OPINIóN
Actualizado 31/07/2019
Manuel Alcántara

La profesión académica tiene prácticas que le acarrean mala fama, posiblemente merecida a causa de nuestro comportamiento que a veces es atrabiliario, indolente y errático. Quizá también sea debido a que ciertas actividades despiertan envidia por ligarse al mero hecho de viajar. Con frecuencia vamos a lugares lejos de nuestra residencia para participar, en periodos de duración variada, en evaluaciones distintas como tesis doctorales, verificación de planes de estudios o del propio funcionamiento institucional; trabajo de campo vinculado a nuestras investigaciones; conferencias puntuales y reuniones científicas diversas. Entre estas últimas se encuentran los congresos organizados en torno a asociaciones profesionales o a ejes temáticos. Estos son el principal centro de la crítica más acerba concibiéndose despectivamente como "turismo académico".

Sin embargo, este tipo de foros es imprescindible para el funcionamiento de la tarea universitaria por cuanto que cumplen, al menos, cinco funciones relevantes: permiten presentar los avances de trabajos de investigación en diferente estadios de madurez para recibir críticas sobre aspectos de sus enunciados pudiendo así corregir su desarrollo; en tres o cuatro días se facilita conocer el estado de la cuestión de distintos temas, sus formas de abordarlos y las novedades en la materia de interés de cada quien; posibilitan la creación de redes entre individuos que, procedentes de sitios muy heterogéneos, tienen la oportunidad de conocerse personalmente y de establecer agendas comunes de investigación; son escenarios de puesta en valor de las universidades o instituciones de procedencia de quienes presentan ponencias; y, finalmente, son espacios públicos de rendición de cuentas ante la sociedad del trabajo realizado durante los meses anteriores, aspecto no menor por cuanto en buena medida el dinero para sufragarlos procede del erario estatal. Cierto es que frente a todo ello hay también un costado oscuro articulado bajo el mercantilismo pues son fuente de financiación de las asociaciones organizadoras y negocio para las empresas especializadas en su hechura. En la búsqueda no solo del equilibrio presupuestario sino del beneficio se aplican reglas del mercado: una prima la cantidad de ponencias presentadas frente a su calidad, la otra usa como reclamo a los emporios turísticos.

A lo largo del mes que ahora termina, y a un ritmo prácticamente semanal, he intervenido en cuatro congresos de Ciencia Política en Burdeos, Salamanca, Buenos Aires y Monterrey, donde he presentado dos ponencias en coautoría, impartido dos conferencias, participado en tres mesas redondas y presentado tres libros. El largo verano, que generalmente se vincula al asueto vacacional, permite con ventura esa práctica que, además, es un requisito ineludible en la promoción académica. El turismo en su concepción más ligada a la idea de ocio en el marco del descanso laboral no está presente, si bien es obvio que los congresos permiten conocer lugares que en circunstancias normales posiblemente no se llegarían a visitar nunca, aunque no fuera el caso de las ciudades recién referidas. Personalmente me siento satisfecho porque, cumpliendo mi deber, he contribuido en mayor o menor medida a hacer realidad las susodichas funciones.

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