró para escribirlo en la libreta que siempre lleva consigo. Quedó atrás viendo al grupo cómo se alejaba. Me lo cuenta con incredulidad a la vez que me enseña su anotación. Me dice que va a escribir algo, pero no sabe qué, ni siquiera cómo comenzar y menos cómo terminaría.

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