OPINIóN
Actualizado 23/07/2019
Francisco Delgado

Cuando estas líneas que estoy escribiendo salgan publicadas el martes, quizás ya sabremos si el próximo gobierno de España va a ser un gobierno de coalición de los dos partidos de izquierda, o seguirán estas negociaciones interminables que padecemos, seguramente más los ciudadanos que la clase política.

Pero esta reflexión sobre cómo el sentimiento de Miedo se ha adueñado de nuestro país seguirá siendo válida con gobierno de coalición o esperando unas nuevas elecciones en noviembre.

El miedo (al que estoy tentado de escribir con mayúsculas, pues no se trata de un miedo concreto ante una situación determinada, sino una enorme cantidad de miedos) se ha apoderado de todos: de las derechas, de las izquierdas, de los ricos, de los pobres, de las clases medias, de los jóvenes, de los mayores, de los casados y de los solteros, de las mujeres y de los hombres. Por debajo de las estrategias cambiantes, de los grandes titulares, de los rumores, de las acusaciones y de los insultos, está el miedo.

Las derechas desconfían de las izquierdas y las temen. Las izquierdas temen intensamente a las tres derechas. Los líderes se temen: P. Sánchez a Iglesias, Iglesias a Sánchez, A. Rivera teme a una parte de su partido, Casado teme a Sánchez, a Iglesias y se teme a sí mismo. Los gobernantes temen a las bases de sus partidos y los ciudadanos de a pie, bajo su crónica queja y desvalorización de la clase política ("todos son iguales" se repite en la población general como un mantra de desesperanza) sienten un gran temor de los actuales políticos. La prensa teme que los acontecimientos vayan por delante de sus noticias o de sus "apuestas": por debajo de los grandes titulares el lector puede ver o sentir el miedo de los periodistas, el miedo que meten diariamente los informativos de las televisiones.

El miedo es el hermano gemelo de la desconfianza. Vivimos desgraciadamente en un país en el que al diferente de nosotros le convertimos en enemigo. Como si el tiempo no hubiera pasado desde 1936.

Como si formar parte de la Unión Europea no nos sirviera para sentirnos protegidos, seguros y fuera de las grandes catástrofes.

El miedo nos bloquea, nos hace discutir obsesivamente con el Otro, un fantasma que no solo sentimos que no nos escucha sino que desea imponernos su criterio y destruir el nuestro. Las discusiones se hacen interminables y continuas y cuando alguien levanta la bandera blanca no nos fiamos de la paz que ofrece, pues nuestro estado habitual es la guerra. Nos sentimos cansados.

El tiempo pasa y las instituciones no solo no mejoran sino empeoran. Los problemas se pudren, se convierten en pantanosos, no hay por dónde cogerlos porque se nos ha olvidado incluso cómo comenzó el conflicto.

Hace un año achacábamos la parálisis general a la pasividad del presidente Rajoy, sin querer enterarnos de que él era el rostro donde todos nos proyectábamos. Rajoy se marchó, le echaron, pero el miedo no ha disminuido: ahora es EL CAMBIO, lo nuevo, lo que nos atemoriza. No hay tregua para el miedo.

La valentía que nace cuando confiamos en nosotros mismos y en que el otro no es tan fiero como nos sugiere el miedo, no termina de aparecer.

Y sin embargo, la historia de España abunda en momentos de gran valentía.

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